Salud mental

Duelos al margen: por qué no se valida tanto el dolor por la muerte de una amiga, un compañero o un animal

“Cuando tenía 20 años falleció uno de los mejores amigos de mi padre, de esos a los que llamas tío. Cuando murió, sentí que el dolor que sufría no me correspondía, que mi padre tenía reservados todos los derechos sobre su duelo. Solo mis padres me preguntaron qué tal estaba y me acompañaron en la pérdida, desde fuera creo que me daba hasta vergüenza decir que estaba mal porque había muerto un amigo de mi padre”. Camila, que ahora tiene 30 años, recuerda con pena haber sentido que no tenía “derecho a estar triste”.

Elena tenía 18 años cuando murió Carlos, su primer amor, con quien había mantenido una relación durante tres años. Aunque siempre ha sentido el apoyo de su familia, cree que su entorno no llegó a comprender la dimensión de su pérdida, en parte por la juventud de ambos. “Se me invalidó muchísimo por el hecho de ser una chica tan joven que acababa de perder a su novio. La gente dio por hecho que iba a rehacer mi vida”, recuerda. Considera que por tratarse de una relación adolescente se dio por hecho que el duelo sería más breve y menos intenso, algo que no se correspondía con lo que estaba viviendo. “Yo siempre lo he dicho: Carlos es la primera persona de la que me enamoré y siempre va a ser mi primer amor. La relación duró tres años y los sentimientos fueron muy intensos”, explica. A día de hoy, todavía lamenta que ser tan joven hiciera que su duelo se tomara menos en serio.

Aunque las pérdidas de Camila y Elena son distintas, ambas reflejan cómo el reconocimiento social del duelo no siempre se corresponde con la importancia del vínculo que se ha perdido. En el caso de Camila, hizo que sintiera que su dolor no le correspondía; en el de Elena, aunque la muerte de una pareja suele estar socialmente reconocida, su juventud y el carácter adolescente de la relación restaron importancia a su pérdida. Existe, así, una especie de jerarquía social en torno a la muerte: mientras que la pérdida de un progenitor o de una pareja consolidada tiene un lugar claramente reconocido —también en nuestro vocabulario, con palabras como “huérfana” o “viudo”—, hay otros vínculos y circunstancias que ni siquiera se nombran. 

Se me invalidó muchísimo por el hecho de ser una chica tan joven que acababa de perder a su novio. La gente dio por hecho que iba a rehacer mi vida

Noelia Gómez López, psicóloga especializada en trauma y apego en la Clínica NA Psicología Integradora habla de la existencia de un “termómetro que mide de alguna manera el dolor o importancia según la relación que tenemos con la persona fallecida”. Esto hace que la pérdida de un hijo la percibamos como devastadora para sus padres —de hecho, ocupa un espacio en nuestra literatura con obras como Hamnet—. Sin embargo, “la pérdida de un tío, un hermano o un amigo no suele tener tanto espacio ni reconocimiento emocional en nuestra sociedad”. 

“No hay que cuantificar el dolor por el lugar que ubica en un árbol genealógico la persona que hemos perdido, sino por el lugar que alguien ocupa en nuestra vida”, explica Mar Argüello Arbe, psicóloga en Madrid Cepsim, quien recuerda que “perdemos a la persona, pero también al mundo que existía con ella”. 

Esta jerarquía no solo afecta a los vínculos familiares. También puede hacer invisible el duelo por alguien que, sobre el papel, es simplemente un compañero de trabajo. Isabel, de 35 años, perdió a un compañero este verano. Y aunque admite que “en el tanatorio no era capaz de reconocer a todos los miembros de su familia”, se sentía parte de su vida y de su día a día. “Al final es alguien con quien compartes muchos momentos y muchas horas al día, compartes frustraciones y estrés, pero también logros. La cotidianidad une mucho, y no siempre hay mucha comprensión cuando expresas el dolor de esa pérdida”, explica. De hecho, sintió “vergüenza” y reparo al confesar a su círculo que estaba pasando por “una mala época”. Le daba miedo que dijeran que era solo “un compañero de trabajo”, “como si no conociera qué es lo que desayunaba todos los días y cuándo tenían médico sus hijos”, apunta. 

Las psicólogas hablan de “duelos desautorizados o no reconocidos” para aquellos procesos de duelo que invalida la sociedad. Noelia Ramos, terapeuta especialista en procesos de duelo y muerte, incluye los duelos por personas que no tienen primer grado de consanguinidad, que no son padres ni hijos, “pero que pueden afectarnos igualmente”: un tío o tía, un hermano/a, sobrino, una amistad o incluso pérdidas perinatales. Esto puede hacer que “las personas dolientes sientan todas las emociones propias de un duelo, pero callan, no se autorizan a ellas mismas”. 

No hay que cuantificar el dolor por el lugar que ubica en un árbol genealógico la persona que hemos perdido, sino por el lugar que alguien ocupa en nuestra vida

Cuando la sociedad ignora la pérdida

Cuando se vive una pérdida que sale de los límites de la orfandad o la viudedad, “la respuesta social más común es ofrecer menos espacio y apoyo emocional”, explica la especialista en trauma Gómez López. “Damos por sentado que el duelo de esa persona debería ser más ‘fácil’ porque lo medimos con ese ‘termómetro’, sin entender qué significaba realmente el fallecido para la persona y qué papel tenía en su vida”, añade. 

La sociedad tiene un papel clave a la hora de dar “más o menos legitimidad en la forma de pensar y sentir una pérdida”. Como sostiene Argüello Arbe, cuando se experimenta “esa sensación de desautorización” el dolor se tiñe de culpa, de vergüenza. Esto hace que las personas afectadas no sientan que tienen “el permiso” para sentirse así, llorar o despedirse de la forma que necesitan. Gómez López añade que ante la falta de validación, “la persona acaba sintiendo que ‘no es para tanto”, haciendo que se cuestione sus propias emociones “al no entender por qué le afecta tanto una pérdida que socialmente se minimiza”. 

Si una persona experimenta una pérdida real y devastadora pero su entorno social, familiar o cultural no valida ni legitima ese dolor es cuando, según Argüello Arbe, “se genera una brecha entre la realidad interna del doliente y la mirada de afuera”.

Isabel, de 35 años, perdió este verano a un compañero de trabajo: 'La cotidianidad une mucho, y no siempre hay mucha comprensión cuando expresas el dolor de esa pérdida'

El duelo no entiende de especies, solo de ausencias

Para Javier, la infancia y la adolescencia estuvieron marcadas por un severo acoso. En esos años, su perro Eric, un cruce de galgo y labrador, se convirtió en su principal refugio: era quien lo recibía con alegría cuando regresaba a casa llorando tras sufrir bullying. Cuando Javier tenía 18 años, Eric falleció repentinamente, una experiencia que describe como si le “arrebataran una parte del alma”. Años más tarde, su perrita Chloe, una labradora negra, se convirtió en su sostén durante una profunda depresión en la que Javier llegó a contemplar quitarse la vida. Tras la pérdida de estos compañeros y la de su posterior perro Sauron, Javier se enfrentó a la incomprensión de un entorno social y laboral que suele minimizar este tipo de muertes con comentarios como “era solo un perro”. 

“Cuando hablamos de vínculos, lo esencial tiene que ver con la estabilidad, seguridad y afecto. Y estos elementos pueden existir perfectamente en la relación que establecemos con los animales con los que convivimos”. Así explica Andrea Vila Almuiña, psicóloga especializada en duelo, trauma y violencia de género, cómo por el estilo de vida que llevamos habitualmente, es común que “ellos sean con quienes pasamos la mayor parte del tiempo y, por tanto, con quienes tengamos más recuerdos, más rutinas establecidas, mayor entendimiento…”.

La psicóloga Argüello Arbe añade cómo estos animales “representan lo que entendemos por el amor incondicional, y ese amor estructura nuestras rutinas, los silencios y nuestra ternura más primitiva”. Para ella, “su muerte puede romper el hogar por dentro”, y apunta: “Bajo mi punto de vista, el dolor no entiende de especies, solo de ausencias”. 

El dolor frente a la lógica de la productividad

“Toda acción que implique supeditar la productividad a la salud, sea emocional o física, es de vital importancia”. Para Andrea Vila Almuiña, los permisos laborales o la flexibilidad que te den en tu lugar de trabajo para que puedas procesar a nivel emocional una pérdida son muy importantes, “no solo por el espacio de sanación y recuperación que brindan, sino también por el elemento de validación que suponen”. Deja claro que “nuestro cerebro no rinde de la misma manera cuando necesita invertir recursos y energía en atravesar un proceso de pérdida”.

En España, sin embargo, no todas las pérdidas reciben el mismo reconocimiento laboral. El Estatuto de los Trabajadores establece dos días de permiso retribuido por el fallecimiento “del cónyuge, pareja de hecho o de un familiar hasta segundo grado de consanguinidad o afinidad”, que se amplían a cuatro cuando es necesario desplazarse [la ampliación del permiso a 10 días que avanzaba el Ministerio de Trabajo ha quedado de momento congelada y con futuro incierto ante la reciente disolución de las Cortes por el adelanto electoral]. La norma contempla así la muerte de padres, hijos, abuelos, nietos o hermanos, entre otros familiares, pero no la de una amiga, un amigo, un tío o una tía, un compañero de trabajo o un animal de compañía. 

Tras la pérdida de sus perros, Javier ha vivido en primera persona la incomprensión laboral. Cuenta a elDiario.es que tras el fallecimiento de uno de sus compañeros de vida consiguió únicamente un día de asuntos propios y dos de sus propias vacaciones para transitar el duelo. Después, se vio obligado a continuar con su rutina habitual y a esconderse en el baño para poder llorar ante la falta de empatía de sus compañeros. 

Quienes atraviesan pérdidas que quedan en los márgenes de lo contemplado por la ley pueden verse obligados a recurrir a una baja por incapacidad temporal. Pero Noelia Ramos recuerda que “el duelo no es una enfermedad, es un proceso muy doloroso, un proceso natural que todos vivimos”. El problema llega cuando “el tiempo que se nos concede para no tener que ir a trabajar es muy inferior en comparación con todas las emociones y vivencias que atravesamos”. A este proceso de duelo en muchas ocasiones se añaden además los trámites y procesos administrativos que se requieren tras un fallecimiento. Un tiempo añadido que difícilmente cabe en los dos o cuatro días de permiso que se contemplan.

El duelo no es una enfermedad, es un proceso muy doloroso, un proceso natural que todos vivimos (...) El tiempo que se nos concede para no tener que ir a trabajar es muy inferior en comparación con todas las emociones y vivencias que atravesamos

En esta misma línea, Mar Argüello Arbe invita a “cuestionarnos la exigencia de que todo tenga un tiempo, un protocolo, una concreción”, porque “el dolor tiene su propia lógica, que no es la lógica de la productividad”. El proceso de duelo entra en conflicto con una sociedad que nos pide seguir produciendo incluso cuando nuestra vida se ha detenido por dentro. Por ello, define “un permiso laboral digno” no como “solo un descanso legal”, sino como “el reconocimiento social para que cada persona transite su pérdida”. 

Dar espacio, comprensión y naturalidad al duelo

“Somos una sociedad que vive totalmente de espaldas a la muerte”, sentencia Ramos. La psicóloga aboga por integrar esta realidad dentro de nuestras vidas, para poder así “acompañar en las pérdidas de una manera tranquila, calmada, serena”. No hablar de la muerte hace que se genere, tabú, miedo e incomprensión, que puede traducirse en “invalidación de estos sentimientos” —tanto a nivel social como legislativo—. 

En este sentido, Vila Almuiña encuentra fundamental “cambiar todo lo que tiene que ver con reconocer y respetar el dolor de la persona afectada”. Muchas personas que pasan por un duelo menos comentado o “aceptado socialmente” se sienten incomprendidas, solas y juzgadas, y son estas emociones “las que entorpecen el proceso natural y dificultan que la persona lo viva de una manera saludable”. El camino a seguir pasa por “dar cabida a estas otras realidades”, “ya sea mostrándonos disponibles emocionalmente para la otra persona (escuchar, acompañar, interesarse…) o creando espacios que validen y reconozcan esas pérdidas (medidas o permisos laborales o estudiantiles, adaptaciones a nivel escolar…)”.

Porque reconocer un duelo no significa determinar cuánto debe durar ni establecer qué pérdida merece más dolor que otra. Significa, sencillamente, reconocer que alguien ha perdido a una persona o a un animal importante en su vida y que necesita tiempo y espacio para asimilarlo. También cuando esa pérdida no tiene un nombre para la sociedad.