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A la caza del voto xenófobo

Vivimos en un mundo donde la libre circulación de los capitales es un dogma, pero la libre circulación de las personas es un tabú; en un país que hace sólo dos generaciones emigraba fuera para buscar su futuro y ahora, cuando lo ha encontrado, se queja de que otros pobres también quieran prosperar; en unas ciudades donde los inmigrantes con papeles (la inmensa mayoría) son iguales ante la ley a la hora de pagar impuestos, pero no tan iguales cuando se trata de votar. Vivimos en una sociedad en la que más del 10% es ya inmigrante, pero no hay un sólo diputado en el Congreso que no sea español, de los de toda la vida.

moreComo España no es racista, que fíjate cómo nos volcamos con los pobres negritos de Haití, la inmigración se ha convertido en uno de los problemas que más preocupa a los españoles, por delante del terrorismo o de la corrupción, en el último barómetro del CIS. Probablemente en la próxima encuesta, donde el debate que ha generado el Ayuntamiento de Vic servirá de modelo y de ejemplo, esa cifra subirá. Pero no hay que temer a la ultraderecha, ni que esto fuera Francia o Austria. Aquí ya nos apañamos con los partidos de siempre.

El sábado, Mariano Rajoy propuso una nueva reforma para endurecer la Ley de Extranjería. Como si eso fuese necesario: en la última década, esa ley ha sufrido ya cuatro reformas, a cual más dura. La última de ellas, la enésima vuelta de tuerca, la aprobó el Gobierno socialista hace apenas unas semanas, a finales de noviembre. No mucho antes, en septiembre de 2009, varias ONGs dieron una rueda de prensa para denunciar que el texto de la nueva ley se podía interpretar como un veto para inscribir en el padrón a los inmigrantes sin papeles. Nadie les hizo caso.