La emigración franquista
Miguel Bernard, ex número dos de Fuerza Nueva con Blas Piñar, líder y único militante conocido del sindicato Manos Limpias, el hombre que denunció a Los Lunnis por transgredir “el derecho al honor y a la intimidad de los niños”, tuvo ayer su momento de gloria. Duró casi cuatro horas: desde las 12:15 de la mañana, cuando Baltasar Garzón entró como imputado en el Tribunal Supremo, hasta las cuatro, cuando el juez que quiso deshacer el atado y bien atado salió del juzgado; de momento, libre. En el largo interrogatorio, el abogado de Manos Limpias tuvo tiempo para preguntar al acusado Garzón si quería “abrir una causa general contra el franquismo”, si creía que “los hechos de Paracuellos habían sido juzgados” o si pensaba “practicar una autopsia a cada fallecido que encontrara”. Muchas risas, supongo.
Aunque Garzón no contestó a las preguntas del abogado de Manos Limpias, ayer fue un día grande para Bernard. Lo ha logrado a la decimoctava, que ya se sabe que el Supremo premia siempre la constancia. Antes le denunció por gravísimos delitos como asistir a un acto contra la guerra de Irak, entrevistar a Felipe González en un seminario o procesar al general Pinochet, ese pobre anciano enfermo.
Cuentan en la Audiencia que a Baltasar Garzón le ha llegado un recado: que dos no pelean si uno no quiere, que esto se arregla fácil, que basta con que deje su plaza y ya le buscarán otro destino, tal vez en Europa. En unos días, el juez instructor Luciano Varela tendrá que decidir si archiva el caso o si le da otra alegría al franquismo y Garzón tiene que emigrar a una Europa que de nuevo empiece en Los Pirineos.