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Una mirada a los espalda plateada

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Despego la nariz de la pantalla y traspaso el cristal. Aunque el título nos pudiera llevar a engaño y situarnos en la frontera entre México y Estados Unidos, nada más lejos de mi intención, porque mi pretensión es trasladarnos a un bosque impenetrable denominado Bwindi, situado en Uganda. En él se encuentran algunos de los pocos ejemplares existentes en el mundo, de gorilas de esta espalda tan característica.

Se pueden visitar pagando un elevadísimo precio, con entradas tasadas a escasos grupos y siguiendo unas normas muy estrictas. Pero todo condicionante merece la pena. Las cuatro horas abriéndonos camino a machetazos por una maleza asfixiante. La lluvia, la humedad. El no saber dónde pisar y caerse a cada paso, hasta llegar a obtener el premio gordo: descubrir a una familia de padre, madre e hijo. El padre acostado, mientras la madre recostada le acariciaba en el rostro y ambos observando celosamente a su retoño, que se divertía columpiándose en una rama cercana.

Casi convertida en una estatua de cera para no soliviantarles, lo primero que me viene a la cabeza es su estampa familiar con inmensas similitudes a la de los seres humanos. Y lo segundo, la felicidad que individual y en conjunto desprenden… tan contagiosa.

Las siguientes reflexiones se agolpan como un torbellino a modo de preguntas, tantos porqués sin respuesta. Nuestro egoísmo, nuestra insensibilidad, nuestra inconsciencia, nuestro discurrir por el planeta como una especie que todo lo arrasa y lo devora, haciendo un uso abusivo de algo que no es nuestro, pero que nos lo arrogamos.  

Menos mal que la fuerza de la naturaleza y sobre todo la del amor puro se imponen y dejo de lado mis negros pensamientos, embelesada por tan maravillosas criaturas, en libertad, sin temor, en paz.  

Tanto que aprender…