Confesiones del hombre que mató a 492 personas y duerme tranquilo
Como miles de matones en Brasil, Julio Santana presta sus servicios a alcaldes, políticos, empresarios, latifundistas o maridos celosos. Casi todas las muertes de este pistolero están aún sin esclarecer
Bernardo Gutiérrez
Después de cada muerte, el ritual siempre era el mismo: rezar diez ave marías y veinte padres nuestros. Ni uno más, ni uno menos. Tras la rezo-terapia, Julio se deshacía de la culpa. Y tenía la certeza de que nunca iría al infierno. Hace treinta y seis años, cuando mató a su primera víctima, un imberbe Julio no consiguió pegar ojo ni probar bocado. Después de 492 muertes, aprendió a convivir con los cuerpos sin vida que dejaba a su paso, a olvidar el peso de sus víctimas. “Al principio, soñaba con los muertos constantemente. Pero llegó un día en el que entendí que era parte de mi profesión y lo asimilé”, asegura Julio Santana desde algún rincón perdido de la geografía brasileña.
Su voz suena tímida al otro lado del teléfono. Las frases, entre amplios silencios, llegan entrecortadas, como si el arrepentimiento le amordazase el cuello o el recuerdo de los muertos le asfixiase. “Tengo la conciencia tranquila. No maté a una sola persona por voluntad propia. Sólo porque alguien me pagaba para ello”, afirma Julio Santana.