La cantante y pianista Diana Krall despide al Jazzaldia de Donostia con una profunda comunión musical
Un sencillo “Good evening” marcó el inicio de la velada mientras Diana Krall se acomodaba frente a su piano. Era la última tarde de la 61ª edición del Jazzaldia de Donostia, y el auditorio del Kursaal había anunciado su venta completa, manteniendo incluso una lista de espera para presenciar la vigésima visita de la artista canadiense al festival. Durante dos horas, la pianista y su banda se propusieron inmutar al público donostiarra a través de una mezcla de talento, complicidad y genialidad.
El concierto arrancó con un solo de piano que abrió paso a la interpretación de ‘Let’s fall in love’. Mientras las notas de ‘We just couldn’t say goodbye’ y ‘Just like a butterfly that’s caught in the rain’ flotaban en la sala, las luces se volvieron guías. Cuando la banda al completo –integrada por el bajista Dennis Crouch, el guitarrista Marc Ribot y el batería Jay Bellerose– participaba, el escenario brillaba a la vez que se teñía de colores. En los momentos de los solos individuales, le acompañaba una única luz, obligando al público a admirar al artista en acción.
Los pelos se pusieron de punta durante 'I'm Gonna Sit Right Down and Write Myself a Letter'. Tras este número, Krall no ocultó su entusiasmo y compartió su sentir con el auditorio. “I really enjoyed that, I really enjoy playing with these men”, expresó en referencia a sus músicos. Esa sintonía fue palpable en piezas como ‘Fly away home’, donde se pudo apreciar un destacado solo de percusión tras haber disfrutado previamente de las intervenciones del bajo y la guitarra.
Más allá de los estándares como ‘I’ve got you under my skin’ o ‘I’M Confessin’’, Krall ofreció regalos musicales en forma de versiones, incluyendo ‘It's All Over Now, Baby Blue’ de Bob Dylan y una pieza de la artista Eleanor Collins. Esta versatilidad refuerza su imagen como un puente entre la música clásica y la popular, una identidad artística forjada desde que comenzó a tocar a los cuatro años en Nanaimo.
La sesión, definida por un tono tranquilo y relajante, llevó al público a un momento de desconexión del mundo exterior para centrarse únicamente en la impresionante presencia de la música. Antes de despedirse, Krall se dirigió a los asistentes con un escueto pero sincero “what a wonderful audience”. Su paso por el Kursaal dejó la huella de una intérprete que busca la excelencia y el respeto por la tradición, cerrando el festival con la calidez emocional que la caracteriza.