Telesforo Monzón Ortiz de Urruela, de la 'mili' en la Guardia Real al PNV más conservador para acabar fascinado por ETA y liderando HB
Telesforo Monzón Ortiz de Urruela (Bergara, 1904-Baiona, 1981) es una de las figuras históricas más relevantes y poliédricas del nacionalismo vasco en el siglo XX. Nacido en el seno de una de las familias más ricas de Bergara y de Gipuzkoa, Monzón coqueteó en su juventud en Madrid con la aristocracia, el nacionalismo español, la monarquía y el conservadurismo, lo que incluyó un paso por la Guardia Real de Alfonso XIII. Después, se acercó al vasquismo en la II República como afiliado del PNV, aunque siempre desde una visión católica y de orden. Así acabó como consejero de Gobernación en el primer Gobierno de Euzkadi, en el que fue uno de los más cercanos a José Antonio de Aguirre. En el exilio, se distanció del republicanismo y apostó decididamente por una monarquía instrumental para acabar con el franquismo, pero luego nació ETA y se acercó con fascinación a un nacionalismo que era opuesto al suyo, revolucionario, marxista y de izquierdas y, sobre todo, que legitimaba el uso de la violencia. En la transición, regresó a España como líder y referente de HB (Herri Batasuna) y murió como figura mitificada por la izquierda abertzale.
¿Cuáles fueron sus referentes familiares? El padre de Telesforo, Vicente Monzón, era fuerista, integrista y carlista. Su abuelo, también Telesforo, era conservador y católico y ocupó cargos como el de diputado general de Gipuzkoa. Su otro abuelo, Isidro Ortiz de Urruela, era militar y diplomático español, residente en América, y de ideología tradicionalista y cercano al pretendiente Carlos VII. Su esposa María Josefa, que era prima segunda, también procedía de una familia muy acomodada. Monzón —nacido en la torre Olaso que luego usó como segundo apellido— era el primogénito varón y estaba destinado a heredar un gran patrimonio de ambas ramas familiares. Sólo en Bergara eran seis casas, 16 'baserris', dos molinos y una heredad, a lo que se sumaban tierras en Guatemala y rentas.
A la muerte de su padre, la familia se movió por varias localidades vascas —San Juan de Luz, Vitoria o Donostia—, pero en 1921 llegaron a Madrid. Monzón hizo el servicio militar en la Guardia Real de España, se alejó del euskera y se acercó a la elite matritense. Según confesó él mismo antes de morir, en esa época tuvo una “lucha interna” entre apoyar la nación castellana o la vasca. En 1930 regresó a Tolosa y profundizó en el euskera y en la cultura vasca. La batalla en su fuero interno la ganó la nación vasca y se afilió al PNV.
En las elecciones municipales de 1931, las del advenimiento de la II República, fue elegido edil en Bergara, pero sus dotes de oratoria en dos idiomas le procuraron un ascenso fulgurante en el PNV. Mítines, charlas y, en 1933, con solamente tres años de militancia y 29 de edad, se convirtió en presidente del GBB, la dirección territorial del partido. Ese mismo año, fue elegido diputado en las Cortes Generales. De esa época son sus escritos, recogidos en el libro, con duras críticas a los derechos civiles impulsados por el Gobierno republicano. Para él, ser vasco estaba vinculado con ser católico. Le repulsaba el derecho al divorcio, por ejemplo. Sobre las mujeres, dejó frases como que las vascas habían de ser ante todo “buenas esposas y madres”, con la alta misión de “educar a los hijos haciéndoles patriotas”. A una buena vasca no le tenía que importar “ser dominada por el marido”. Propugnaba también una nación vasca desde la “hermandad racial”.
Con el estallido de la Guerra Civil, el PNV se decantó por apoyar la legalidad frente a los cantos de sirena de los sublevados. Pero Monzón se había reunido en abril de 1936 con representantes derechistas proclives a una rebelión militar. En 1939 siempre negó haber alcanzado compromiso alguno con esos elementos facciosos. Sea como fuere, tras el golpe militar, Monzón participó en la Junta de Defensa de Gipuzkoa, que gestionó los primeros momentos críticos en Donostia. Pero dimitió al poco tiempo muy crítico con las ejecuciones de presos derechistas por parte de las fuerzas gubernamentales.
Esta sombra le volvería a perseguir después. En octubre, se convirtió en consejero de Gobernación del recién creado Gobierno de Euzkadi. Era el más joven del gabinete. Era el máximo responsable del orden público. Y llegó el 4 de enero de 1937. Un bombardeo nazi —uno más de muchos— colmó la paciencia de la masa y se produjo un asalto a las cárceles de Bilbao que acabó con la ejecución de 225 presos derechistas. El presidente del PNV vizcaíno, Juan de Ajuriaguerra, pidió a Aguirre la cabeza de Monzón. El lehendakari admitió la mácula de estos hechos, pero mantuvo su confianza en el consejero guipuzcoano.
En el exilio, muy a primera hora, abogó ya por romper totalmente con la lealtad a la República. El ministro Manuel de Irujo, del PNV, escribió de él que estaba “ilusionado” por “echar al lastre de la izquierda” y con “acercarse al cielo de la derecha”, es decir, a los carlistas. Monzón se instaló en México en 1942 tras un primer paso por Francia, luego ocupada por los nazis. Tras llegar en el vapor 'Alsina', fue delegado del Gobierno de Euzkadi. De aquella época son sus apelaciones a una “confederación ibérica”.
En 1946, liberada Francia, regresó a Europa. Se estableció en San Juan de Luz. En 1953 dejó de formar parte del Gobierno de Euzkadi por su distanciamiento cada vez mayor con sus posiciones de colaboración republicana, pero sí mantuvo su pertenencia al PNV. Es más, cedió su casa como velatorio para el lehendakari Aguirre a su muerte, en 1960. De esos años son sus apuestas por una monarquía instrumental para España, ya que veía incapaces a las fuerzas republicanas de acabar con el franquismo. Se alejó también del independentismo, ya que veía anacrónica la creación de nuevas fronteras.
Pero nació ETA. En la década de 1960, Monzón veía en su partido pasividad en la defensa de la nación vasca y apreciaba, en cambio, que esta nueva organización suponía un salto generacional. Eran los nuevos “gudaris”, herederos de los de la Guerra Civil. Empezó a teorizar sobre la acumulación de fuerzas abertzales y quiso ser puente intergeneracional, “unir el hoy y el ayer sin romper la cadena”. El PNV no se movió, pero él sí. Lo hizo a través de la asociación 'Anai-Artea', de apoyo a refugiados. En la década de 1970, “radicalizó sus mensajes, los adaptó a la estrategia de ETA y actuó políticamente en favor de esta organización”, expone el libro.
En 1977, propugnó los encuentros de Txiberta, unas conversaciones para sumar de nuevo al PNV a un frente abertzale que incluyera la doble estrategia, la política y la “militar”. El PNV volvió a alejarse de aquello y fue su salida definitiva del partido. “Yo no me separo de los gudaris vascos, ni les dejo solos”, escribió. Ya era abiertamente independentista también. Pasó a ser el “líder más carismático del nacionalismo radical” vasco.
Regresó a España en 1977 y en 1978 participó en la fundación de Herri Batasuna, de cuya mesa nacional fue miembro. En 1979 fue elegido nuevamente como diputado en las Cortes Generales, como en 1933, aunque ahora por su nueva formación, que entonces abogada por no participar en las instituciones españolas. En 1980, se presentó a las primeras autonómicas vascas y sacó escaño por Álava, y tampoco ejerció actividad alguna. También volvió a los mítines y actos políticos, en los que consideraba a los miembros de ETA “héroes nacionales de Euskal Herria”. Llegó a ser acusado de apología del terrorismo. Falleció en 1981 en Baiona y el traslado de sus restos a Bergara fue un acto político muy simbólico para la izquierda abertzale que acabó con cargas policiales.
Monzón deja también un prolijo legado bibliográfico, tanto de pensamiento político como, sobre todo, de poesía, letras de canciones, teatro y otros trabajos en euskera. Tras su fallecimiento, se han publicado diferentes recopilatorios, como uno con sus artículos en 'Alderdi', el boletín del PNV en la dictadura, o de su paso final por HB.