El paro juvenil en perspectiva
Uno de los éxitos exhibidos por el gobierno durante las últimas legislaturas ha sido el de la reducción de la tasa de paro juvenil. Es lógico que se saque pecho de esta evolución, pues la reducción de la tasa de desempleo de los menores de 25 años (salvo el episodio puntual de la pandemia) no había sido tan intensa en la historia reciente. Así, la tasa de paro juvenil alcanzó un máximo histórico en el primer trimestre de 2013, durante el mandato de Rajoy, con un 55,2% de su población activa, y en el último dato conocido, el primer trimestre de 2026, se ha situado en el 24,8%, una caída de más de 30 puntos en 13 años. Para ser honestos, hay que reconocer que, de ellos, 18,7 puntos tuvieron lugar durante el propio mandato de Rajoy y los otros 12 puntos se redujeron durante el gobierno de Sánchez.
Si descomponemos, como hace el INE, la tasa de paro de los jóvenes en dos tramos de edad, de 16 a 19 años y de 20 a 24 años, los resultados son incluso más espectaculares. La tasa de los más jóvenes alcanzó el 75,6% en ese terrible trimestre de 2013, un récord mundial, y ahora se sitúa en el 39%, aunque en el último trimestre de 2025 había bajado hasta el 30% (para los más jóvenes, que se incorporan por primera vez al mercado laboral al cumplir los 16, hay mucho paro estacional en el primer trimestre). La tasa de paro en el grupo de edad 20-24, alcanzó el máximo en 53,4% también en 2013 y ahora se sitúa en 21,8%.
Que se haya reducido tanto la tasa de paro juvenil no quiere decir que estemos ahora en mínimos históricos. En el gráfico de más abajo presento la tasa de desempleo de los menores de 25 años desde 1980 hasta 2026. Es importante destacar que esta serie, que el INE publicaba trimestralmente con la Encuesta de Población Activa (EPA) desde 1976 hasta 2001, lo dejó de hacer en 2002 y, desde entonces, sólo presenta de forma separada los dos grupos de edad señalados anteriormente. No entiendo el motivo para interrumpir la publicación de un dato que es útil, y es el que se compara con otros países. Sea como fuere, desde 2002 la serie está elaborada por mí, a partir de los datos de actividad y de paro de cada grupo de edad. En cualquier caso, se trata de un promedio de las dos tasas de paro, en las que el grupo de los más jóvenes pesa un 20%, y el otro un 80%, aunque el peso del grupo 16-19 se ha ido reduciendo a lo largo de los años, coherentemente con la caída de los nacimientos.
En el conjunto del período 1980-2026, la tasa de paro juvenil de nuestro país se ha situado en media el 35%. Si tomamos los promedios de antes y después del euro, se detecta una ligera mejora: desde cerca del 40% antes de nuestro ingreso en la moneda única, hasta el 33% después de esa fecha. El mínimo histórico de la tasa de paro juvenil se sitúa en el tercer trimestre de 2006, con un valor del 16,5%, que luego escaló durante la crisis financiera desatada a mediados de 2008.
Pese a coincidir el mínimo con los años de gobierno de Zapatero, yo no echo de menos esa “histórica” tasa de paro juvenil. De hecho, considero un valor “mejor” el actual, aunque se trate de una cifra superior. El motivo es que en 2007 la economía española se encontraba en el pico de una burbuja inmobiliaria, una situación indeseable desde muchos puntos de vista. Pero especialmente desde la perspectiva del empleo juvenil, que es verdad que alcanzó un récord, pero que fue efímero, pues muchos de esos jóvenes abandonaron sus estudios para irse a trabajar a la construcción o a sectores industriales relacionados con la misma. Es decir, que, además de las devastadoras consecuencias financieras, laborales, económicas, industriales y sociales del pinchazo de la burbuja inmobiliaria, nos encontramos con una importante pérdida de capital humano para los más jóvenes, algo que arrastraron a posteriori a lo largo de la crisis financiera e incluso de la recuperación económica a partir de 2014, años en los que la tasa de paro juvenil seguía muy alta por su bajo nivel de cualificación.
Pese a que ahora no estemos, por el momento, en una burbuja inmobiliaria, y la reducción de la tasa de desempleo, tanto la total como la de los jóvenes, sea menos efímera, no podemos negar que seguimos teniendo un problema. Es verdad que, desde el punto de vista de su tasa de paro, los jóvenes de ahora están mejor que los de las décadas de los 80 y 90, algo que muchas veces se pone en cuestión. Y que eso provoca que, entre otras demandas, tengan más posibilidades de crear un hogar (el primer requisito es tener un empleo) y, por tanto, independizarse y demandar una vivienda, sobre todo en alquiler. Esta ha sido una de las contrapartidas de la reducción de la tasa de paro juvenil que habría que haber previsto en el final de la crisis financiera. Pero, pese a la ligera mejora estructural, nuestra comparación con Europa sigue sonrojando. En la siguiente tabla presento las últimas cifras de paro juvenil de Eurostat (son datos anuales) correspondientes a 2025.
Seguimos siendo los segundos peores de la UE-27, sólo por detrás de Rumanía. Y aunque estemos cerca de Suecia, algo que resulta sorprendente, esto no debe ser de consuelo. Nuestra referencia debe ser, una vez más, Alemania o Países Bajos que, con una tasa de paro juvenil de un dígito, consiguen compaginar políticas activas de empleo con planes de formación profesional. Es decir, actuar en la doble palanca del empleo y la productividad o, lo que es lo mismo, del crecimiento a corto y a largo plazo.