Desde el centro de la diana
Félix de Azúa
En el palacio Poggi de Bolonia puede verse una escalofriante colección de fetos humanos en sus últimos meses de gestación. Los modelos, delicadamente esculpidos en cera y de gran perfección anatómica, estaban destinados a los estudiantes de obstetricia. Cada feto tiene una postura distinta, los hay cabeza arriba, cabeza abajo, con un brazo a la espalda, con las piernas cruzadas.... Como es bien sabido, el parto traerá nueva vida a la tierra, o más muerte, según sea la posición del feto. Algo similar ha sucedido con la constitución de las autonomías españolas, que fue concebida con gran gozo y ludibrio por sus padres, pero nadie podía suponer ni remotamente que la posición del feto iba a poner en peligro la vida de la madre.
No exagero. Hará cosa de un mes, un grupo de amigos y conocidos publicamos un documento implorando la creación de un partido no nacionalista en Cataluña ya que, a diferencia del País Vasco, aquí sólo hay partidos nacionalistas. Bien es verdad que el PP es constitucionalista, pero se trata de un partido tan obsesionado con los asuntos religiosos que no puede servirnos de ayuda. No va uno a sustituir una religión por otra. Entre el catolicismo de Roma y el nacionalismo de Carod, francamente... De modo que expresamos nuestra modesta opinión sobre un monopolio ideológico lamentable. De inmediato se nos lanzaron a la yugular medio centenar de columnistas y opinadores sin esgrimir un solo argumento aunque sí sus afilados colmillos; los políticos se alisaron las vestiduras mirando hacia el techo; y el primer consejero (la persona más importante de Cataluña después de Maragall) nos insultó desde la televisión nacionalista, cuyo déficit pagamos los insultados.