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Emociones y razón, ¿incompatibles en política?

Sara Hidalgo García de Orellán

Durante los años treinta e inicios de los cuarenta, el auge de regímenes totalitarios como el fascismo o el nazismo fue visto por algunos –especialmente por pensadores de las democracias occidentales- como una forma política basada en lo irracional y en la exaltación extrema de las emociones. Así, por ejemplo, uno de los más prominentes sociólogos estadounidenses, Talcott Parsons, en un memorándum sobre el nacionalsocialismo escrito en 1940, consideró que al contrario del “carácter racional de la cultura americana”, el régimen nazi se basaba en un planteamiento “fundamentalista” sobre cualquier aspecto político. Se entendía entonces que aquellas millones de personas que habían seguido ciegamente a Hitler y sus planteamientos nazis, y que habían orillado al individuo para fundirse en lo colectivo, lo habían hecho por un exceso emocional, en el que el miedo a la realidad alemana de los años 30, y el desprecio a minorías como los judíos o los gitanos habían jugado un importante papel.

Posteriormente, durante la Guerra Fría, un análisis similar se extendió al comunismo soviético. Así, se entendió que frente a los “desvaríos pasionales” de los totalitarismos, se contraponía la razón de las democracias liberales, regidas por planteamientos racionales y cuantificables. Este diagnóstico dio lugar a lo que se ha llamado el “racionalismo de posguerra”, una corriente de pensamiento que considera que razón y emoción son dos conceptos separados, y que las emociones no deben intervenir en la vida pública ni en la política–asunto que por cierto, no era nuevo ya que pensadores como Descartes o Kant ya habían reflexionado sobre ello-.

Ahora bien, es necesario preguntarse si esas democracias basadas en planteamientos racionales estuvieron exentas de emociones. Basta citar por ejemplo el Macarthismo, una auténtica “caza de brujas” iniciada en Estados Unidos por el ferviente anticomunista Joseph McCarthy en los años cincuenta contra cualquier atisbo que sonara a la ideología de los bolcheviques. ¿Acaso no estaba este movimiento movido por el miedo al comunismo? Un ejemplo este, que nos muestra que no solamente ningún régimen político está exento de emociones, sino que éstas juegan un papel principal, al igual que la razón, a la hora de articular las agendas políticas.

Por tanto, podemos apuntar a que la división entre razón y emoción limita lo político y su análisis, y así lo han venido afirmando distintos pensadores y pensadoras desde hace algunas décadas. La filósofa Martha Nussbaum, una gran defensora del papel de las emociones en la política, afirma en Political Emotions, Why Love matters for Justice (2013), que el amor es fundamental para la buena marcha de las sociedades, ya que es una emoción positiva para el funcionamiento público al promover compromisos colectivos en aras de la mejora de la sociedad.

Al hilo de estos planteamientos, el trabajo Emociones obreras, política socialista. Movimiento obrero vizcaíno, 1886-1915 (2017) hace una relectura sobre los orígenes del movimiento obrero vasco prestando atención a las emociones. Cuando en 1890 miles de mineros de la zona de Triano-Somorrostro bajaron en manifestación a Bilbao pidiendo mejoras en sus condiciones de vida, éstos no estaban siendo conducidos exclusivamente por pasiones o por un planteamiento irracional (tal y como afirmaban las autoridades liberales de la época), sino que estaban expresando políticamente rabia e indignación por unas condiciones que entendían que contradecían la dignidad humana. Es decir, había un basamento emocional para una propuesta política. Basta recordar que los obreros eran obligados a vivir en barracones con penosas condiciones de higiene y habitabilidad, proveerse de víveres en cantinas acordados con el capataz, donde las denuncias sobre la mala calidad de los alimentos eran constantes, y las muertes prematuras por enfermedad y accidentes de trabajo estaban a la orden del día. En este contexto, un grupo de socialistas, capitaneados por Facundo Perezagua, fundaron la Agrupación Socialista de Bilbao en 1886, y comenzaron las labores de propaganda.

Una propaganda que no tenía su base en lecturas pormenorizadas del Manifiesto Comunista, sino en la reivindicación de modos de vida dignos, en la dignificación del obrero, o en la lectura positiva de las costumbres obreras, como la asistencia a la taberna. Los obreros y obreras se sintieron identificados y atraídos por esos socialistas, confiaron en ellos, y por ello, cuando estalló la primera huelga minera en 1890, les proclamaron sus líderes y representantes ante las autoridades, consagrando además la norma emocional por excelencia del movimiento obrero, la solidaridad. Por tanto, la adhesión obrera al socialismo no solamente fue racional, sino también emocional, y sin esta segunda dimensión no se comprende en su totalidad este proceso fundamental en la historia moderna de Bizkaia.

Los procesos políticos, como es la formación del movimiento obrero, los podemos considerar como el resultado de una compleja interacción entre distintos elementos entre los que encontramos la experiencia humana, el discurso, el modo de articulación de la acción colectiva, el liderazgo y, por supuesto, las emociones. Porque las emociones no solo forman parte de la política, sino que le dan forma y la articulan, yendo en este proceso de la mano de la razón.

*Sara Hidalgo García de Orellán es historiadora