Abdulá salió vivo de la morgue tras un ataque israelí que le amputó las piernas: “Sólo quiero olvidar lo que pasó”
Abdulá Nabhan tenía 31 años cuando su vida cambió por completo tras sufrir un bombardeo israelí. A su llegada al hospital, estaba en un estado muy grave, sangraba mucho y perdió el conocimiento. En medio de la gran cantidad de víctimas y el caos, los médicos desbordados lo examinaron rápidamente y pensaron que estaba muerto, cuenta. “Me pusieron en la nevera [de la morgue]”, afirma. “Me quedé dentro de la nevera dos días”.
Sin embargo, cuando recuerda ese episodio, no habla del bombardeo que casi le costó la vida, sino del hambre. Era mayo de 2024 y en el norte de Gaza era difícil conseguir algo para llevarse a la boca debido al asedio de Israel, que durante varios periodos aisló por completo y castigó duramente la parte septentrional de la Franja: la comida escaseaba y los precios estaban en niveles nunca antes vistos. Un kilo de azúcar costaba 500 o 600 séquels (entre 140 y 170 euros), recuerda Nabhan. “La gente buscaba un bocado, cualquier cosa que pudiera ayudarles a sobrevivir”.
La familia de Nabhan había abandonado Yabalia, en el norte de Gaza, como otras muchos miles de personas tras la invasión de las tropas israelíes. A finales de mayo, cuando se difundió la noticia de que los militares se habían retirado de partes de Yabalia, él decidió regresar con su madre y un amigo para comprobar en qué condiciones estaba la vivienda familiar: “Fuimos a ver la casa y a buscar cualquier cosa que nos ayudara a sobrevivir”, relata. El edificio había sido completamente destruido.
Su madre se quedó atrás inspeccionando lo que quedaba del lugar, mientras que Nabhan caminaba en medio de los escombros con otros residentes. Vio como un dron lanzó un disparo de advertencia y, a continuación, dos cazabombarderos atacaron la zona, explica Nabhan, que no recuerda lo que ocurrió después. Se despertó y su pierna derecha estaba completamente destrozada: “Mi pierna estaba hecha pedazos, no podía ni mirarla. No dejaba de gritar pidiendo una ambulancia”. Pero ninguna ambulancia pudo llegar. El lugar se había convertido en inaccesible por los ataques y varias personas lo transportaron en un carro tirado por un burro hasta el Hospital de Al Ahli.
Abdulá Nabhan es una de las más de 5.000 personas que han sufrido amputaciones en Gaza desde el comienzo del genocidio, hace ahora tres años. En palabras de la Organización Mundial de la Salud, alrededor de un cuarto de todos los heridos de guerra en Gaza (más de 175.000) tienen “heridas que han cambiado sus vidas para siempre”.
Volver a nacer
A partir de su llegada al centro hospitalario en Ciudad de Gaza, dio comienzo otra historia terrorífica. Abadulá recuerda que durante los dos días que estuvo en la morgue entre muertos, permaneció inconsciente casi todo el tiempo por lo mucho que había sangrado. En los momentos en los que se despertaba, intentaba pedir auxilio y llamar la atención del personal sanitario, pero ese esfuerzo le hacía perder la consciencia de nuevo. Fue cuando los médicos depositaron nuevos cuerpos en la morgue tras otro bombardeo letal cuando Nabhan consiguió gritar y que se dieran cuenta de que estaba vivo en medio de los cadáveres. Abrieron la nevera y lo encontraron.
“Por eso digo que esa fecha se convirtió en la de mi cumpleaños”, cuenta. Pero tras resucitar, le amputaron una pierna y supo que su madre había fallecido en el mismo ataque en el que él resultó herido. “Perdí mi pierna, perdí mi casa, perdí a mi madre… pero sobreviví”.
Nabhan sobrevivió, pero empezó otro calvario. El tratamiento fue largo y complicado porque tenía heridas en una mano, el abdomen y la espalda, y metralla incrustada en diferentes partes del cuerpo. La falta de recursos médicos hizo que su convalecencia se prolongara más de lo habitual y que tuviera que someterse a más de 40 intervenciones a lo largo de tres meses. Durante algunas operaciones, sangraba abundantemente y los médicos se veían obligados a parar y volver a intentarlo más tarde. La falta de equipamientos y medicinas también le obligó a esperar para recibir el tratamiento adecuado.
Tras la amputación de su pierna derecha, no pudieron salvar su pierna izquierda debido a las complicaciones. La falta de medicinas hizo que tuvieran que suministrarle medicamentos destinados a otros fines para detener sus frecuentes hemorragias. “Cada dos o tres días empezaba a sangrar”, recuerda. Tuvieron que hacerle muchas transfusiones.
Además, los ataques israelíes forzaron su traslado de un centro sanitario a otro durante el periodo que estuvo ingresado. Los traslados se hacían en taxis destartalados en las carreteras completamente destruidas de Gaza. Durante uno de esos trayectos, sufrió una fuerte hemorragia interna: “Estuve dos días inconsciente”, cuenta.
Nabhan tuvo que dejar el hospital en septiembre de 2024, después de tres meses de operaciones y de cuidados intensivos, y un mes más en el que pudo permanecer ingresado. Su tratamiento no había terminado y él no estaba recuperado del todo, ni mucho menos, pero había heridos en peores condiciones que él y el hospital estaba saturado. Tras las amputaciones necesita dos prótesis, pero aún no han llegado.
A pesar del alto el fuego impuesto por Donald Trump en Gaza en octubre de 2025, Israel mantiene un férreo bloqueo sobre el enclave costero palestino e impide la entrada de materiales médicos. El sistema sanitario sigue funcionando a medio gas y las necesidades de los heridos y enfermos son enormes tras tres años de guerra, hambre y desplazamiento. La ONU y organizaciones humanitarias no pueden introducir todos los suministros necesarios, incluidas las prótesis.
“La única cosa que temo perder es a mis hijos”
Antes del genocidio, Nabhan tenía una tienda de electricidad y mantenía a su esposa y tres hijos (dos niñas de 8 y 5 años y un niño de 3). La familia vive ahora en una carpa en Ciudad de Gaza y depende de la asistencia que ofrecen distintas entidades e iniciativas humanitarias. Él no puede trabajar ni valerse por sí mismo.
Más de dos años después de las amputaciones, no ha podido completar su rehabilitación. Espera que, antes o después, llegue la oportunidad de ser evacuado de la Franja para recibir el tratamiento médico que requiere.
“Lo más duro que he vivido es querer hacer algo por mí mismo y no poder. El ejército [israelí] podría estar junto a mí y los misiles también, pero no podría huir. Necesito a alguien que me ayude”, lamenta. En su día a día, desplazarse en silla de ruedas supone un gran reto. “Difícil es una palabra muy simple para describir cómo es moverse en la situación actual. Es imposible desplazarse por Gaza en silla de ruedas por estas carreteras. Si me choco contra los escombros o un clavo, acabaría arrastrándome por el suelo hasta que consiguiera que reparasen mi silla”. Las sillas de ruedas son uno de los artículos cuya entrada a Gaza veta Israel.
A pesar de todo, Nabhan no habla como el hombre que salió vivo de la cámara frigorífica de una morgue. Cuando habla del futuro, lo hace como un padre preocupado que quiere que su familia tenga una vida digna: “La única cosa que temo perder es a mis hijos”, explica. Ellos son los que lo mantienen con energía y esperanza para poder seguir adelante.
“Lo que me da fuerzas es que tengo ambiciones. Quiero continuar la vida que estaba construyendo antes de la amputación. Sigo teniendo esperanza en mi familia, en la vida y en mis hijos. Quiero criarlos bien. Mi sueño es viajar y realizar la peregrinación a La Meca”, cuenta. De momento, desea simplemente pasar página: “Mi sueño es recuperar la salud y vivir como una persona normal. Quiero poder recibir tratamiento. Solo quiero olvidar lo que me pasó”.