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“Tengo un cotilleo”: por qué chafardear nos puede hacer bien

Carmen López

8 de octubre de 2026 22:34 h

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Hay pocos mensajes tan golosos como el que dice: “Tengo un cotilleo”. El ser humano quiere saber y pocos se negarán a conocer esa información. El chisme tiene el atractivo del secreto, de la complicidad. Quizá lo que se cuente no sea relevante ni demasiado interesante, pero la expectación genera emoción y eso siempre es agradable. Este acto tan común de hablar de la vida de otra gente a sus espaldas se señala como algo reprochable pero, aunque puede serlo, también tiene partes positivas: refuerza vínculos personales, eleva los niveles de oxitocina y ayuda a tejer una red de protección.

Sin embargo, es complicado deshacerse de la culpa. La escritora Hilary Leichter acuñó el término ‘resaca de zorra’ en su libro Algo temporal. Según su definición, se trata de: “La resaca que tienes por las mañanas después de haberte pasado la noche entera soltando mierda, diciendo estupideces, actuando como una enorme y tremenda imbécil, permitiendo que todas las cosas horribles que tenías en la cabeza salieran por algún motivo de tu boca babosa”. Las periodistas Anna Pacheco y Andrea Gumes lo analizaron en su podcast Ciberlocutorio y su audiencia se sintió tan identificada que incluso han hecho gorras con la expresión.

Cotillear de la gente a sus espaldas (o hablar demasiado de una misma, porque esto también entra en el concepto de Leichter) es el auténtico placer culpable, y no ser fan de algún grupo de música hortera. Se puede hablar mal de personas a las que se conozca poco, pero también de amigos cercanos o individuos a los que se aprecie, sin tener intenciones perversas, pero sí dañinas. De ahí que, después de una sesión de chafardeo intenso, pueda aparecer un sentimiento de desasosiego que no es otra cosa que culpabilidad. Cotillear también tiene aspectos positivos, como se ha visto hasta ahora. ¿Es posible que exista una manera ética de chismorrear?

Lo dice la ciencia

Alicia Otero García es profesora de Patología Animal de la Facultad de Veterinaria y también integrante del grupo RISArchers. Son un centenar de investigadoras e investigadores monologuistas de la Universidad de Zaragoza que combinan sus conocimientos científicos con el humor. Este mundo, quizás poco conocido fuera del ámbito académico, tiene sus propios certámenes internacionales como Solo de Ciencia, que organiza la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT). Otero ganó la edición de 2025, que se celebró en Quito, con su soliloquio sobre el chismorreo Gossip sapiens.

Como investigadora en enfermedades neurodegenerativas, le gusta que sus monólogos trasladen el funcionamiento del cerebro a situaciones cotidianas. La clave para captar el interés del público es escoger un tema que apele a todo el mundo y el chismorreo es una cuestión “con la que cualquier persona puede identificarse, independientemente del contexto cultural”, dice. Lo pensó mucho antes de decantarse por el chisme porque es una de las cosas “más universales” que se le ocurrió y el triunfo en el concurso demostró que tenía razón.

La base científica de su discurso es que el chismorreo “es una de las bases de nuestra evolución como humanos”. Según comenta, “los vínculos entre personas se refuerzan más al compartir chismes negativos, ya que incrementan bastante la oxitocina, lo que proporciona sensación de complicidad entre las personas que comparten el cotilleo”. Es la misma hormona que refuerza la unión entre una madre y su cría, para que nos hagamos a la idea. No es la única científica que se ha adentrado en los misterios del chafardeo. Ella menciona a Francis T. McAndrew, muy conocido por su investigación en psicología evolutiva, que es un “gran defensor del papel antropológico del chisme”.

El cotilleo es una de las bases de nuestra evolución como humanos. Los vínculos entre personas se refuerzan más al compartir chismes negativos, ya que incrementan bastante la oxitocina, lo que proporciona sensación de complicidad entre quienes lo comparten

Otros científicos que ahondaron en la cuestión han sido Konrad Rudnicki, Charlotte J. De Backer y Carolyn Declerck, un equipo de la Universidad de Amberes. En un estudio publicado en Nature en 2023 midieron las alteraciones de los niveles hormonales después del cotilleo y, aunque el chisme no disminuye los niveles de cortisol por sí mismo, sí produce cambios fisiológicos y puede resultar una actividad social más estimulante que otras. Asimismo, los investigadores Helena Alicart, David Cucurell y Josep Marco-Pallarés publicaron en 2020 los resultados de un estudio de neuroimagen que muestra que el chismorreo provoca la activación de áreas similares de la red de recompensa y que ‘el salseo’ se recuerda mejor que una información nuestra.

Te lo cuento en el descanso

Antonio no tiene dudas a la hora de afirmar que “desde luego un buen cotilleo une mucho, crea un vínculo con la persona a la que se lo estás contando o te lo cuenta”. Él señala que esto ocurre en el ámbito laboral y lo practica con asiduidad, aunque suelen ser comentarios inofensivos: “Son cosas que tarde o temprano serían de dominio público de todas maneras”. En los centros de trabajo los chismes pueden ser acerca de relaciones sentimentales entre compañeros, pero también sobre cambios en la estructura de poder de la empresa o movimientos que pueden afectar a los trabajadores. De esa información puede salir una acción sindical o mecanismos de protección ante el acoso laboral.

Esto también puede extenderse a los barrios, donde el cotilleo suele ser una actividad frecuente. Al menos, en los que aún quedan vecinos y no se han convertido en un parque de atracciones para turistas. En aquellos lugares en los que se reúnen quienes habitan la zona —como puede ser el mercado, los parques o el bar de abajo— circula la información y un comentario a priori malicioso puede hacer sonar la alarma sobre la situación de alguien. Una anécdota real: en una peluquería a la que varias mujeres acuden el mismo día de la semana, una de ellas falta a su cita. La sesión de chismorreo comienza con el comentario de “su hijo se ha ido a vivir con la novia y ya no se le ve nunca”, después otra comenta que la última vez que la había visto tenía mala cara y otra añade que no había pasado por la panadería como siempre. Al final, una de ellas va a su casa y esta le dice que está enferma, pero que no quería llamar a su hijo para no preocuparlo. Y la red de cuidados se pone en marcha.

En este caso concreto se da también la peculiaridad de que el chismorreo se da entre mujeres en un lugar de reunión en el que no entran hombres: está regentado por una peluquera y no tiene clientes masculinos. Aunque no esté pensado como tal, ese local es un centro de reunión seguro en el que incluso hay cierta confidencialidad entre la trabajadora y las clientas habituales. No quiere decir que el secreto vaya a quedar entre los rulos y los secadores, ni mucho menos, pero si ahí se crea el ambiente adecuado para soltar intimidades, por algo será.

“Históricamente, el chismorreo ha quedado asociado a las mujeres, a las clases populares y a determinados espacios de sociabilidad cotidiana: la cocina, el balcón, el mercado, el lavadero, la plaza”, apunta Yendéh R. Martínez, historiadora, activista feminista y parte del podcast Radiobajeras. Pero cuando las mismas prácticas se dan en ambientes masculinizados los términos cambian y ya no se trata de chisme sino de “información, confidencia, rumor, networking, intercambio de contactos, diplomacia y hasta espionaje”, completa. El género y la clase social son esenciales para entender por qué el cotilleo se ha denostado de forma histórica: “Cuando la conversación circula entre determinados sujetos y en determinados espacios, se considera conocimiento útil. Cuando la protagonizan mujeres y disidencias, se convierte en ‘marujeo’”.

El centro de datos más grande

Una de las frases más celebradas —y tiene muchas— de la periodista y escritora Lucía Lijtmaer es: “No olvidéis nunca esto: las mujeres hablamos entre nosotras, y tenemos un disco duro que flipas con toda esa información”. La pronunció en un episodio del podcast Deforme Semanal, que comparte con Isabel Calderón. Hablaban de datos referidos a los hombres con los que habían tenido algún tipo de relación sexual o sentimental: en caso de que intentasen cualquier maniobra contra ellas o con alguna de sus amigas, están armadas con artillería suficiente como para anularle en un pestañeo.

Históricamente, el chismorreo ha quedado asociado a las mujeres, a las clases populares y a determinados espacios de sociabilidad cotidiana: la cocina, el balcón, el mercado, el lavadero, la plaza

Marisa está convencida de que el cotilleo sirve como red de seguridad y, de hecho, tiene una anécdota que sirve como ilustración de la advertencia de Lijtmaer: “Una chica empezó a hablar con un tío por una app y se lo contó a su amiga. A esta, por ciertos datos, se le encendió la bombilla y me escribió. Resultó que era el exnovio de una amiga mía que está en juicios por maltrato y se lo había ocultado a la chica de la app, además de que tenía hijos”. Ella puntualiza que hay que contrastar la información y asegurarte de que es verídica, pero un chisme: “Puede salvarte de una bala”.

Para Yendéh R. Martínez hay que remontarse muy lejos en el tiempo para entender por qué estas uniones beneficiosas para las mujeres se intentan denostar en la sociedad. “En los primeros siglos de la Edad Moderna, encontramos mujeres construyendo vínculos muy fuertes de confianza, reciprocidad e intimidad entre ellas que compartían cuidados, crianza, conocimientos y una parte fundamental de su vida afectiva”, sostiene. En muchos casos, las relaciones eran más fuertes que las que tenían con sus maridos, que posiblemente no habían escogido y en los que, a veces, ni siquiera estaban conformadas por el amor. “La comadre era una figura de comunidad, de apoyo y de confianza”.

De ahí la persecución de la brujería que comienza en el siglo XV: “No bastaba con controlar a las mujeres mediante la institución matrimonial o religiosa. Había que vigilar qué hacían cuando estaban juntas, qué sabían, qué compartían y, sobre todo, qué se contaban. Una reunión de mujeres podía convertirse en un aquelarre”, sostiene. De la bruja se pasa a la mujer de ‘mala vida’ y, finalmente, a una reunión de chismosas. Un grupo de ‘marujas’. “Durante siglos se ha intentado convertir en habladuría aquello que, entre otras cosas, nos permitió a las mujeres saber más unas de otras, cuidarnos y reconocernos como iguales”, explica.

Esto lleva a una conclusión: “La pregunta de si el cotilleo es ético o no, está atravesada por una cuestión de poder”, declara Yendéh R. Martínez y concluye que: “La discusión sobre los límites, la responsabilidad y las consecuencias de señalar públicamente a alguien es legítima, pero resulta significativo que históricamente haya existido y siga existiendo tanta resistencia a reconocer el valor del propio acto de contar”.