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Y Zapatero tomó el camino de la Zarzuela

Juan Carlos Escudier

A quienes daban por concluida la legislatura han tenido que resultarles sorprendentes las últimas maniobras de Zapatero, al que por razones del todo inexplicables se le sigue considerando bobo cuando la realidad demuestra que el de Valladolid no tiene un pelo de tonto. El corolario del debate sobre el Estado de la Nación, en el que trituró a Rajoy y se sacó de la manga el baby-cheque, ha sido la remodelación del Gobierno, una jugada de libro para mantener la iniciativa política en los meses que restan hasta las generales de marzo de 2008.

Resulta evidente que Zapatero ha experimentado una metamorfosis que ha coincidido con la ruptura formal de la tregua por parte de ETA, como si se hubiera liberado de una camisa de fuerza que constreñía todos sus movimientos. ZP, el implacable, tal fue la definición que utilizó para referirse a su comportamiento en el futuro respecto a la banda, empezó siéndolo con Rajoy, con el que entró a degüello en el debate. El del PP es de los que tropiezan dos veces en la misma piedra. El martes, igual que hizo el año pasado, acabó pidiendo más tiempo a Marín, cuando lo inteligente hubiera sido pedir la hora y terminar el partido cuanto antes.

El presidente se lo había anunciado a los miembros presentes en el último comité federal del PSOE. Se habían acabado las contemplaciones; no rehuiría el cuerpo a cuerpo, ni siquiera en política antiterrorista. Después de ver las orejas al lobo con los resultados de las pasadas elecciones municipales, su intención era rentabilizar lo hecho por el Ejecutivo, poner en valor algunas medidas que, como venía desgañitándose algunos dirigentes socialistas, hubieran valido por sí solas por una legislatura, tal es el caso de ley de Dependencia. El mensaje fue claro: podemos presumir de la economía, de avances sociales, de derechos civiles... y no tenemos nada que ocultar.

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