Vírgenes para el dragón
Berlusconi no está bien, se comporta como un hombre que estuviera enfermo, tiene 74 años y ha envejecido mal. Ha convertido la política italiana en una basura impúdica en la que solo cuenta la belleza y la televisión, en un juego machista para diversión del emperador donde muchos padres están dispuestos a cerrar los ojos para ofrecer vírgenes al dragón. Los acerados adjetivos para clavar este retrato los escogió hace dos años Verónica Lario, su exmujer, la persona que mejor ha esbozado la descripción de un personaje de dimensiones literarias. Es una historia universal, la del viejo emperador que llega al ocaso con la certeza y el miedo de saber que va a morir, y que por eso se aferra a sus nínfulas velinas en la búsqueda del elixir de la juventud.
El dragón es el dueño de toda Italia, el hombre que acaba con la división de poderes porque es, al mismo tiempo, el más rico del país y también su primer ministro. Berlusconi ha llegado hasta aquí en una huida hacia adelante que comenzó en 1993, cuando decidió entrar en política porque las otras alternativas eran la ruina o la cárcel; una carrera que tal vez acabe ahora, acusado de prostitución de menores y abuso de poder.
Su obscena desnudez provoca rechazo, pero también algo de lastima. Esa hipotética novela sobre Berlusconi va sobre la soledad más terrible: la del poder absoluto que impide más relación humana que la de la dominación; el otoño de un patriarca que se sabe rodeado de una multitud de solícitas amantes y aduladores lacayos cuya fidelidad y cariño sólo responde a esa falsa lealtad que paga el dinero. El Berlusconi literario es el Nerón que toca la lira bunga bunga mientras arde Roma, pero también es el ciudadano Kane que añora un patín de nieve de su infancia, ese rosebud con el que un día, hace tantísimos años, fue realmente feliz.