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Entrevista

Pablo Und Destruktion: “Hay identidad en la casita de Bad Bunny, pero ninguna conciencia de clase”

Francisco Gámiz

5 de julio de 2026 21:42 h

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Antes, los pueblos antiguos subían a altares de piedra para arrancar corazones a sus enemigos y así ganarse el favor de sus dioses. Ahora, regalamos “corazoncitos” virtuales en la pantalla de nuestro móvil con la esperanza de que Internet nos devuelva un poco de cariño y nos cure la soledad. La reflexión la hace Pablo García (Gijón, 1984), musicalmente conocido como Pablo Und Destruktion, que lleva más de veinte años recorriendo carreteras con su guitarra a cuestas como trovador, pero a la vez es psicólogo social y ha estado dos décadas estudiando cómo funciona nuestra imaginación. Un análisis que le ha hecho darse cuenta de que, por mucho avance tecnológico que haya, los humanos seguimos respondiendo a los mismos rituales y miedos de siempre.

El también escritor ha plasmado todas estas reflexiones en Música de carne: Pop, seducción y sacrificio, una obra que invita a mirar la música de una forma totalmente distinta. No como un simple entretenimiento para bailar, sino como la herramienta de control mental más antigua que existe. Pablo Und Destruktion indaga en cómo la industria del pop de masas utiliza las canciones para jugar con nuestras emociones, engancharnos a través del cerebro y exprimir nuestro tiempo. Pero no solo eso: también la relevancia de la cultura en la política, el relevo que ha intentado coger a la religión y la cada vez mayor falta de conciencia de clase entre los artistas.

¿Cómo la tecnología ha ocupado el lugar que antes tenía, por ejemplo, la religión?

La canción esotérica trata de conmoverte por medio de la apertura de tu corazón, por el sentimiento. Cuando te conmueve, produce esa apertura. Pero una nana ya no está para dormir a un niño por medio de entrar en él y conseguir ese truco de magia. Ahora, una nana está para tener muchas reproducciones y mucha repercusión. La lógica cambia progresivamente hasta acabar siendo la de la tecnología, que tiene sus propios planes, como estamos viendo ahora con el desarrollo de las inteligencias artificiales. Es como construir una segunda naturaleza. Sin entrar en un juicio moral de si es bueno, malo o regular, nos permite estar hablando de estas cosas y volver a replantearnos qué conexión sutil y natural existe que nos conecta a todos sin falta de Internet.

¿Las nanas solo sirven ahora para hacer dinero?

Bueno, es que la música popular hasta hace muy poco sí era popular, realmente venía de abajo y, en todo caso, podía llegar hasta arriba cuando algún gran artista recopilaba canciones populares y hacía un disco como Johnny Cash, que de repente se internacionaliza y se vende por todo el mundo. Ahora, en cambio, se propone como música popular aquella que viene de arriba y va hacia abajo. La cuestión es visibilizar el poder que tiene la canción para con uno mismo y para con su entorno, sin necesidad de enmarcarla en un contexto ni político, ni mercantil, ni social. Se trata de ver cómo la canción transforma en ti y en tu entorno la percepción de la realidad.

La izquierda ha tenido más presente la importancia del control cultural que la derecha, que ha dejado ese poder cultural a la religión

La música es poderosa en la política.

Los políticos se pegan por controlar la cultura, como vimos hace unos días con Pedro Sánchez corriendo para ir al Primavera Sound. Y es importante porque genera amores y, por lo tanto, amos. Y tanto unos como otros, de un lado o de otro del espectro político, forman parte de un proceso que es mucho más orgánico. La izquierda sí ha tenido muchísimo más presente la importancia del control cultural que la derecha, que ha estado más torpe porque ha dejado ese poder cultural a la religión. Lo hemos visto estas semanas de Papa en Madrid y Primavera Sound.

Hay como cierta convergencia entre determinados postulados de la izquierda cultural y de la religión católica. Ahora parece que convergen porque tanto unos como otros quieren utilizar la idea del bien para gobernar y, de esta manera, decidir quiénes son los malos para poder así pastorear. A mí me parece interesante la cultura independiente, la cultura popular, lo contracultural, aquello que trata de salir de estas tendencias tan moralistas en el uso de la cultura. Normalmente, siempre que te dicen “esto es lo bueno”, es la antesala de que te digan “esto es lo malo, atácalo”. Si no quieres vivir en esas guerrillas, está bien utilizar todas las posibilidades que te da la música como canalización de tu propia ira, para luego poder relajarte como algo meditativo, como creación de lazos con personas con las que realmente quieres tenerlos.

Si la derecha ha tendido más a la religión, ¿cómo se explica el auge de la religión en la cultura?

En el acercamiento a lo religioso, como siempre, hay una parte sincera y otra que es de ampliación del campo de batalla mercantil y de meterse en parcelas en las que no se había atrevido a meter. Primero hubo un revival mágico, todo este rollo witch presente en Lady Gaga, Marina Abramović y tantísimos artistas de las últimas décadas. Pero, cuando eso ya empieza a estar agotado, te metes en el catolicismo para utilizarlo y transformarlo. También el catolicismo tiene esa capacidad: acogió a los dioses paganos y los integró dentro de su seno. Y ahora lo hace también con esto, por eso es una institución que sobrevive durante tantos siglos. Lo ideal de este revival mercadotécnico de lo religioso, más allá de los intereses mercantiles, es que traiga de vuelta lo verdaderamente artístico.

¿Falta más conciencia de clase en las canciones?

La conciencia de clase no es identidad de clase. Hay mucha identidad de clase, pero falta conciencia. Por ejemplo, Bad Bunny y la casita. Hay identidad de clase, pero, ¿qué conciencia de clase hay? Ninguna. Todo lo contrario, y ese es el problema de las identidades. Las identidades sirven para hacer exactamente lo contrario de lo que dicen. Si no hubiera sido por esta trampa de lo identitario, sería imposible algo como lo de la casita de Bad Bunny. La conciencia no es identidad, sino darte cuenta de que formas parte de un engranaje productivo en el que, organizándote colectivamente, puedes intervenir en él.

Una canción con conciencia de clase es una canción que llame a la huelga, por ejemplo, y que haga que esa huelga se realice para lograr una intervención directa en el sistema productivo. Y eso sí que falta. Más allá de la canción con conciencia de clase, un acercamiento artístico con conciencia de clase es el que hace que los sellos independientes sean verdaderamente independientes. Ahora casi nada lo es realmente porque llegas a distribuidores que no son independientes y no te queda otra que obedecer a fuerzas imperiales. TikTok, Instagram y Spotify lo son. ¿Uno puede mejorar las condiciones de la clase trabajadora de su comunidad si su comunidad es sierva a nivel internacional?

El hackeo del poder político está en salir de las lógicas que vienen dadas por otros y que nos dicen quién es el malo y a quién tenemos que atacar

¿Hasta qué punto Silicon Valley controla lo que escuchamos?

De una forma evidente, por eso vemos cómo todas las ideologías han cambiado desde que la tecnocracia ha entrado a jugar. La forma de salir de la polarización es entender que esa polarización no es más que el código binario de ceros y unos. Se ha utilizado la hipersensibilización de un espectro de la sociedad para que la izquierda abandone luchas obreras concretas, cohesión comunitaria basada en el trabajo y en el vecindario real, e ir así metiendo luchas identitarias para luego dárselas a la ultraderecha. Es lo que está haciendo ahora que en Francia uno de los mayores grupos de ultraderecha se llame Generación Identitaria.

La lucha por las identidades siempre es una lucha que va a favorecer a la derecha nacional, a la derecha étnica, que es al fin y al cabo la que están apoyando los tecnócratas. Tanto aquellos de Meta, que tienen una orientación más sionista, como Elon Musk y compañía, que tienen una orientación más propia del apartheid sudafricano, el supremacismo blanco y el imperialismo angloamericano. En el fondo son dos caras de la misma moneda. La cuestión es que tienen un monopolio tan grande que ya es imposible no llegar hasta el final del relato que nos han planteado. El hackeo de ese poder político está precisamente en salir de las lógicas que vienen dadas por otros y que siempre nos van a decir quién es el malo, a quién tenemos que atacar y de quién tenemos que tener miedo.

¿El devenir de la cultura siempre va a estar condicionado por lo que ellos decidan?

Siempre van a ir apareciendo personas que son conscientes de esos procesos y que luego son martirizadas y sacrificadas, como ha pasado a lo largo de la historia con múltiples figuras. La de Cristo es bastante evidente, pero con muchos revolucionarios ha ocurrido lo mismo cuando han sido capaces de generar el no imperio. El imperio es la voluntad de poder, de economía y la sed de sangre, mientras que el no imperio es lo que trata de resistir a esa deriva que trasciende lo ideológico, lo religioso y los siglos.

Ahora lo tenemos delante de los morros y lo estamos viendo, puesto que la corrupción política trasciende la ideología y la sed de sangre trasciende los imperios. Es una fase muy apocalíptica en la que estamos viendo el horror del poder político en todo su esplendor. Nunca se va a ganar, porque si se gana, entonces eres imperio. Entras dentro de la lógica imperial, como ha ocurrido mil veces. Entonces te corrompes y acabas montando la marimorena.

¿El silencio puede ayudarnos entre tanto ruido?

A mí me gustaría, y lo digo para pedírmelo a mí mismo para Reyes Magos. En el silencio habita un tipo de conocimiento que no está en otro lado, que no está ni los libros ni en los reels ni en los pódcasts ni en los gimnasios. Está única y exclusivamente en el silencio, y para tener ese silencio necesitamos tener la voluntad de no atender al resto de reclamos. Ese es el verdadero empoderamiento: que por mucho que te llamen, que por mucho que te chantajeen los medios de comunicación para que ames u odies a tal, seas capaz de conquistar ese centro de gravedad permanente. Es un silencio de ser consciente de ese centro y mantenerlo independientemente de los bombardeos ajenos que tengamos.

Luego, por supuesto, tratar de ir creando espacios seguros más allá de lo eclesiástico para que pueda haber ese tipo de escucha. Los pequeños conciertos, el underground y la música independiente es eso. No necesito gente, no necesito la gran fiesta. Puedo ir a ver un concierto para 15 personas, estar tranquilo y salir renovado y conmovido. La obra de arte puro todavía tiene la capacidad de llevarte a un lugar mental o espiritual en el que hay ese silencio, esa parada.