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“El día que nació mi nieto, enterramos a mi hijo”: vivir en el genocidio en Gaza
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“El día que nació mi nieto, enterramos a mi hijo”: cuatro historias del genocidio en la guerra silenciosa de Gaza

Zaina Qazzaz

3 de mayo de 2026 21:35 h

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Más de dos años y medio después del comienzo del genocidio israelí en Gaza, los habitantes de la Franja tratan de rehacer su vida en una situación que dista mucho de ser normal. Los ataques israelíes continúan, a pesar del alto el fuego que entró en vigor el pasado mes de octubre, y desde entonces, más de 800 personas han sido asesinadas y más de 2.300, heridas. En total, Israel ha matado a más de 72.500 personas.

Cuatro gazatíes relatan a elDiario.es cómo su vida ha cambiado por completo desde aquel 7 de octubre de 2023, cuando los ataques de Hamás en el sur de Israel desataron una brutal ofensiva de represalia contra los palestinos de la Franja. Sus experiencias, sus esperanzas y su sufrimiento son diferentes, pero tienen un denominador común: todos han perdido a alguien durante la guerra.

Nour Al Nimla

Nour Al Nimla, modista de 29 años, se disponía a abrir su nuevo taller la mañana del 7 de octubre, después de años de mucho trabajo y esfuerzo. “No dormí esa noche de la emoción. Estaba deseando inaugurar mi proyecto, pero al amanecer empezamos a oír sonidos fuertes y no entendíamos qué pasaba”. En pocas horas, la emoción de Nour se convirtió en miedo. La noticia del estallido de la guerra se extendió rápidamente y el sonido de los bombardeos se intensificó por toda Ciudad de Gaza.

La joven vivía en el barrio de Al Rimal con su marido, Adnan Hasniya, y sus hijos. Ambos tenían un pequeño negocio de sastrería para mujeres y Nour soñaba con convertirlo en una fábrica textil. Describe su vida antes de la guerra como “normal, la de cualquier otra familia”. Recuerda que casi todo estaba a su alcance en la principal ciudad de la Franja y se sentía segura en cualquier momento del día: “Podías caminar por la calle sin miedo, las calles estaban iluminadas y había gente, como si la noche fuera igual que el día”.

La mañana del 7 de octubre, toda la familia de Nour y su esposo se reunió después de que empezaran a circular las noticias sobre que Israel había iniciado una guerra a gran escala. Cuenta que en ese momento sus sentimientos eran contradictorios, entre el miedo por su familia y la conmoción porque sus planes se hubieran detenido repentinamente. “No dejaba de pensar si debía abrir mi proyecto o no, pero la gente me decía que no saliera, que la situación no era segura”.

Al principio, la familia pensó que la violencia duraría solo unos días, como había sucedido en anteriores ofensivas israelíes contra Gaza. Pero los días se convirtieron en semanas y, con el paso del tiempo, la situación humanitaria se deterioró rápidamente.

Tras unos dos meses de guerra, el hambre se hizo patente. Nour cuenta que varios miembros de su familia enfermaron, entre ellos su hijo pequeño y su madre, que ya padecía problemas de salud. La familia no tuvo más remedio que huir hacia el sur de la Franja, a la localidad de Rafah, en busca de un lugar más seguro. “Estaba agotada. Perdí mucho peso, hasta llegar a pesar 40 kilos”, relata.

La lluvia entraba en la tienda, que se inundaba, y no teníamos suficientes mantas. Tenía una manta vieja y la corté para hacer ropita para mi niño

Cuando la familia se instaló en Rafah, Nour descubrió algo inesperado. Después de unas pruebas médicas por la desnutrición y el agotamiento que padecía, los médicos le dijeron que estaba embarazada de cinco meses. “Me advirtieron de que había altas probabilidades de que perdiera al bebé en cualquier momento porque mi cuerpo estaba muy débil”, dice, pero la mujer pudo llegar hasta el final del embarazo.

Desde Rafah, la familia tuvo que desplazarse de nuevo a un campamento en el sur de Gaza. En medio de las carpas y el frío del invierno, Nour dio a luz. La madre no podía acceder a lo más básico para su bebé: no había leche de fórmula ni pañales ni ropa de abrigo. “La lluvia entraba en la tienda, que se inundaba, y no teníamos suficientes mantas”, rememora. En esos momentos, la joven pensaba en cómo proteger a sus hijos y en cómo conseguir lo que les faltaba.

Cuenta que en el campamento no había ropa de abrigo para los más pequeños y empezó a pensar en una solución para que su bebé no pasara frío: “Tenía una manta vieja y la corté para hacer ropita para mi niño”. Esa idea improvisada que nació de la necesidad se convirtió en una pequeña iniciativa y Nour empezó a hacer ropa para los niños del campamento con las mantas que conseguía, empleando su máquina de coser. Afirma que con su trabajo ayudó a muchas familias que no tenían casi nada.

Durante la guerra, Nour también perdió a su madre. La mujer sufría una enfermedad crónica, pero su salud empezó a empeorar debido a la falta de medicinas en Gaza y a la desnutrición que afectaba a toda la población en mayor o menor medida (en agosto de 2025, fue declarada la hambruna).

La joven tuvo que cuidar de su madre y de sus tres hijos al mismo tiempo, en medio de las difíciles circunstancias. “Solía ver a mi madre sufriendo y no podía hacer nada, incluso los medicamentos más básicos no estaban disponibles”, lamenta. El 20 de abril de 2025, la madre de Nour murió a los 69 años y para ella fue uno de los momentos más duros. “Intenté ser fuerte por mis hijos, pero perder a mi madre me impactó mucho”.

Nour vive ahora en un alojamiento informal en el centro de la Franja con su marido Adnan, su hijo Mohammad (de 3 años y medio), Noah (de 2 años) y Adam, que nació a principios de este año. Su casa fue completamente destruida por los bombardeos de Israel.

El proyecto de sastrería en el que trabajaban los dos cónyuges antes de la guerra está paralizado debido a la falta de materiales, porque Israel mantiene los pasos fronterizos de Gaza cerrados y limita la entrada tanto de la ayuda humanitaria como de cualquier bien comercial.

Nour intenta seguir trabajando con los recursos disponibles, aunque sea a pequeña escala: “Nos hemos acostumbrado a empezar de cero cada vez. Podemos perderlo todo, pero siempre intentamos reconstruir nuestras vidas desde el principio”.

Le duelen las pérdidas humanas y materiales que ha sufrido, pero afirma que le duele más la imagen que se tiene de Gaza desde fuera: “No somos personas que sólo buscan comida y agua. Somos personas a las que les gusta trabajar, que pensamos, creamos, desarrollamos, fabricamos e inventamos. Tenemos mucho potencial y la capacidad de construir y de lograr nuestros objetivos si nos dan la oportunidad”.

Ahmed Harzallah

Ahmed Harzallah, de 41 años, tenía una vida sencilla pero estable en el campo de refugiados de Al Shati, en Ciudad de Gaza. Antes del 7 de octubre de 2023, trabajaba con sus hermanos en la construcción y trataba de ofrecer una vida digna a sus cinco hijos y su esposa. “La vida era relativamente fácil. Las cosas básicas estaban disponibles y los precios eran razonables, podíamos cubrir nuestras necesidades”, dice.

Tiene cuatro hijas, de entre 3 y 14 años, y su único hijo, Oday, tenía 13 años. Ahmed asegura que era ambicioso y trabajador y sacaba siempre muy buenas notas: “Solía decirme que quería ser médico de mayor para que me sintiera orgulloso de él”.

El 7 de octubre, Ahmed no sabía qué estaba ocurriendo. Llamó a su hermano para enteder qué pasaba y, después de unas horas, empezó a darse cuenta de que la guerra había estallado. “Empezamos a preguntarnos: ¿Qué nos ocurrirá? ¿Adónde vamos a ir? ¿Qué nos espera?”.

Escuchaba a la gente gritando: ¿Quién está vivo? Podía escuchar lo que pasaba a mi alrededor, pero no podía ver nada

Los ataques no paraban: “Cada día nos levantábamos con nuevas informaciones de bombardeos y destrucción”. Ahmed y su familia tuvieron que dejar su casa, una decisión “muy difícil”, admite. Pero el peor momento llegó varios meses después. El 21 de agosto de 2024, por la noche, Oday no había regresado aún. Ahmed fue a buscar a su hijo que estaba jugando con otros niños y, cuando estaban caminando de vuelta a casa —una distancia de tan sólo 200 metros—, una fuerte explosión sacudió la calle.

“Escuchaba a la gente gritando: ¿Quién está vivo? Podía escuchar lo que pasaba a mi alrededor, pero no podía ver nada”, recuerda. La metralla le causó a Ahmed heridas en diferentes partes de su cuerpo y sus órganos, perdió tres dedos de su pie izquierdo y uno de su mano izquierda.

Primero, recibió tratamiento en el Hospital Al Shifa, el más grande Gaza y que fue cercado y asaltado en varias ocasiones por el Ejército israelí. Después, en el Hospital Al Quds, fue sometido a varias cirugías y estuvo inconsciente durante tres meses. Cuando empezó a recobrar la conciencia, cada vez que se despertaba, Ahmed preguntaba por su hijo. “No dejaba de preguntar a mi familia si mi hijo se encontraba bien. Ellos me contestaban: 'Gracias a dios, estás bien'”.

Después de un tiempo, Ahmed supo que Oday había muerto en la explosión que le causó las heridas y, en última instancia, la pérdida del ojo izquierdo. Ahora, sólo puede ver por su otro ojo y trata de adaptarse a sus nuevas circunstancias. No puede trabajar y depende de sus familiares para muchas tareas en su vida cotidiana.

Ahmed dice que lo que más le duele es pensar en su hijo: “A veces, cuando veo a mis hijas, me acuerdo de él y me gustaría que estuviera con nosotros”. A pesar de todo, afirma que sigue teniendo esperanza en que volverá a tener una vida digna para él y su familia: “Sólo deseo recibir tratamiento y poder valerme por mí mismo de nuevo”.

Abu Jaled Al Ghoul

Abu Jaled Al Ghoul es un enfermero de 39 años. Su familia está compuesta por su esposa y tres hijos —los gemelos Jaled y Mahmoud, de 4 años, y el menor, Mohsen, que nació durante la guerra y sufre problemas de salud y de crecimiento debido a la desnutrición—.

Actualmente, viven en la casa de un familiar, que se encuentra medio destruida por los bombardeos. Antes de la guerra, la vida de Abu Jaled era tranquila, trabajaba como enfermero y le apasionaba su profesión. Había estado años formándose, trabajando sin cobrar, hasta que obtuvo una plaza en el Hospital Al Ahli de Ciudad de Gaza, uno de los de más renombre de la Franja. Le gustaba trabajar en urgencias, porque creía que era donde un enfermero podía aprender más y adquirir mayor experiencia.

Su sueño era continuar sus estudios de posgrado en enfermería, hacer un máster y, finalmente, un doctorado; incluso, establecer su propio centro médico. Poco antes de la guerra, había cumplido otro de sus sueños: él y sus hermanos lograron construir una casa familiar de cinco pisos en el barrio de Shuyaiya, en el este de Ciudad de Gaza. “Nos privamos de muchas cosas para tener un hogar”, afirma, agregando que vendieron pertenencias y pidieron dinero prestado.

Pero la alegría duró poco. Apenas seis meses después de mudarse, comenzó la guerra y la casa quedó completamente destruida por los bombardeos. Abu Jaled huyó con su esposa e hijos de Shuyaiya y se refugió en el Hospital Al Ahli, su lugar de trabajo, donde algunas familias del personal fueron alojadas en un antiguo almacén.

Vivir en el hospital hizo que estuviera en contacto con la cruda realidad de la guerra en todo momento. Algunos días, en Urgencias recibían a entre 50 y 100 pacientes a la vez, cuenta Abu Jaled. “Cuando llegaban tantos heridos, no podíamos tratar a todo el mundo. Lo primero, intentábamos detener el sangrado”. Explica que daban prioridad a aquellos con más posibilidades de sobrevivir. “A veces, nos veíamos obligados a dejar a un paciente en condiciones extremadamente graves porque era posible salvar a alguien menos grave”, lamenta.

Abu Jaled y los demás sanitarios trabajaban muchas horas sin apenas comida o agua, a veces comiendo un solo dátil en todo el día, recuerda. Uno de esos días, en medio de los heridos, vio a un hombre que no dejaba de sangrar mientras su hijo le miraba sin saber qué hacer. El enfermero le dijo al chico que apretara la herida de su padre con la mano. Dos semanas más tarde, el hombre regresó al hospital para darle las gracias por salvarle la vida.

A veces, nos veíamos obligados a dejar a un paciente en condiciones extremadamente graves porque era posible salvar a alguien menos grave

Las fuerzas israelíes asaltaron el Hospital Al Ahli y arrestaron a Abu Jaled y a otros trabajadores sanitarios poco después del comienzo de su brutal ofensiva, en la que los centros sanitarios fueron blancos de ataques sistemáticos. Estuvo detenido unos dos meses, en los que fue sometido a interrogatorios y presión constante, hasta que fue dejado en libertad en virtud de un acuerdo de intercambio de presos entre Israel y el grupo palestino Hamás en noviembre de 2023.

Durante ese tiempo, no supo nada de su familia, hasta que por casualidad se encontró con su hermano y, a través de él, pudo localizar a su mujer y sus hijos, que estaban desplazados en Al Mawasi (sur), adonde el Ejército israelí ordenó evacuar a un gran número de personas. La familia permaneció en Al Mawasi durante mucho tiempo, viviendo en una carpa y tratando de sobrevivir, ya que en los campamentos no había agua potable y la comida escaseaba.

Después del alto el fuego de 2025, todos han regresado a Ciudad de Gaza y Abu Jaled ha vuelto a su trabajo en el hospital. Lo que más le preocupa es su hijo pequeño, cuya salud se ha visto afectada por la desnutrición y necesitaría ser evacuado para recibir tratamiento médico fuera de la Franja. “Lo único que quiero es ver que mi hijo está bien y poder ofrecer una vida digna a todos mis hijos”, concluye.

Maryam Abdullah

Maryam Abdullah, madre de 11 hijos y de 44 años, vivía con toda la familia en el campo de refugiados de Al Shati antes del 7 de octubre de 2023. No tenían una fuente de ingresos estable, pero el marido de Maryam, Mohammed Abu Warda, hacía algunos trabajos informales y la familia recibía ayuda. “Teníamos una vida sencilla, pero estábamos bien y felices todos juntos”, asegura.

Una semana después del comienzo de la guerra, Maryam dejó al resto de la familia para acompañar a su hija que estaba a punto de dar a luz. Cuando regresó, le dijeron que su hijo Ahmed, de 18 años, había sido asesinado. “El mismo día que mi nieto nació, enterramos a mi hijo”, recuerda Maryam.

A medida que los ataques israelíes se intensificaban, Maryam se desplazó de un lugar a otro de Ciudad de Gaza, en busca de seguridad. No podía marcharse y dejar solos a sus progenitores, así que su marido se llevó a algunos de los hijos al sur de la Franja, donde el Ejército israelí ordenó a toda la población del norte reubicarse. Maryam perdió el contacto con sus hijos debido a los cortes de electricidad y de Internet.

Al principio, no me di cuenta de lo que había ocurrido... Pero después de unos minutos, no podía caminar

Durante dos meses enteros, no supo si sus hijos seguían vivos. “Solía preguntar en los hospitales y buscar cualquier información sobre ellos. Sólo podía rezar porque estuvieran bien”, cuenta. Después de un tiempo, alguien le comunicó que sus hijos se encontraban seguros en el sur y, por primera vez en semanas, sintió algo de alivio.

En octubre de 2024, la familia fue golpeada de nuevo por la tragedia. Habían podido volver a Ciudad de Gaza y, una noche, escucharon una fuerte explosión cerca de ellos. “Al principio, no me di cuenta de lo que había ocurrido... Pero después de unos minutos, no podía caminar”, relata la mujer. El edificio en el que se encontraban había sido atacado.

Su hijo Mahmoud, que entonces tenía 13 años, intentó ayudarla y cogerla para salir del edificio, pero él mismo estaba herido. “Estaba sangrando mucho, se cayó en mi regazo y se murió”, dice la madre, que perdió a su hijo y también una mano que le amputaron posteriormente.

Maryam estuvo ingresada en el Hospital Indonesio, en el norte de Gaza, durante tres meses, en los que estaba inconsciente y fue sometida a varias operaciones. El norte de la Franja estaba asediado y su familia no sabía si ella seguía con vida o no. Cuando recobró la conciencia y mejoró fue trasladada a otro hospital y, por fin, pudo reencontrarse con sus hijos, que pensaban que había fallecido. “Cuando me vieron en el hospital, no podían creerse que seguía con vida”, recuerda.

Actualmente, Maryam vive con su familia en un campamento de desplazados y dependen de la ayuda humanitaria y de las cocinas comunitarias que ofrecen platos de comida caliente a los que no puede comprar o cocinar alimentos. El principal reto para ella es adaptarse a su nueva situación, en la que depende de los demás para cualquier cosa: “Solía cuidar de todos mis hijos, ahora soy yo la que necesita que la cuiden”, lamenta.

A pesar de las difíciles circunstancias, dice que intenta ser fuerte por sus hijos. “Cada día rezo para que mis hijos sigan con vida”, afirma la mujer, que también quiere mandar un mensaje fuera de Gaza: “No nos gusta la guerra, sólo queremos vivir en paz”.