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A que te meto con el debate

No es precisamente Alfonso Guerra el diputado socialista más zapaterista del Congreso. Pero hasta él salió convencido del discurso con el que el presidente abrió el debate sobre el estado de la nación. “Es el mejor que le he oído nunca”, decía Guerra en los corrillos. Cuando todos esperaban un conejo, y cargaban munición de perdigones para la caza menor, José Luis Rodríguez Zapatero se sacó de la chistera un rebaño de elefantes con el que arrolló a un Mariano Rajoy que, dos horas después, aún no parecía saber si estaba a favor o en contra de la docena de nuevas medidas contra la crisis anunciadas por el presidente.

A pesar de la mala situación económica, del desastre del paro y de su falta de apoyos parlamentarios, Zapatero fue capaz de armar un discurso sólido y coherente al que sólo se le podía reprochar el exceso de oferta; esa sensación de parecer, más que un debate parlamentario, la pedrea de la lotería de Navidad.

A Zapatero le habría bastado con la mañana para arrasar a Mariano Rajoy. Pero después, en el cara a cara, cometió un error que cerca estuvo de costarle el debate, a pesar de la ventaja inicial. Fue un problema de formas, que no de fondo –de hecho, no hubo fondo ni mucho menos discusión de ideas en las réplicas y dúplicas entre ambos líderes–. Ante un Rajoy faltón, maleducado con retranca que incluso acusó a los diputados socialistas de “no saber leer”, Zapatero también se lanzó al barro en un ejercicio inane de “y tú más” donde uno se remontó al Aznar de 1999 y el otro al Felipe de 1992 en la pelea a garrotazos. Se tienen ganas y se les nota. Les pierde a ambos.