La cruzada del PP contra el último asesinado en Galicia por el franquismo
La ofensiva del PP gallego contra la memoria de Xosé Ramón Reboiras Noia, el último asesinado por el franquismo en Galicia, no es una disputa por la ciencia de la historia. No busca reparar ningún relato, ni ajustar su versión del pasado, ni contribuir a una discusión honesta sobre lo ocurrido. Todo se reduce -así lo consideran los historiadores consultados por elDiario.es- a la actual política partidista y eso explica la iniciativa, repleta de tergiversaciones, que la derecha llevará a pleno en el Parlamento de Galicia para exigir la retirada de tres estatuas dedicadas a Reboiras en Santiago de Compostela, Lugo y Arzúa. “Es pura estrategia política. Y no solo sucede en Galicia, no solo sucede en el Estado español. El mundo está girando hacia posiciones fanáticas”, considera Emilio Grandío, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Santiago de Compostela.
A Moncho Reboiras lo tiroteó por la espalda la policía de la dictadura el 12 de agosto de 1975. Fue en el portal del número 27 de la llamada calle Primo de Rivera, hoy Rúa da Terra, en Ferrol. Tenía 25 años, era sindicalista y militaba en la Unión do Pobo Galego (UPG), un partido comunista y nacionalista entonces ilegal, matriz del actual BNG. Esta desplegaba eun “frente armado”, formado por un reducido grupo de activistas y bajo el liderazgo de Reboiras, que descartaba atentar contra personas y se centraba en dos objetivos: obtener máquinas multicopistas para la producción de panfletos y prensa clandestina, y dinero, para poder liberar militantes. A ese paso táctico de la UPG se agarra el PP para asegurar que el nacionalista asesinado es “un personaje que cometió actos vinculados con el terrorismo”. De paso menciona contactos con ETA y, en declaraciones públicas, lo mezcla todo con las disputas contemporáneas.
La única mención al contexto político y social de la época en la exposición de motivos de la proposición no de ley registrada por los conservadores en la Cámara autonómica dice lo siguiente: “En ningún caso es posible defender el terrorismo en el supuesto nombre de la Democracia, ni argumentar que estuvo dirigido contra una dictadura como eximente para victimizar y martirizar al terrorista”. El resto es una diatriba ideológica en la que el PP llega a asegurar que las esculturas en homenaje a Reboiras suponen “un símbolo de enaltecimiento del terrorismo”. El Código Penal vigente lo recoge como delito, pero los populares no han presentado denuncia. El Gobierno de España reconoció a Reboiras como víctima de la dictadura en 2009.
“Los hechos fueron los que fueron”
“No es más que un uso político de los términos”, critica el catedrático Grandío, “no calibran exactamente aquel contexto. Faltaban tres meses para la muerte de Franco y parece que la dictadura no lo era tanto. No fue así. Es más, la muerte de Franco no acaba con la dictadura”. Según los historiadores, esta solo finaliza con la Ley de Reforma Política de enero del 77 y las primeras elecciones libres y no censitarias cinco meses más tarde. “Hablar de terrorismo contra una dictadura no es lo mismo que hablar de terrorismo contra un sistema democrático. El contexto clarifica”, añade, “y los hechos fueron los que fueron. La dictadura mató con impunidad hasta el final”. En Galicia su última víctima mortal fue precisamente Reboiras Noia. En el resto del Estado habría todavía más.
Otro historiador, Xurxo Martínez, reconstruyó junto al periodista Xosé Manuel Pereiro la vida, militancia y muerte de Reboiras en O camiño da rebeldía (Aira, 2021). Sus autores certificaron, mediante el análisis comparativo de informes policiales y médicos y de testimonios directos, que la policía le disparó por la espalda. Y que no existen pruebas concluyentes de que lo que durante décadas se definió como “un tiroteo” entre clandestinos y agentes lo fuese en realidad. “No está claro que llegase a disparar ningún tiro. No hubo el tal tiroteo de la información que reprodujeron los medios”, argumentaban Martínez y Pereiro cuando publicaron el libro. También entonces, recuerda Martínez en conversación con elDiario.es, defendían la tesis de que el nacionalista “luchó por la democracia en un contexto difícil”. “En Francia, los que cayeron en defensa de la democracia son héroes incluso para la derecha”, lamenta sobre la actitud del PP gallego.
Martínez coincide con Emilio Grandío al relacionar la iniciativa de los conservadores con una deriva general hacia el radicalismo ultra. “No aceptan que aquellos que combatieron el franquismo eran demócratas”, sostiene, “y lo grave es que se imponga la línea ultraderechista en el PP, la misma que lleva a Vito Quiles al cierre de campaña en Aragón”. Porque, asegura, hay otras sensibilidades en el interior de la formación conservadora. Las que no se opusieron, dice, al busto que en Celanova reconoce a Luís Soto, secretario personal de Castelao, comunista, fundador de la UPG e independentista gallego. “Supongo que, al final, de lo que se trata es de controlar a ciertos votantes para que no se escapen a Vox”, sintetiza.
“A mi juicio, hay que ver el debate desde arriba, porque lo concreto es bastante miserable”, asegura Bieito Alonso, cuya última investigación, Crónicas trasatlánticas (Laiovento, 2025), trata sobre la emigración gallega en Latinoamérica y su implicación sindical y política. Ese “desde arriba” supone, para Alonso, un PP “que nunca condenó realmente el golpe del 36” y un discurso cada vez más asimilable al de la extrema derecha. “Estamos en una confrontación de momento ideológica muy dura, violenta”, dice, “espero que no vaya a más”. Lo “concreto y miserable” prefiere mirarlo con cierta ironía: “Al final, contribuyen involuntariamente a popularizar la figura de Moncho Reboiras, porque la mayoría de la gente no sabe ni de quién hablan”.
La campaña del PP, amplificada por su densa red de apoyos mediáticos, vivió primero sus escaramuzas locales. La de Santiago de Compostela resultó especialmente intensa, y la estatua de Reboiras amaneció vandalizada hace unas semanas. El portavoz del PP, Borja Verea, en la oposición, prometió retirar la escultura si algún día llega a alcalde. Justo a eso, a retirarla, conmina la iniciativa parlamentaria de su partido.
“El único asesinado fue él, y por la espalda”
Francisco Rodríguez es una de las figuras clave de la izquierda nacionalista gallega de los últimos cincuenta años. Compañero de Reboiras en la UPG, diputado por el Bloque en el Parlamento gallego entre 1993 y 1996 y en el Congreso entre 1996 y 2000, forma parte de la Fundación Terra e Tempo, una de las impulsoras de los homenajes al militante caído. “Me llama la atención la prepotencia y la chulería de llevar al Parlamento gallego una iniciativa para acabar con la autonomía municipal”, señala, “porque colocar estatuas o nombres de calles es competencia municipal exclusiva”. “Obviamente, hay algo más por detrás, no es una locura pasajera”, añade.
Rodríguez, filólogo y profesor de profesión, remite a la propia historia del Partido Popular. La resistencia de la formación hegemónica de la derecha a las ideas de memoria histórica o democrática viene de lejos, al igual que su reticencia a distanciarse del franquismo. El origen último del partido son los siete ministros de la dictadura que fundaron Alianza Popular en 1976. “Convierten a las víctimas en verdugos”, denuncia Rodríguez a quien, no obstante, le llama la atención “la cota de exasperación y agresividad” de su discurso en los últimos tiempos. “En Galicia no hace falta Vox, el PP ya cumple ese papel”, considera.
Sobre los hechos de 1975, que conoció de primera mano como dirigente de la entonces clandestina UPG, apunta un elemento fundamental. “No hubo violencia con heridos o muertos. El único asesinado fue él, Moncho, y por la espalda”, dice, “yo entiendo que la derecha no quiera participar en la idea de que Reboiras es un mártir del nacionalismo, pero no se pueden negar los hechos e invertir la historia”. El catedrático Emilio Grandío lo había desarrollado antes como conclusión a sus declaraciones a este periódico: “La historia es el relato más fidedigno posible de los hechos, de lo que sucedió”. El último asesinato franquista en Galicia.