El problema de los “influencers de la soledad” que presumen de no tener amigos ni pareja
“POV: Estás soltera, no tienes amigos y vives sola. Así es un viernes por la noche”. Este es el mensaje con el que Lana Isa comienza uno de sus muchos vídeos de Instagram y TikTok, en los que muestra cómo es la vida de una chica solitaria y con los que acumula alrededor de 300.000 visualizaciones por publicación. En ellos, esta creadora de contenido de estilo de vida comparte fragmentos de su día a día en los que aparece siempre sola, algo que relaciona con la ansiedad social que padece, pero que ha conseguido convertir en un contenido con el que han conectado cientos de miles de personas.
Y no es la única. En las redes sociales proliferan las creadoras —en su mayoría, mujeres jóvenes que viven en grandes ciudades— que hablan de los beneficios de una vida sin amistades ni círculos sociales cercanos, que viven solas en pisos —bastante grandes— perfectamente ordenados y presentan la soledad como una elección. Son las llamadas loneliness influencers o influencers de la soledad.
Muchas de ellas aseguran que no pretenden promover el aislamiento, sino normalizar una experiencia que suele vivirse con vergüenza y mostrar que se puede disfrutar de la propia compañía. Sin embargo, la popularidad de estos contenidos abre algunas preguntas: ¿dónde termina la desestigmatización y empieza la romantización de la falta de vínculos? ¿Cuánto hay de elección en esa vida solitaria? ¿Y qué condiciones materiales y privilegios permiten convertir el aislamiento en una opción deseable?
Estar solo frente a sentirse solo
No hay nada malo en pasar tiempo sola, ni siquiera un viernes por la noche, cuando se presupone que debemos aprovechar el tiempo en compañía de otros. Tampoco hay nada malo en vivir solo, sobre todo si se pertenece al reducido grupo de personas que, a día de hoy, puede permitírselo. De hecho, realizar actividades con y para uno mismo puede resultar muy beneficioso. Por ello, conviene distinguir entre estar solo y sentirse solo. Sandra Escapa Solanas, socióloga, profesora de la Universidad de Barcelona e investigadora en soledad no deseada, explica que esta aparece cuando “existe una discrepancia entre las relaciones que tienes y las que desearías tener, tanto en cantidad como en calidad. Es beneficioso que sepamos convivir con la soledad, pero el problema aparece cuando esa soledad provoca malestar, cuando la persona siente esto: ”no quiero estar en esta situación, no deseo esta soledad“.
De acuerdo con Noreena Hertz, economista política y autora de El siglo de la soledad (Paidós, 2021) existen varios criterios que nos ayudan a distinguir la forma saludable de la perjudicial: “La reversibilidad, es decir, poder reincorporarse a la vida social cuando lo deseas; cómo te sientes después, porque la soledad elegida te deja renovado, mientras que la otra te agota; y si se trata de una elección libre o de algo que te ha sido impuesto de manera involuntaria”.
En este sentido, ¿cuál es el problema de los influencers de la soledad? Aunque pregonan la libertad, la alegría y la tranquilidad con las que habitan una identidad solitaria carente de círculos afectivos, las redes sociales son escaparates en los que proyectamos una versión muy cuidada de nosotros mismos. Por eso, resulta difícil distinguir qué es real y qué no. Esto puede llevar a una cierta romantización de aquello que vemos a través de la pantalla.
“Lo que me preocupa es que esto deje de tratarse de la soledad elegida y pase a convertirse en una exaltación de la soledad no deseada. Es decir, me preocupa que el distanciamiento de los demás se eleve a la categoría de ideal”, explica Hertz. Según la economista, esta clase de contenido, en ocasiones, “toma una situación real y, con frecuencia, involuntaria —personas que se aíslan porque la comunidad se ha vuelto inaccesible, porque la amistad exige un tiempo y una energía que nuestro sistema económico no nos permite tener o porque las redes sociales han hecho que los demás parezcan demasiado crueles— y la reformula como una virtud”, asegura.
Es beneficioso que sepamos convivir con la soledad, pero el problema aparece cuando esa soledad provoca malestar
En esa presunta libertad para elegir la soledad se esconde, además, una cuestión de privilegio. No todo el mundo puede convertir el aislamiento en una experiencia cómoda y reparadora. Para ello hace falta tiempo, estabilidad económica, una vivienda digna y la posibilidad de reducir al mínimo las obligaciones y los vínculos sin que la vida se desmorone. Es una fantasía similar a la que Ottessa Moshfegh lleva al papel en Mi año de descanso y relajación (Alfaguara, 2019), cuya protagonista —joven, rica y con un piso en Nueva York— puede retirarse del mundo durante meses porque dispone de las condiciones materiales necesarias. Incluso en ese retiro solitario y voluntario, su fantasía individualista se sostiene sobre el dinero, el espacio, el tiempo y el trabajo invisible de otras personas.
Por tanto, incluso cuando estas tendencias surgen como un aparente refugio frente a la hostilidad de la vida y buscan desestigmatizar el hecho de no tener pareja o amigos, es inevitable atender tanto a las condiciones estructurales que las provocan como a aquellas que las hacen posibles.
Soledad y neoliberalismo
En muchas ocasiones, la soledad va aparejada a la autosuficiencia y la responsabilidad individual, valores que, aunque importantes, están ligados al auge del neoliberalismo y al declive de lo comunitario en la sociedad occidental de las últimas décadas.
“Durante cuarenta años hemos estado inmersos en una ideología que antepone el individuo al colectivo, la competencia a la cooperación y la autosuficiencia como virtud suprema. Nos dijeron que la sociedad no existía, que solo existían los individuos, y nos enseñaron a vernos como marcas personales, como pequeñas empresas responsables de nuestro propio éxito y, lo que es fundamental, de nuestro propio fracaso”, asegura Hertz, quien en su trabajo explica cómo la soledad se ha convertido en la condición definitoria del siglo XXI.
A día de hoy, y según un informe sobre Conexión social de la Organización Mundial de la Salud, una de cada seis personas a escala mundial se ven afectadas por la soledad. Según los datos que proporcionan, la soledad afecta a personas de todas las edades, especialmente a jóvenes y a quienes viven en países de ingreso bajo y mediano. Entre el 17 y el 21% de la población mundial dice sentirse sola, siendo las personas jóvenes (de 13 a 29 años) las que cuentan con tasas más altas.
No todo el mundo puede convertir el aislamiento en una experiencia cómoda y reparadora. Para ello hace falta tiempo, estabilidad económica, una vivienda digna y la posibilidad de reducir al mínimo las obligaciones y los vínculos sin que la vida se desmorone
Cuando romantizamos y presentamos como deseable una vida en la que no necesitamos a los demás estamos, por un lado, imponiendo unas expectativas muy elevadas y, en la mayoría de los casos, inalcanzables, sobre lo que debe ser una vida. Y, por otro, participamos de aquello que el neoliberalismo promueve: la individualización de los problemas colectivos. “La soledad se trata como algo que la persona que la padece debe resolver por sí misma —mediante el autocuidado, una aplicación o una rutina de bienestar—, en lugar de entenderse como el resultado de determinadas fuerzas y decisiones políticas y económicas”, explica Hertz.
Una idea con la que coincide Sandra Escapa Solanas, cuyo trabajo se centra en la soledad no deseada, especialmente entre los más jóvenes. La soledad no aparece únicamente entre quienes viven solos, sino que está condicionada por múltiples factores: “Las personas se sienten solas ante las dificultades derivadas de la desigualdad sociolaboral en la que viven. También influye la vivienda, especialmente entre los jóvenes que se encuentran en un momento en el que desearían emanciparse, pero no pueden hacerlo por motivos económicos o familiares. Por otro lado, se observa que quienes han tenido que cambiar de residencia para estudiar en la universidad y abandonar su hogar familiar para trasladarse, por ejemplo, a Barcelona —o a otros grandes núcleos urbanos—, se sienten bastante más solos que otros jóvenes que también comienzan la universidad, pero no han tenido que cambiar de lugar de residencia”, desarrolla Escapa.
La socióloga también relaciona la soledad no deseada con la sensación de fracaso personal por no haber sido capaz de construir amistades de calidad, encontrar pareja o formar una familia en una sociedad en la que estos vínculos siguen funcionando como signos de capital social.
La soledad se trata como algo que la persona que la padece debe resolver por sí misma —mediante el autocuidado, una aplicación o una rutina de bienestar—, en lugar de entenderse como el resultado de determinadas fuerzas y decisiones políticas y económicas
“A menudo, este supuesto fracaso social se atribuye a una causa individual: «No has podido conseguirlo, así que es culpa tuya». Se culpabiliza a la persona que lo sufre y no se entiende que, en muchos casos, está relacionado con factores sociales”, señala. “La soledad también puede aparecer como consecuencia de distintos episodios vitales: convertirse en padre o madre, lo que implica un cambio de roles; pasar a ser una persona cuidadora o dependiente; sufrir abusos o malos tratos; haber vivido situaciones de acoso escolar durante la infancia; o atravesar una separación o una ruptura de pareja”, continúa.
Para una persona que atraviesa cualquiera de estas situaciones, encontrarse con uno de estos vídeos puede proporcionar una sensación momentánea de alivio y reconocimiento. Sin embargo, confiar sin reservas en aquello que muestran las redes también entraña riesgos. Incluso cuando estos contenidos nacen con la intención de desestigmatizar la soledad, pueden terminar romantizándola si la presentan al margen de las condiciones sociales, económicas y afectivas que la provocan.
Convertir una experiencia dolorosa en algo deseable puede ofrecer consuelo, pero también ocultar sus causas, reforzar la idea de que cada persona debe resolverla por sí sola y generar frustración entre quienes no consiguen habitar el aislamiento con la serenidad, el orden y la aparente libertad que aparecen en pantalla.