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ANÁLISIS

El mundo vive endeudado, el FMI pide un ajuste y los gobiernos no se dan por aludidos

17 de octubre de 2026 00:28 h

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Desde el colapso crediticio de 2008, gobiernos, empresas y hogares han podido endeudarse con un dinero barato que parecía darles derecho de pernada financiera. Al cobijo de unos tipos de interés próximos a cero para superar, primero, las embestidas y posteriores réplicas el tsunami financiero de mayor virulencia y dimensión global de la historia y, segundo, los daños colaterales de la Gran Pandemia. En estos casi veinte años, los inversores han adquirido bonos soberanos con avidez, mientras los déficits públicos –factura inicial de las obligaciones de pagos– parecían un temor aplazable.

Pero esta excepcionalidad monetaria ha concluido; en una etapa inicial, tras el estallido de la guerra en Ucrania y, en una reedición posterior, por la de Irán. En ambos casos, a raíz de escaladas de los precios energéticos que han propiciado inflaciones persistentes. Especialmente entre las potencias industrializadas.

La costumbre de gastar más de lo que se ingresa –la famosa displicencia presupuestaria a ojos de países que, como Alemania, instauraron una férrea austeridad fiscal en tiempos en los que el euro estuvo a punto de fenecer y surgió una crisis de la deuda europea que apuntaba a quiebras soberanas– está mostrando, sin embargo, claros síntomas de supervivencia. Pese a que el riesgo de que los defaults puedan irrumpir en alguno de los socios del G-7 y balancear la arquitectura financiera internacional, está en los escenarios que baraja el FMI en el último bienio.

Este viernes, la directora del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, insistía, durante las reuniones anuales del organismo y el Banco Mundial (BM) en Bangkok, en que “demasiados países tienen excesiva deuda”, y ha urgido a los bancos centrales a priorizar la estabilidad de precios. La cumbre celebrada en Tailandia ha estado marcada por los llamamientos a ajustes fiscales ante la elevada deuda y los límites de un crecimiento económico desigual e inflado por las inversiones en IA.

Los recientes diagnósticos de la institución multilateral por excelencia y el Instituto de Finanzas Internacionales (IIF), especie de patronal bancaria mundial, revelan casi al unísono la magnitud del problema. El último Global Debt Monitor del IIF precisa que el montante de la deuda mundial superó los 365 billones de dólares en el primer semestre de 2026, contando las obligaciones de pagos contraídas por gobiernos, empresas, hogares y entidades financieras, sus asociadas. El equivalente al 311% del PIB global y una acumulación extraordinaria que refleja el gran soporte que el crédito supone para la actividad económica.

El FMI, en su recién concluida cumbre otoñal, acaba de poner el foco del temor financiero en las cuentas públicas, al calcular que el endeudamiento soberano alcanzó el 94% del PIB mundial en 2025 y que podría rebasar el 100% de la riqueza productiva del planeta antes de que termine la década. Bajo advertencias de que los riesgos fiscales se han generalizado y de que los pasivos públicos podrían remontar mucho más deprisa de lo previsto si se deterioran simultáneamente las condiciones financieras y las perspectivas económicas. Porque –explica el Fondo— “cuando vence un bono emitido durante las etapas de tipos de interés laxos, los gobiernos en vez de pagar sus vencimientos, los han refinanciado a rentabilidades superiores”.

De modo que sus facturas repuntan al tiempo que devoran recursos que podrían destinarse a inversión, sanidad, educación o infraestructuras. La deuda, pues, ha pasado a ser un factor muy competitivo en los balances públicos en época de fondos presupuestarios escasos. Así lo deduce Rodrigo Valdés, nuevo director del Departamento de Finanzas del FMI, quien resalta la casi nula preocupación de los gobiernos por la disciplina fiscal; en especial, las economías de rentas altas. Con contagios irremediables en la esfera internacional. A su juicio, se trata de un riesgo sistémico que puede agrietar los mercados financieros si no se introducen ajustes “más dolorosos”.

El sector bancario privado apunta a otra vulnerabilidad. El IIF alerta de la creciente dependencia de los gobiernos de unos mercados que “deben absorber emisiones cada vez más voluminosas”, con serias presiones sobre los ratings de las agencias de calificación y peligro de que se entre en un círculo vicioso, ya que cuanto más necesitan endeudarse los Estados, mayores intereses les podrán exigir los inversores y más difícil les resultará cuadrar sus contabilidades nacionales. Ray Dalio, fundador de Bridgewater, lo eleva a la categoría de metáfora. “La deuda es como la grasa que se acumula en las paredes de venas y arterias, que acaba colapsando el sistema circulatorio y provoca infartos”.

A esta licencia para gastar se unen facturas estructurales como las del paulatino envejecimiento demográfico, más acelerado en las economías avanzadas y que multiplica los cheques sanitarios y de pensiones, o las derivadas del alto voltaje geopolítico, que dispara las partidas de defensa, así como la modernización de infraestructuras tecnológicas o energéticas. Todas compiten por unos recursos cada vez más limitados y que elevan la presión social a las políticas económicas.

La doble trampa (fiscal y financiera) de los intereses

El excesivo endeudamiento puede inducir a confusión. Esencialmente, porque unos volúmenes de pagos soberanos desorbitados no tienen por qué provocar impagos o quiebras inmediatas. Ni siquiera, a veces, presión sobre sus primas de riesgo. Los Estados pueden sobrevivir décadas con pasivos extraordinarios, siempre que sus economías crezcan, los inversores mantengan sus niveles de confianza en ella y los costes de financiación sean asumibles. Pero todo pude cambiar si estos factores se deterioran. Y más si acontecen simultáneamente, como podría suceder en el futuro inminente.

Entre 2018 y junio de 2026, la ratio deuda-PIB global aumentó en casi diez puntos porcentuales, pese a la espectacular acumulación de nuevos pasivos. Tras alcanzar el 337% del PIB mundial al inicio de 2021, descendió 27 puntos a la conclusión de 2023, por efecto de la inflación. Al elevar el valor nominal de la producción y erosionar el peso relativo de las obligaciones de pago en liza, la escalada de precios, vía energía, por la guerra en Ucrania alivió las cotas más encrespadas de la montaña de endeudamiento global. Pero solo en términos relativos. Porque, como reconoce el IIF, los desembolsos por intereses de las economías avanzadas han remontado en 1,5 puntos porcentuales del PIB entre diciembre de 2021 y agosto de 2026 y alcanzado hasta el 3,3% en el caso estadounidense.

Todo ello ha dado como resultado una constante transferencia de fondos presupuestarios hacia los acreedores. Justo cuando los estados se han enfrascado en desafíos que precisan avales que satisfagan sus nuevas y urgentes prioridades económicas y sociales. Goldman Sachs precisa que “el encarecimiento de la deuda soberana trasciende del repunte de la inflación” y apunta a una larga y continuada fase de desequilibrios fiscales y de necesidades de refinanciación que se han manifestado en los últimos meses en los mercados de bonos, con el título del Tesoro americano a 30 años cómodamente instalado por encima del 5%.

En el orden privado, las grandes corporaciones, sobre todo las vinculadas a la IA, aprovechan los tiempos de emisión de bonos a largo plazo para agrandar sus obligaciones de pago. El IIF estima que sus préstamos en marcha para tecnología algorítmica rozarán al término de este ejercicio los 541.000 millones de dólares. Frente a los 90.000 millones de hace tres años con vencimientos promedio de 13,4 años. A bastante distancia de los plazos de las nuevas emisiones del Tesoro, que rondan los 2,5 años. Irónicamente, ciertas empresas firman avales financieros más extensos que la mayor potencia económica mundial.

Es lo que enfatizan desde Barclays Private Bank, cuyos expertos destacan que el encarecimiento de la deuda soberana cohabita en un mercado de capitales donde también compiten empresas que necesitan financiar inversiones tecnológicas multimillonarias. La presión sobre los mercados de bonos no procede, por tanto, exclusivamente de los gobiernos, que, al final, como ocurrió en los años que siguieron a la crisis de 2008, acaban absorbiendo gran parte de las deudas del sector privado. Para más inri, el FMI proyecta crecimientos moderados del 3,1% este año y del 3,4% el siguiente, con inflaciones fuera del control estatutario de los bancos centrales: el 4,7% en 2026 y el 4,1% en 2027.

La climatología económica en las potencias industrializadas sigue una pauta general. Resiliencia productiva con inflación rampante y consumo titubeante que eleva la deuda de los hogares.

El gasto familiar estadounidense sigue creciendo como la espuma. La Fed de Nueva York avisa de que las obligaciones de las familias americanas alcanzaron los 18,8 billones de dólares en el segundo trimestre de 2026, incluidos 1,26 billones en tarjetas de crédito. A pesar de la subida de tipos de septiembre y del retroceso de su poder adquisitivo, que se ceba especialmente en hogares de rentas medias y bajas. Mark Zandi, economista jefe de Moody’s, advierte de que el estancamiento de los ingresos reales y el agotamiento del ahorro pueden provocar contracción del gasto, debilitar el dinamismo y ahondar el agujero fiscal.

Las economías avanzadas, en la encrucijada

Las grandes potencias se mantienen atrapadas en su laberinto. La deuda federal americana en manos del público ha pasado de 3,4 billones de dólares en 2000 a más de 32 billones en 2026, desde aproximadamente el 34% hasta más del 100% del PIB. Más inquietante aún es la factura de sus intereses. Hace un cuarto de siglo absorbía el 11% de la recaudación fiscal; sólo durante los diez primeros meses del ejercicio presupuestario de 2026 ya representaba el 21,5%. En otras palabras, más de uno de cada cinco dólares recaudados se destina a remunerar a los acreedores. Sobre una losa de 34 billones de dólares.

JP Morgan ve un triple salto mortal en su trayectoria. Por un lado, una senda presupuestaria preocupante; por otro, grandes déficits primarios y, como colofón, unos intereses crecientes con escasa disposición política para corregirlos. Más que una crisis repentina de solvencia su análisis teme un deterioro gradual que eleve sus costes de capital y ahuyenten la inversión privada.

Francia es el enfermo de la zona del euro. Con permiso de Bélgica. Su deuda supera el 119% del PIB en 2026, frente al 98% de 2019, mientras el déficit presupuestario se mantiene por encima del 5%, bajo los efectos de un cóctel de crecimiento débil, envejecimiento demográfico y ruptura parlamentaria que dificulta cualquier ajuste duradero. Allianz dice que la rentabilidad del bono francés a diez años ha aumentado 150 puntos básicos desde el comienzo de la crisis de Ormuz, frente a los 115 de EEUU y los 83 de Alemania.

Un salto similar al de su prima de riesgo respecto al bund alemán, pese a que Berlín se aleja de su histórica austeridad y del veto constitucional a endeudarse en exceso para financiar su rearme y un plan de infraestructuras de 500.000 millones de euros, y respecto a España, cuya deuda se sitúa en el 100% de su PIB con rentabilidades de sus bonos a diez años inferiores a los galos por la solidez de su actividad y su corrección presupuestaria, aduce Diego Iscaro, de S&P Global Market Intelligence.

Japón, en cambio, ofrece una variante singular. Su deuda pública bruta supera el 200% del PIB, la más elevada del G-7. Sin embargo, ha conseguido evitar crisis durante medio siglo gracias a una amplia base de inversores nacionales, notables activos financieros y decenios de intereses extraordinariamente reducidos. Ahora, las subidas de tipos, la debilidad del yen y la agenda fiscal expansiva de su gobierno podrían elevar la deuda al 228% del PIB en 2025, alerta Allianz, que ve señales de tirantez en Reino Unido y Canadá.