Entrevista
Guillermo Zapata: “La novela no tiene que dar soluciones, en cambio, la política tiene que proponer herramientas concretas”
“Un cruce de Stephen King y Annie Ernaux, pero a lo bestia”, así presenta Bob Pop la novela Animales de costumbres (Editorial Plasson e Bartleboom, 2026), la última novela del escritor y guionista Guillermo Zapata. Primero fue Perfil bajo (Lengua de Trapo, 2018), un ensayo en primera persona sobre la libertad de expresión, redes sociales y espacio público; luego vino No a todo (Lengua de Trapo, 2023), un ensayo a partir de su investigación sobre el Tamayazo. Ahora Zapata se estrena en el género de misterio y terror con esta historia de ficción.
En Animales de costumbres, las ciudades y los pueblos han cambiado radicalmente porque un gas tóxico naranja recorre todo el territorio. La vida transcurre ahora bajo cúpulas de filtrado de aire y trajes de protección. En una sociedad que recuerda mucho a la española y en las ruinas aún respirables de una crisis económica y urbanística que nunca terminó de irse, la historia se ubica en un cruce improbable entre Twin Peaks y La que se avecina, desarrollándose casi enteramente en la urbanización de Valleluz.
¿Las urbanizaciones pueden llegar a dar mucho miedo?
Las urbanizaciones son algo que conozco y he vivido desde pequeño. Mirándolas desde la perspectiva del miedo hay elementos que me interesan especialmente. La idea de comunidad cerrada, con reglas propias que tienden a ser homogéneas y que generan un cierto aislamiento. Eso ofrecía para mí, por un lado, la posibilidad de vivir aventuras en una especie de castillo imaginario ajeno a la realidad del resto de las personas y, por otro lado, lo perverso de vivir en un estado de control donde todo el mundo se vigila y proyecta sus temores. Sobre todo después de que haya habido un asesinato.
El asesinato de un perro.
Eso es. Me parecía interesante la idea de considerar que el asesinato de un perro se leía igual que la muerte de cualquier persona de esa comunidad. Para mí las novelas de misterio tienen unas reglas y una de las más importantes era que conociéramos al cadáver desde el principio. Porque a lo que asistimos a partir de ese momento es a la investigación en torno a por qué ha muerto ese perro y quién lo ha matado. Y a partir de ahí construir una estructura de sospechas.
Una de las sospechosas es Evelyn, una trabajadora doméstica que ha desarrollado alergia al perro, ¿qué era lo que encontrabas interesante de esa situación?
El punto de partida es una anécdota real que me contaron de una familia en la que había un perro que le daba alergia a la mujer que limpiaba la casa y cuidaba a los hijos y se enfrentaba a la duda de qué hacer, si despedir a esa mujer o deshacerse del perro. Me parece un dilema muy interesante para la ficción porque articula toda una serie de cuestiones relacionadas con la clase y con la incapacidad de encontrar soluciones que no pasaran por el clasismo o la exclusión. Evelyn representa una figura exterior que se relaciona con esa comunidad y que no está atravesada por las violencias que esta produce. Ella es un faro de dignidad en un contexto donde muchos personajes la han perdido.
De hecho, la historia está plagada de esos personajes y constantemente tienen comportamientos cuestionables. Luego conocemos un poco mejor su historia y llegamos a empatizar con ellos… pero no del todo. ¿Era esa la intención?
Creo que hay una diferencia entre comprender por qué alguien actúa de una determinada manera y empatizar del todo. Las actitudes cuestionables pueden venir de sus deseos, de cuestiones de clase, de género, de sus diferentes maneras de dominio. Pero cuando ya te has acercado lo suficiente quieres exigirles un poco más y se genera la expectativa de que cambien o elijan otros caminos. Y cuando eso no sucede, nuestra empatía se detiene.
Dejando un momento de lado la novela y considerando su experiencia política, ¿esa 'empatía que se detiene' es algo que nos impide entender mejor el giro ultraconservador?
Me interesa esa tensión entre la experiencia política y la novela porque creo que responde a maneras distintas de enfocar los problemas. La novela, para empezar, no tiene por qué dar soluciones, mientras que la política tiene que proponer todo el rato herramientas concretas. Estamos en un momento que necesita una enorme empatía. La extrema derecha quiere producir una imagen homogénea del mundo, muy estrecha. En esa imagen quiere atrapar incluso a sus propios votantes, porque así es más fácil mantenerlos juntos. Yo creo que hay que resistirse a esa imagen homogénea, asumiendo la complejidad, por un lado, e identificando problemas comunes, por otro. Necesitamos unir lo que está separado y separar lo que se presenta como homogéneo.
Escribir o producir cultura nos compromete y genera vínculos, queramos o no. Y obviar eso me parece problemático
En la novela hay al menos dos personajes (Emilio y Marcos) que representan muy bien cierta idea de clase media cuyos principios morales no siempre parecen respetar los derechos más básicos…
Emilio y Marcos son dos personas atrapadas en una ficción aspiracional. A uno se le ha derrumbado, pero sigue como el Coyote andando por el precipicio y persiguiendo al Correcaminos como si no pasara nada. El otro está atrapado en las trampas que él mismo se ha contado sobre lo que es el éxito. Es un hombre endeudado que dice ser un triunfador. Lo que los une es que los dos están dispuestos a hacer daño a otras personas por mantener su mentira. A mí eso es lo que me da miedo. El esfuerzo por mantener una normalidad irreal puede llegar a hacer daño a otras personas.
También aparece un escritor aparentemente desconectado de la comunidad…
Creo que quizás ahora es diferente, pero durante un tiempo la producción cultural ha tenido una especie de prestigio aséptico y poco problemático. Introducir la figura de una persona que escribe en la novela es una llamada de atención en relación a que no por el hecho de escribir o de producir una historia tienes que estar separado del mundo de las responsabilidades. O incluso al revés, escribir o producir cultura nos compromete y genera vínculos, queramos o no. Y obviar eso me parece problemático.
Los adolescentes de la novela parecen estar solos y salen retratados como incomprendidos, ¿hay una crítica al adultocentrismo?
Yo no he querido hacer una especie de teoría sobre la sociedad pero entiendo que la historia genere ciertas resonancias. Sí he querido hablar de gente joven que está desamparada y desorientada. Y a la que le resulta muy hostil el mundo de los adultos sin haber hecho nada especialmente raro o nada especialmente conflictivo para con ese mundo. Es como si su mera existencia, sus meros códigos, distintos a los de los adultos, los volvieran sospechosos. Y es una cosa que a mí me preocupa y me interesa. Al final es una historia que habla sobre lo que pasa cuando la empatía desaparece. Y eso sí es algo que nos sucede a los adultos a menudo con gente joven y adolescentes.
Por último, para una persona que siempre ha defendido escribir desde la esperanza, ¿pasar al género de terror tiene algo que ver con el actual pesimismo colectivo?
Es una pregunta que yo me hago también bastante. Creo que el desafío es resultar esperanzador dentro de un formato que está entregado a lo oscuro, a lo que falla, a las cosas que salen mal, a la violencia y en definitiva, a lo que nos angustia. Me parece más desafiante intentar escarbar esperanza a partir de ese formato que pensar que el contexto me ha llevado a escribir una historia más desesperanzada. Yo creo que hay elementos en la historia que hacen llamadas constantes al presente y es una historia dura, pero no creo que sea una historia en la que no haya esperanza o salidas.