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Entrevista

Pepe Viyuela: “Las redes sociales ahora son tabernas infames donde lo mínimo que encuentras es un navajazo”

Javier Zurro

1 de julio de 2026 21:54 h

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Pepe Viyuela es payaso. Lo es a mucha honra. El actor lleva décadas reivindicando que payaso no es un insulto. Es mucho más que una profesión, es una forma de estar en el mundo. Una que reivindica la inocencia, la duda y hasta la ternura, pero sin perder las ganas de luchar y de cambiar las cosas. Quizás haya sido ese vínculo con el clown lo que ha hecho que logre una coherencia que apabulla. Pepe Viyuela es uno de esos actores en los que lo que dice y lo que hace van de la mano, y no es tan fácil.

Ha reivindicado lo popular desde el arte. Pero sin que eso signifique trivial o inofensivo, sino algo que pueda atravesar a todos de una forma horizontal, porque si en algo no cambia es en su creencia de que el teatro y el arte pueden cambiar el mundo. Él lo ha intentado siempre, desde aquel mítico número de la escalera, desde que creara hace más de 30 años su compañía El vodevil, hasta ahora, donde se mantiene en activo con las mismas ganas de jugar… y de incomodar.

Por todo ello, y por una carrera sin fisuras, el Festival de Teatro Clásico de Almagro le ha reconocido con su premio Corral de Comedias, un galardón que hace referencia al mítico espacio teatral de la localidad que para Viyuela es “un símbolo” y “un espacio de renacimiento del teatro”. Un corral descubierto casi por azar que se convierte en un “ave fénix” que invoca el espíritu del teatro desde que se creó, un teatro que ofrece la posibilidad de conectar unos con otros para buscar soluciones a problemas que, por desgracia, siguen siendo muy parecidos. Poco antes de acudir a recoger su galardón, Pepe Viyuela visitó la redacción de elDiario.es para hablar de su carrera, del compromiso del actor y de lo que es, para él, el éxito.

¿Tiene muchos recuerdos en ese Corral de Comedias?

Tengo recuerdos de espectador y como actor con algunas funciones. Las noches en el corral son inolvidables porque el lugar, esa caja mágica, yo creo que impresiona a todo el mundo, tanto al que va como espectador como al que va como actor a contar la historia. En ese lugar yo diría que siempre es un éxito, incluso si la función no es muy buena, solo con detenerte a mirar los artesonados, a escuchar cómo suena aquel espacio, e incluso a ensoñar y a sumergirte en el pasado y a pensar que el teatro es un ritual que llevamos a cabo los seres humanos desde tiempos inmemoriales. Es algo hermoso y provoca unas sensaciones muy bonitas. Y luego el festival es una fiesta.

Tanto en Almagro como en Mérida se reivindican los clásicos, pero nos hablan del presente. Tengo la sensación de que el teatro nunca ha perdido de vista los clásicos como forma de contar el momento actual, ¿es importante conocer los clásicos?

Sí, porque de algún modo tranquiliza, aunque también desasosiega, pensar que hemos seguido cometiendo los mismos errores. Tranquiliza saber que tenemos a gente que ha escrito antes sobre la condición humana y que aportaron soluciones que yo creo que siguen siendo válidas: la ética, el compromiso, el respeto a los derechos humanos… Todo eso está presente de una u otra manera. Los de las mujeres es verdad que no aparecen hasta mucho después y probablemente todavía no estén en vigencia ni en uso. Pero sí que tenemos que asomarnos constantemente a los clásicos, porque ellos hablaron de lo mismo que nos pasa y probablemente con mayor conocimiento, mayor sosiego y mayor calma de lo que nosotros nos podemos permitir hoy.

Aitana Sánchez-Gijón contaba que el teatro es el arte que seguro va a resistir a amenazas como la Inteligencia Artificial. 

Las personas que nos dedicamos al teatro reflexionamos mucho sobre esto y creo que estamos intentando hacer un coto, cerrar el acceso a estas tecnologías precisamente por el hecho de que podemos permitírnoslo, porque no es cine ni televisión, y nuestra imagen en el teatro permanece durante el tiempo que permanece y después desaparece. Tiene la fugacidad de la propia existencia y, por lo tanto, hasta ahora hemos conseguido mantenernos al margen de esta espiral digital que nos envuelve, nos atrapa, nos enreda y nos complica la vida. 

En el teatro seguimos teniendo la suerte de poder asistir a una ceremonia. Algo ancestral que se remonta a los primeros tiempos de la humanidad. Eso no ha cambiado durante miles de años y hasta ahora, afortunadamente, lo digital no ha entrado demasiado. Y confiemos en el teatro como reducto privilegiado del contacto directo entre las personas y de la huida absoluta de todo lo que tenga que ver con este mundo digital que nos ha complicado la vida en la medida en que se ha convertido en un mundo de control absoluto, de vigilancia permanente, de odio expuesto abiertamente en las redes sociales, de falsedades, de mentiras… Mientras podamos permanecer al margen de esto, yo creo que nos salvaremos el pellejo.

¿Ha cambiado cómo se enfrenta un actor a su trabajo y a una entrevista por las redes sociales?

Sí, inevitablemente piensas que todo lo que digas puede ser y va a ser, en muchos casos, utilizado en tu contra. Pero yo intento, y hablo por mí, preservar mi derecho y mi deseo de mantenerme firme en que es importante opinar. Hacerlo sabiendo que, evidentemente y probablemente, vas a estar equivocado y que tu opinión puede ser corregida o matizada por las opiniones de otros, pero prefiero no censurarme a mí mismo. No pensar en que hay que tener mucho cuidado con lo que dices, porque a lo mejor prefiero no tener cuidado y que se enfangue todo lo que se tenga que enfangar. Este mundo ya está lo suficientemente enfangado con las redes sociales y la desinformación. Yo mantengo mi deseo y mi voluntad de expresar lo que pienso en cada momento. Me parece que si tengo miedo a contar lo que pienso, ya sí que me han derrotado.

También esos ataques en redes sociales muchas veces son para que no se politicen, no hablen… Eso ya lo ha vivido en otros momentos, y pienso directamente en el 'No a la guerra'. Parece que vuelve un poco ese señalamiento cuando uno se posiciona… o quizás nunca se ha ido.

Yo creo que nunca se ha ido. Y creo que siempre hemos estado aconsejados por instancias muy diversas, por la familia, los amigos, los compañeros, que dicen no te compliques la vida. Complicarse la vida es precisamente no opinar, y por eso yo hace tiempo que no tengo redes sociales, ni las uso ni las quiero y te diría que las detesto. Me parece un lugar del que hay que salir. Creo que es una taberna en la que ya todo el mundo está borracho y en la que se respira mal y de la que es mejor irse a pasear, a conversar tranquilamente con alguien con quien te encuentres, o a estar en soledad. Las redes sociales se han convertido en tabernas infames donde lo menos que te puedes encontrar es un navajazo, insultos. Yo prefiero mantenerme al margen y prefiero seguir mi camino fuera de ellas y con quien me encuentre fuera de ellas. Hablar de lo que sea abiertamente. E insisto, sabiendo que puedo y seguramente estaré equivocado, pero que tengo mi opinión sobre las cosas que se pueden matizar y que se pueden contrastar. 

¿Afecta también al teatro que se hace? El teatro siempre ha estado pegado a la urgencia. 

No. El teatro está de algún modo al margen, en el mejor de los sentidos. Al no ser un espacio especialmente interesante para los mercantilistas, los que buscan exclusivamente el dinero en aquello que hacen, y ser un espacio más para la libertad de creación. Evidentemente, existe un teatro que busca fundamentalmente dinero. Pero hay otro tipo de teatro, que es el que a mí me resulta el más interesante, que es en el que se puede pensar, en el que se puede opinar y que se hace con muy poco dinero, con lo cual te encuentras en un espacio artesanal y de alguna manera también muy revolucionario en el sentido de que no está sometido, o al menos no tanto, a las reglas del mercado. Podemos contar las mismas historias que se cuentan en el cine, pero sin la presión de aquellos inversores que te pueden decir no cuentes esto, porque a lo mejor entonces perdemos espectadores.

En el teatro somos más libres y creo que en esa medida merece más la pena vivir ahí, en ese lugar de espacio de libertad. Hablábamos antes de la ceremonia, pero también tiene mucho que ver con el encuentro directo con el público, con ese encontrarse y respirar juntos el mismo espacio que no se vive en el cine ni muchísimo menos en la televisión. El teatro, sin que esto sirva para colocarlo en un lugar elitista, sino todo lo contrario, es un lugar para la reflexión, un lugar tranquilo y un lugar para aquellos que saben degustarlo y que quieren huir del ruido y encontrarse con la reflexión, la emoción directa en un espacio íntimo.

Siempre que se habla de Pepe Viyuela se menciona la palabra payaso, ese término tan denostado y que usted siempre ha defendido mucho.

Hace unos minutos aplicábamos el término revolucionario al teatro y es aplicable al payaso. El payaso es un personaje que va a la contra de la corriente constante en la que vivimos de desear el éxito a cualquier precio. El éxito que nos empuja a ocultar aquello que es más humanamente nuestro, nuestros defectos, nuestras debilidades. Parece que para ser exitoso hay que ser fuerte, hay que ser resistente. El payaso reivindica que puedes triunfar siendo imbécil, siendo estúpido. El payaso es el ser estúpido por excelencia que se equivoca, pero que, en cambio, a través de sus errores y de sus fracasos, consigue provocar momentos de hilaridad y, por lo tanto, de esperanza en el público asistente. Es una recuperación de lo humano en el mejor de los sentidos.

Ser exitoso en esa terminología tan utilizada por muchas universidades, por muchos discursos políticos y económicos, yo creo que nos acerca al cíborg, a ese ser aparentemente perfecto, pero carente de sentimientos. Cuando dejas entrar la emoción en ti, cuando la dejas brotar, te conviertes en un ser vulnerable, en un ser que se equivoca, en un ser que tropieza, en un ser que pide perdón, en un ser que reconoce sus errores. Yo quiero ser un payaso toda la vida porque es lo más cercano que puedo tener a volver a ser niño. Y creo que es un lugar a recuperar. Por eso no me canso de decir cuando me preguntan, '¿te ponemos como actor, te ponemos como payaso?', ponme como quieras, pero lo de payaso no lo consideraré nunca un insulto. Yo lo considero un halago y me parece que mientras viva seguiré buscando en la esencia del payaso mi lugar en el mundo.

En un momento de figuras mesiánicas y autoritarias ser payaso es casi lo opuesto.

Absolutamente. ¿Hay alguien más ridículo que Donald Trump? Creo que no. Creo que es el ser más ridículo de la Tierra. Y él se reivindica como exitoso. Me parece un patán, me parece un torpe, me parece un estúpido. El problema es que ha llegado a un tal grado de confianza en sí mismo y de acumulación de tanto poder que se ha vuelto peligroso. Pero si no fuera por el peligro que conlleva, todos nos estaríamos riendo de sus gilipolleces, de las tonterías que dice, de sus excesos, de esas fanfarronadas, esas bravuconadas que hablábamos antes de la taberna. Si en el bar escuchas hablar a alguien como Donald Trump ni miras para atrás, piensas ‘Ese tío es idiota’.

El mayor fracaso del planeta en estos momentos es estar consintiendo que alguien como él ocupe el lugar que ocupa. Es un gran fracaso, hay que reconocerlo y hay que intentar enmendarlo y evitarlo. Y no sé cómo lo vamos a hacer, pero no pierdo la esperanza de que este hombre desaparezca y deje de estar donde está y deje de tener tanto poder. Y que en algún día toda esta gente que le idolatra se dé cuenta de lo estúpido que es y además lo peligroso que es.

¿El arte tiene alguna responsabilidad?, ¿puede cambiar algo?

Yo creo que sí y que no es una ingenuidad. Pienso que el teatro es ahora mismo un elemento revolucionario y es un elemento potente de cambio. Si conseguimos sencillamente llevar adelante funciones que hablen en contra de todo lo que nos molesta, estamos consiguiendo grandes victorias. Depende de cómo midamos, del baremo que apliquemos a los logros. Pero yo prefiero ser utópico y pensar que no estoy equivocado. Sí creo que el mundo todavía se puede cambiar. Yo no soy un general a cuyas órdenes obedezcan ejércitos. No tengo millones y millones de euros que me hagan ser considerado como alguien respetable. Pero sin tener todo eso también se puede ejercer influencia, se pueden ejercer movimientos que cambien el pensamiento. Y creo que las grandes obras y las grandes conquistas han empezado por algo pequeño. Yo ahora mismo no considero naíf el hecho de pensar que una función de teatro pueda estar cambiando la forma de pensar y de ver las cosas de un número reducido de personas. Creo que hay que ser infatigable. Creo que hay que luchar, creo que hay que trabajar y no dejarse abrumar por los números.

Ha mencionado varias veces la palabra éxito, ¿qué es para usted el éxito?

Nos han escrito también que ser exitoso es tener mucho dinero, es tener poder, es tener influencia en otros. Yo creo que el éxito, a lo mejor resulta muy ingenuo, es mantenerte firme en aquello que piensas. Actuar conforme a tus principios, no dejarse corromper y tener amigos que te duren y a los que no hayas traicionado y que tampoco te hayan traicionado. Tener un entorno social en el que moverte, que confíe en ti y en quien confiar. Creo que esos son elementos de éxito. El hecho de tener mucho dinero o tener un gran coche o no sé, saber moverse en bolsa, a mí no me parece un éxito. A mí me parece que eso es saber jugar determinadas cartas que yo no sé jugar, pero que dentro de mi fracaso con respecto a estas cosas, yo sí me considero una persona con éxito. Me he equivocado muchas veces, pero ahora mismo estoy tranquilo y eso, la tranquilidad y la calma, creo que es un éxito.

¿En una carrera tan larga es difícil mantener la coherencia?

Yo creo que no, siempre y cuando tengas a lo que agarrarte. Si tú tienes unas convicciones y unos principios… siempre pueden moverte la silla y siempre puedes arrepentirte de no haber hecho esto o aquello, o de no haberte puesto de rodillas en algún momento. Puede ocurrir, pero yo es que tampoco creo que haya sido un referente. Para nada. Creo que simplemente he vivido conforme a lo que en cada momento me parecía que debía hacer, equivocándome y a veces arrepintiéndome. Quizás como nunca he estado en el ojo del huracán, pues a lo mejor ha sido fácil para mí mantenerme en una cierta coherencia. Por eso digo que no ha sido difícil. A lo mejor si ocupas un puesto de poder enorme resulta más difícil ser coherente, porque los vaivenes, los empujones y las tormentas te pueden afectar más.

¿Ha cambiado mucho el Pepe Viyuela del número de la silla o la escalera, el que montó El vodevil hace 30 años o sigue siendo en esencia ese mismo actor que salía a jugar al escenario?

Yo creo que ese es uno de los elementos que más firmemente he mantenido. La idea de que lo que hacía en mi trabajo tenía que divertirme. Y ha habido momentos en los que me he equivocado y no me divertía y he tenido la suerte de poder dejarlo y poder reconducir. Y he encontrado siempre o casi siempre en el teatro esa posibilidad. Me he hecho más viejo y probablemente en muchas cosas no tenga nada que ver con aquel jovencito que fui cuando empecé a hacer los números de la silla y la escalera, pero la silla y la escalera me siguen acompañando. Sigo aprendiendo de ellas, me siguen divirtiendo. La gente se sigue riendo con ello. Entonces hay espacios que no he abandonado nunca y otros en los que entré y decidí marcharme. Creo que estoy donde quería estar aquel estudiante de arte dramático que estaba estudiando para ser actor.

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