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Lo que no vale de nada

De todos los argumentos contra cualquier protesta, contra cualquier movilización, hay uno especialmente repetido desde que existen las huelgas: “No va a valer de nada”. En ese determinismo fatalista vive hoy gran parte de la sociedad, esos ciudadanos que en la tertulia del bar se oponen a recortes como la jubilación a los 67 años o la reforma laboral, pero después afrontan su destino resignados porque, total, nada va a cambiar. Es un profecía autocumplida: nada cambia cuando nadie hace nada, y vuelta a empezar. Por eso es una buena noticia que protestas ciudadanas consigan su eco, como las movilizaciones contra la llamada Ley Sinde. Por eso es una lástima que hayan tenido que ser las descargas, y no la reforma de las pensiones o el abaratamiento del despido, el debate que encienda a una buena parte de la sociedad.

Ya lo escribí ayer: creo que la Ley Sinde es un error que crea un innecesario agujero en la Justicia y que, además, no va a acabar con la piratería digital, un problema que sólo se arreglará con oferta legal buena, bonita y sobre todo barata. Aunque también tengo la triste sensación de que es el circo, y no el pan, la verdadera razón que mueve a muchos a la movilización (tampoco es nuevo: fue un impuesto sobre el té lo que inició la independencia de EEUU). Pero volvamos a los recortes sociales, que es el problema mayor. ¿En qué estrellas está escrito que nada de nada va a cambiar? ¿Cómo es posible que incluso durante la dictadura las huelgas –entonces ilegales– pudiesen mejorar las condiciones de los trabajadores y hoy, en una democracia, gran parte de la sociedad crea que no hay nada que hacer? ¿Por qué la ciudadanía no presiona y deja todo el campo a los mercados, a Merkel o al FMI? ¿A qué esperamos para empezar a protestar?