El feminismo (o la deconstrucción de la masculinidad) como vía para llegar al antiespecismo
Hace unos meses, conversando con dos amigos, me encontré formulando una pregunta que llevaba tiempo rondándome la cabeza. Ambos son personas con una conexión profunda con la naturaleza. Les gusta caminar por el monte, observan a los animales con curiosidad y respeto, y hablan a menudo de la necesidad de proteger los ecosistemas. Son, en muchos sentidos, hombres sensibles al mundo vivo. Sin embargo, mientras hablábamos, no podía dejar de pensar en una contradicción evidente. Les dije algo así: me sorprende que podáis sentir tanta admiración por los animales y, al mismo tiempo, entrar en un supermercado y pagar para comer los restos de otros animales que han sido criados, explotados y asesinados en condiciones terribles. La reacción fue inmediata, pero no en forma de discusión racional. Hubo silencio. Miradas incómodas. Bromas defensivas. Un pequeño bloqueo. No era que no entendieran el argumento. De hecho, en el fondo, parecía que lo entendían perfectamente. Lo que ocurría era otra cosa: aceptar plenamente esa lógica implicaba tocar una fibra sensible de su identidad. Con el tiempo he ido comprendiendo que esa reacción no tiene tanto que ver con la falta de información como con la forma en que se construye la masculinidad.
El patriarcado no es solo un sistema de dominación sobre las mujeres. Es también un sistema que produce un determinado tipo de sujeto masculino: alguien que debe demostrar constantemente su fortaleza, su autonomía y su capacidad de dominio. En ese proceso, todo aquello que se asocia culturalmente con la vulnerabilidad, el cuidado o la empatía queda feminizado y, por tanto, degradado. El especismo funciona mediante una lógica sorprendentemente parecida. Para que la explotación sistemática de los animales resulte aceptable, es necesario reducirlos simbólicamente: convertirlos en objetos, en recursos, en cuerpos disponibles para nuestro uso. La empatía hacia ellos debe ser ridiculizada o presentada como sentimentalismo exagerado. No es casual que la cultura de la carne esté tan profundamente masculinizada. Desde la publicidad hasta las bromas cotidianas, comer animales se presenta a menudo como una prueba de virilidad. La carne se asocia con la fuerza, con la potencia, con una forma de relación con el mundo basada en la apropiación y el dominio.
Cuando un hombre decide dejar de participar en esa violencia cotidiana, la reacción social suele ser reveladora. Aparecen las burlas, las sospechas, los comentarios sobre la supuesta “debilidad” del gesto. Lo que se está cuestionando no es solo una elección alimentaria, sino una ruptura con aquello que representa la masculinidad. En este punto, algunas corrientes del feminismo —y en particular el feminismo de la diferencia— ofrecen herramientas muy sugerentes para pensar el problema. Autoras como Luce Irigaray, Adriana Cavarero o Carol Gilligan han insistido, desde perspectivas distintas, en la importancia de tomarse en serio las formas de relación, dependencia y vulnerabilidad que la cultura patriarcal ha despreciado sistemáticamente. Estas perspectivas han señalado cómo la cultura patriarcal construye una subjetividad masculina profundamente frágil, obligada a definirse por oposición permanente a lo femenino. Desde muy pronto, el patriarcado enseña a los niños a gestionar sus emociones de un modo que favorece la distancia respecto a la empatía. Llorar puede estar permitido, pero solo bajo ciertas condiciones: cuando hay rabia, frustración o dolor físico, no cuando lo que aparece es compasión o vulnerabilidad compartida. La socialización masculina va estrechando así el campo de emociones legítimas hasta convertir la empatía en algo sospechoso, especialmente cuando esa empatía podría cuestionar relaciones de poder sobre otros cuerpos, empezando por los de las mujeres.
Esta pedagogía emocional tiene consecuencias profundas. Muchos hombres aprenden a desconectarse de su propia empatía para encajar en el grupo masculino. Y ese grupo funciona, a menudo, como un potente mecanismo de control: castiga simbólicamente cualquier desviación del modelo dominante. Por eso, cuando el antiespecismo interpela a nuestra capacidad de compasión hacia los animales, muchos hombres reaccionan con incomodidad. No necesariamente porque estén en desacuerdo con el argumento, sino porque aceptar plenamente sus implicaciones supondría revisar una parte importante de su identidad. Volviendo a aquella conversación con mis amigos, creo que lo que apareció durante unos segundos fue precisamente esa grieta. Un momento en el que la empatía estaba ahí, pero también el miedo a lo que supondría actuar en coherencia con ella.
El feminismo puede ayudarnos a atravesar ese bloqueo. Como escribe Adriana Cavarero, reflexionando sobre la vulnerabilidad compartida de los cuerpos, “cada ser humano es único, pero aparece siempre expuesto a otros”. Tomarse en serio esa exposición mutua —esa dependencia— desestabiliza la fantasía patriarcal del sujeto autosuficiente y dominante. No porque proporcione respuestas simples, sino porque nos ofrece una herramienta fundamental: la posibilidad de entender que la masculinidad no es una esencia, sino una construcción social. Si la masculinidad se construye, también puede deconstruirse, al menos hasta un cierto límite establecido por la sociedad en la que vivimos y por las capacidades de cada cual.
Para quienes hemos sido socializados como hombres, acercarse al feminismo implica enfrentarse a una constatación incómoda: gran parte de lo que entendíamos como normalidad está sostenido por privilegios y por la violencia ejercida contra mujeres. Asumirlo no es necesariamente cómodo ni beneficioso; significa, más bien, aceptar la pérdida de ciertos lugares de poder y responsabilizarse de las estructuras que los han producido. A menudo es un proceso frustrante y doloroso. En ese proceso, la relación con los animales también aparece bajo una luz diferente. Si nos tomamos en serio la crítica feminista a las jerarquías que legitiman la dominación, resulta cada vez más difícil justificar la violencia sistemática que ejercemos sobre otros animales. Desde ahí, el paso hacia el antiespecismo se vuelve más comprensible. No como una obligación moral abstracta, sino como la consecuencia lógica de tomarse en serio valores que el patriarcado ha intentado desprestigiar durante siglos. Pero esta transformación difícilmente puede sostenerse en soledad. Tanto el patriarcado como el especismo se reproducen a través de instituciones, industrias, normas culturales y dinámicas colectivas muy poderosas.
Frente a sistemas de dominación tan arraigados, necesitamos también construir espacios colectivos donde aprender juntas, donde cuestionar las normas que hemos interiorizado y donde ensayar otras formas de relación con el mundo vivo. Espacios donde los hombres puedan revisar críticamente su socialización sin miedo al ridículo. Donde el cuidado, la empatía y la interdependencia no sean valores marginales, sino principios organizadores de la vida común. El antiespecismo, igual que el feminismo, no es solo una cuestión de elecciones individuales. Es una práctica política que busca desmontar las jerarquías que convierten la vida de otros seres en materia explotable. Quizá por eso aquella conversación con mis amigos sigue resonando en mi cabeza. Porque en ese pequeño momento de incomodidad apareció también una posibilidad: la de imaginar un mundo donde las categorías rígidas de hombres y mujeres pierdan centralidad y dejen de organizar jerárquicamente nuestras vidas y nuestras relaciones con otros seres. En los días posteriores al 8 de marzo solemos escuchar que el feminismo “ya ha ido demasiado lejos” o que las reivindicaciones feministas nada tienen que ver con otros conflictos de nuestro tiempo. Sin embargo, lo que el feminismo pone sobre la mesa es precisamente una crítica radical a las jerarquías que estructuran nuestras sociedades: quién puede dominar, quién debe obedecer y qué vidas se consideran sacrificables. Si tomamos en serio esa crítica, resulta difícil no reconocer los ecos de esa misma lógica en la relación que mantenemos con los animales. El patriarcado ha necesitado históricamente cuerpos disponibles sobre los que ejercer dominio: los de las mujeres, los de las disidencias, los de los pueblos colonizados y también los de los animales convertidos en recursos.
Frente a ello, el reto no consiste solo en modificar hábitos individuales, sino en organizarnos colectivamente para desmontar las estructuras que sostienen esas violencias. Necesitamos espacios donde pensar juntas, formarnos, acompañarnos y construir prácticas que pongan el cuidado y la interdependencia en el centro. Porque cuestionar el patriarcado no es únicamente una tarea de las mujeres. También interpela a quienes hemos sido socializados como hombres, obligándonos a mirar de frente las violencias que ejercemos y que sostienen nuestra vida cotidiana. Tal vez el camino hacia el antiespecismo pasa, en muchos casos, por ahí: por atrevernos a desmontar la masculinidad que nos enseñaron y cuestionar las categorías que el patriarcado ha convertido en pilares de su orden social. Y por hacerlo, siempre, en comunidad.
Sobre este blog
El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.
Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).
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