Falacias lingüísticas en educación
Llevamos meses que, por unas razones u otras, el euskara está siendo objeto permanente de controversia. PISA ha vuelto a ponerlo en el centro del debate, en este caso referido a la política lingüística en la educación. Todo ello nos habla de la dificultad de llegar a un acuerdo entre vascos. Pero para poder llegar a construirlo, a veces es necesario desbrozar el terreno sobre el que se quiere construir, limpiarlo de “matorrales” y “malas hierbas”, lo que ahora se diría deconstruir. Y eso es lo que voy a intentar hacer en las próximas líneas: desmontar algunas falacias que nos pueden impedir el avance. He aquí solo una muestra. Enseguida el lector o lectora podrá reconocer quiénes están detrás.
“No hay un modelo D, se ha convertido en muchos modelos”. Puede haber disparidad en los resultados de salida, pero no hay un modelo D a la carta. Está definido por la normativa y supone el estudio de todas las materias en euskara. Por tanto, en la práctica, y solo es una constatación, es un café para todos.
“El debate sobre los modelos lingüísticos es artificial y está superadísimo”. Esta falacia está extendida desde el poder. Entiendo que quien gobierna no quiere complicarse la vida con la modificación de normativas básicas, y por ello prefiere compatibilizar artificialmente lo que no es compatible: los modelos lingüísticos y el marco plurilingüe, es decir, la respuesta que nos dimos en los años a 80 en una situación concreta y la respuesta más actualizada que quiso dar el Acuerdo Escolar. Hay que recordar que el Acuerdo no cita los modelos lingüísticos para nada y, sin embargo, fue un arma arrojadiza entre partidos en la Ley de Educación. Basta con recordar lo ocurrido en la PAU para ver que no está superado.
“Lo importante es el Proyecto Lingüístico de centro que debe atender a su zona sociolingüística”. Esta es una afirmación calculadamente ambivalente. Cuando lo políticos dicen esto, hablan de la adaptación a las zonas sociolingüísticas, se están refiriendo a estrategias distintas y lo saben. El Proyecto Lingüístico de Centro es la fórmula con la que una Administración que no ha querido mojarse en la formulación más concreta del marco plurilingüe, pretende, sin más, endilgar la responsabilidad a los centros para que se alcancen los objetivos marcados por la Ley, hoy por hoy, verdaderas quimeras para un número considerable de ellos.
“El modelo D es un modelo de inmersión lingüística”. Con esta afirmación se obvia que el sistema de modelos se creó, principalmente, para que el alumnado pudiera estudiar en su lengua materna, aunque eso no impedía que se pudiera elegir la enseñanza en una lengua distinta a la del hogar, convirtiéndose así en lo que hoy es para muchos alumnos de zonas castellanoparlantes: un modelo de inmersión. Pero no hay que olvidar que un 20% del alumnado viene con el euskara de casa. Ese alumnado estudia en la lengua de su hogar o de su entorno.
“El aprendizaje de una segunda lengua está en relación directa con el tiempo de exposición a ella”. La exposición a la lengua, sin duda, es un factor necesario para su adquisición, pero no suficiente, como estamos viendo en los resultados PISA y de las evaluaciones de diagnóstico. Los niveles de aprendizaje, no digamos de uso, del euskara no están creciendo por tratar de universalizar el modelo D. Además del tiempo de exposición al euskara, se necesita una buena implementación del modelo multilingüe. No basta con proscribir en toda etapa y momento cualquier otra lengua. Hay que saber cómo se construye el andamiaje de la adquisición de segundas y terceras lenguas, para aplicar las mejores estrategias lingüísticas, motivacionales y metodológicas. Hay programas bilingües exitosos con un 50% de exposición a la segunda lengua y otros con tiempos de exposición mayores que no los son tanto.
“El euskera es el culpable de los malos resultados de aprendizaje”. Este tipo de reduccionismo olvida que las lenguas son solo instrumentos de comunicación, sin ideología ni propósitos perversos o excelsos. Somos los hablantes los que promovemos relaciones de poder. Digámoslo claro: el euskara no es el problema, ni tampoco cuestionar su revitalización por medio de la enseñanza, sino cómo hacerlo para evitar efectos colaterales inasumibles como sociedad, sobre todo para el alumnado más vulnerable, y para que no sea en perjuicio del propio euskara.
“El debate sobre la lengua materna no se basa en evidencias, sino que tiene fines ideológicos”. Tanto quien defiende una mayor presencia de la lengua materna como quien la considera improcedente en la escuela lo hace desde sus posicionamientos y su ideología. No es que unos tienen ideología y otros no. Ahora bien, si lo que queremos es debatir evidencias, hagámoslo con todos los datos. No basta con coger un dato suelto y descontextualizado para argumentar diciendo que la prueba de euskara de la PAU la aprobó un pequeño porcentaje mayor de alumnado que la de castellano. Veamos qué nos está diciendo PISA sobre quienes hacen la prueba en una lengua distinta de la del hogar, lo que nos están diciendo los resultados de las evaluaciones del Departamento de Educación, por ejemplo, la última sobre el final de etapa, lo que, basándose en experiencias de múltiples países, nos dice la UNESCO y, sobre todo, lo que dice la investigación internacional.
Finalmente, hagamos un esfuerzo por desarmar el lenguaje. La realidad demanda renovar acuerdos, incluso si de ello se derivasen cambios normativos de calado. Están fuera de lugar las injurias y las respuestas reactivas. Un representante público no puede quejarse del lodo que hay en Madrid y al mismo tiempo escribir este twit: “Para los euskarafobos habituales la caída mundial de PISA es culpa del euskara. ¿Maldad o psicopatía? Ambas”.