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Lo antes posible

El acuerdo internacional más esperado en la lucha contra el cambio climático se ha convertido en humo, en CO2, en otra declaración pomposa y vacía donde los pocos avances logrados resultan amargos cuando se recuerda el camino recorrido. El esfuerzo inútil conduce a la melancolía. Doce años después de Kioto, el mayor éxito de Copenhague es que, en efecto, se ha firmado un nuevo acuerdo internacional (guauu), tal y como se pactó en la cumbre de Bali de 2007. Todo lo demás depende de en qué cubilete esté la bolita, pero mejor no apuesten más, que sólo nos jugamos el planeta entero.

moreEl texto firmado dice que “el incremento de la temperatura debería estar por debajo de dos grados”. Debería, pero el acuerdo olvida precisar cómo se logra tan noble objetivo. Los científicos tienen clara la receta necesaria: una reducción de los niveles de CO2 en la atmósfera hasta las 450 partes por millón. La cifra se ha sobado mucho pero no se ha pactado porque eso habría obligado a China y a EEUU a bajar sus malos humos, y el derecho del conductor estadounidense a gasolina barata y a un todoterreno Hummer es inalienable.

“El cambio climático es uno de los grandes retos de nuestro tiempo”, afirma el histórico acuerdo desde lo alto de estas pirámides. Como San Obama ya dijo que “no hay tiempo para hablar, hay que actuar”, se ha pactado comenzar a reducir las emisiones “lo antes posible”. En esa definición temporal, en esa frase, se resume muy bien el espíritu de un Copenhague light, con todo el sabor pero sin ningún compromiso. La reducción de las emisiones de CO2 se deja a la buena voluntad de las naciones, a la limosna medioambiental. Salvaremos el mundo ahorita mismo; “lo antes posible”, ni un minuto más ni un minuto menos. Lo antes posible y en punto.