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Claudia Hampton, la insobornable reportera de guerra con la que Penelope Lively consiguió el Booker

Cristina Ros

30 de octubre de 2026 22:17 h

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Si por algo se ha caracterizado la editorial Impedimenta desde sus inicios, es por dar a conocer al lector español a un nutrido grupo de escritoras británicas nacidas en el siglo XX que permanecían inéditas en nuestra lengua o bien habían pasado desapercibidas. Algunas, como Stella Gibbons (La granja de Robert Poste) o Penelope Fitzgerald (La librería), se convirtieron en long-sellers, el tesoro más codiciado para un editor; otras, por su parte, quizá no destacaron tanto, pero sumaron valor al catálogo como Elizabeth Bowen, Iris Murdoch, Margaret Drabble o Penelope Mortimer.

Penelope Lively (El Cairo, 1933) se incorporó a la lista en 2019 con su Vida en el jardín (2018), un libro a caballo entre las memorias y la meditación filosófica; y ahora llega la que se considera su obra maestra, Moon Tiger (1987), novela que le valió el prestigioso premio Booker y que se presenta con una nueva traducción de Leonor Saro. Contraseña ya la había editado hace unos años, con traducción de Pepa Linares; en catalán, L’Altra hizo lo propio con una traducción de Josefina Caball. No es, por lo tanto, la primera vez que se edita en España; pero quizá sea, con suerte, el momento en el que, al fin, se lea.

Claudia Hampton, una anciana escritora de divulgación histórica, periodista y reportera de guerra, nos habla desde su lecho de muerte en el hospital. Consciente de que le queda poco tiempo, y con el arrojo del que ha hecho gala toda su vida, escribe unas memorias, que son a la vez un relato personal y una crónica de la historia reciente, antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Pero Claudia no es una narradora cualquiera: la edad, la enfermedad, hacen mella en su facultad de recordar, por lo que va entrelazando escenas de forma en apariencia errática, sin seguir un orden cronológico que facilite la lectura.

Y esa es su gracia: el uso magistral del punto de vista, una primera persona que navega entre el pasado y el presente siguiendo las sinuosidades de la memoria, de una memoria aún más mermada que la de un adulto en pleno estado de salud. Porque, como ella dice, la vida no la recordamos, sino que la imaginamos; estamos hechos de lenguaje, nosotros mismos nos construimos, construimos nuestro relato vital, y por extensión el del pasado colectivo, a través de las palabras, del hilo frágil del recuerdo. La memoria es tramposa, inventa, filtra, engrandece y omite, de manera consciente o inconsciente, y corresponde al lector la tarea de completar las omisiones, de leer entre líneas.

Moon Tiger es, por encima de todo, una honda reflexión sobre el lenguaje, tanto por las cavilaciones de la propia protagonista –cuando se detiene, por ejemplo, a recordar cómo su hija aprendió a hablar– como por la forma discontinua de la novela, entre fragmentos que saltan del hospital, donde disfruta sacando de quicio a las enfermeras, al pasado, ese pasado en el que desempeñó una profesión ligada a la exploración del legado y al modo en el que este se comunica. No es una simpática comedia de costumbres, ese género que dominan los ingleses, aunque tenga un humor socarrón muy sabroso; sino una novela de estilo, una novela de voz.

La historia de una mujer impenitente

Esa voz es la de una mujer de quien se podría decir, si no se hubiera convertido en un aborrecible lugar común, que vivió adelantada a su tiempo, adelantada incluso a muchas mujeres más jóvenes. Es, para empezar, una mujer culta, y todavía no ha olvidado todo: en su discurso se asoma esa sofisticación intelectual que tanto cultivó, que contrasta con sus exabruptos de vieja. A lo largo de los años, trabajó para labrarse una carrera, para ser independiente. En su biografía hay vivencias atípicas para una mujer; con todo, no se libró de los retos propios de su género, como encontrar el equilibrio entre su rol en el hogar, como madre, como amante, y su reputación profesional.

Porque, por fría que pueda parecer a ratos, su vida personal fue tan apasionante como su trayectoria como historiadora y cronista bélica. En su niñez, rivalizaba con su hermano, Gordon, solo un año mayor que ella; estaban unidos, unidos como esa telaraña que se pega a la piel, a veces como un colchón confortable, a veces como una capa de arena de la que es imposible limpiarse del todo. Y, a la vez, eran rivales, competían en el estudio; en ese mundo infantil al margen de otros niños se incentivaron el uno al otro, vivieron el uno para el otro, hasta que la entrada en la universidad los separó.

La brillantez de Claudia la llevó a cubrir la guerra desde el desierto de Egipto, paisaje que la autora conoce bien porque vivió allí hasta 1945, cuando, tras el divorcio de sus padres, fue enviada a un internado inglés. Lively, que se crio en buena medida con una institutriz, tuvo una infancia solitaria pero libre, en una casa con jardín a las afueras de la ciudad, estudiando en casa. Hija de un gerente que trabajaba para un banco egipcio, sus padres mantuvieron una relación distante, que no propiciaba el ambiente hogareño; de esa carencia, no obstante, la pequeña aprendió a desarrollar la imaginación.

Ese no es el único rasgo que la autora comparte con su protagonista: ambas se formaron en Historia, un aprendizaje que determina todo cuanto hacen después, al dotarlas de una perspectiva que entiende la historia como un proceso en reconstrucción permanente, del que nosotros, nuestra sociedad, nuestro presente, somos el fruto; de ahí que la memoria, la memoria de lo grande y de lo minúsculo, sea inseparable de la vida. Volviendo a la protagonista, en Egipto Claudia también conoce al que será su gran amor; y el amor, en tiempos de guerra, adquiere una intensidad adicional.

Los vaivenes del amor y la maternidad

Por mucho que se trate de una narración en primera persona, el elenco de secundarios tiene entidad propia; la novela brilla por su fino análisis de personajes, siempre bajo la mirada cáustica de Claudia. Está Jasper, su marido, a quien se refiere con ese tono tan desafecto con el que se piensa en un ex: “El sexo fue largo y memorable; la discusión, también”. O Lisa, su hija, con la que, por supuesto, no tuvo una relación fácil. Claudia, tan exigente consigo misma, mujer que rompió barreras, que sabe lo que es tener que esforzarse para labrarse un camino independiente, se frustra ante Lisa y su generación, que le parece más conformista. Y no obstante, al mismo tiempo –porque la maternidad está llena de contradicciones–, se siente aliviada porque no sea tan ambiciosa como ella: así sufrirá menos, quizá. La distancia, la frialdad entre ambas, es otro mal enquistado.

Mención aparte merece Sylvia, la cuñada de Claudia –es subrayable que introduzca la relación entre cuñadas, tan poco explorada en la ficción, a pesar de esa tensión inherente en la incorporación de un desconocido a la dinámica familiar–, que ahora la visita en el hospital. Claudia la tacha de mujer anodina, aborrece que se resignara a ser un ama de casa por el trabajo de su marido. Sin embargo, en cierto modo, Sylvia es lo más parecido que tiene a una hermana: no se parecen, incluso son polos opuestos en trayectorias y caracteres, pero el rol que asume la cuñada (de acompañarla, de velar por ella), junto con los momentos compartidos, las unen aunque sea de manera involuntaria.

La mirada de la anciana que echa la vista atrás cuando ya no tiene nada que perder tiene el descaro de quien ha decidido no callarse nada, no reprimirse; y con ello nos divierte, nos hace cómplices, no porque busque la risa, sino porque tiene un humor corrosivo del que suelta verdades sin compasión. Esta perspectiva ofrece, además, la evolución de las relaciones a lo largo del tiempo; por ejemplo, expresa su extrañeza al tratar con su hija cuando esta ya no es que sea adulta, es que se ha convertido en una mujer madura, y se hace raro, para una madre, conocer a su descendiente así, de vuelta de todo a su vez.

Más lúcida de lo que parece en un principio, la narradora teje su colección de recuerdos con mordacidad y sin hipocresía en una novela inteligente cuya voz narrativa es difícil de olvidar. Penelope Lively la escribió mediada la cincuentena, cuando era una escritora más que reconocida tanto por su literatura infantil y juvenil como por sus títulos para el público adulto. Parece mentira, con una carrera tan pródiga, que las traducciones hayan escaseado tanto. Ojalá esta recuperación de Moon Tiger sea, para muchos lectores, una puerta de entrada a un universo literario del que ya no quieran salir jamás.