Por qué Ayuso y Abascal tiran del manual de la ultraderecha para cuestionar las elecciones
En el manual de la ultraderecha hay unos básicos: la simplificación de problemas complejos señalando sin argumentos a un culpable, la xenofobia, la promoción de una moral tradicional, las apelaciones a la seguridad y el rechazo a la corrección política. Y más. Un buen representante de la extrema derecha no tiene reparos en cuestionar la legitimidad de unas elecciones democráticas cuando los resultados no son los esperados. Y lo hace incluso antes, con carácter preventivo.
Lo fundamental es sembrar dudas. No importa si hay argumentos o si las sospechas pueden sostenerse sobre los hechos. “Ni se les ocurra votar por correo”, aseguró este lunes la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, poco después de que se convocaran los comicios generales del 29 de noviembre.
“Les animo a que voten en la urna y que voten con seguridad”, soltó a su vez Santiago Abascal en una entrevista televisiva. El líder de Vox ahondó en la tesis horas después, en una declaración en la sede del partido: “Son malas noticias si consigue manipular este proceso electoral”, dijo señalando al presidente Pedro Sánchez, al que describió como alguien “capaz de cualquier cosa”.
No hay detalles sobre dónde está el peligro de fraude, o acerca de qué mecanismos se deben controlar especialmente. Simplemente, la sombra de una duda que no necesita ser justificada ni avalada con datos. Que parte de la certeza de que ‘los otros’ harán lo que sea para ganar o conservar el poder, incluso saltarse todas las normas democráticas.
“Es una fórmula de deslegitimación que ya hemos visto muchas veces: (Ayuso-Trump-Miguel Ángel Rodríguez-Bolsonaro-Santiago Abascal) acusa a (Pedro Sánchez-Obama-Lula-Biden) de no tener límites en su afán de poder. Sea cual sea el resultado en las urnas, el cálculo siempre da positivo. Si pierden las elecciones, ya avisaron de que no eran legítimas y, por tanto, el Gobierno que sale de ellas tampoco lo es. Y eso justifica un ‘al enemigo, ni agua’ como estrategia política”, resume Pablo Beramendi, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Duke (EEUU).
Trump, Bolsonaro, PP y Vox
En Estados Unidos, precisamente, encontramos uno de los ejemplos recientes más significativos de esta estrategia. En 2020, Donald Trump denunció que los demócratas habían manipulado los comicios que perdió contra Joe Biden. Muchos de sus seguidores estaban tan convencidos de aquella acusación que acabaron participando del ataque al Capitolio del 6 de enero de 2021. Pasó una legislatura entera e incluso un triunfo de Trump en las siguientes elecciones, pero una reciente encuesta indicaba que más del 60% de sus votantes sigue creyendo que hubo fraude.
Algo parecido ocurrió en las elecciones de octubre de 2022, cuando Lula da Silva le ganó a Jair Bolsonaro en segunda vuelta, después de una campaña en la que el ultraderechista había sembrado dudas sobre la validez de los comicios. El 8 de enero de 2023, una semana después de que la izquierda asumiera el Gobierno, un grupo de fanáticos atacó el Palacio de Planalto. La Justicia condenó a Bolsonaro a 27 años de prisión por intento de golpe de Estado. Su hijo, Flávio, acaba de ganar la primera vuelta de las elecciones con la promesa de indultarlo.
“La creencia mayoritaria de que las instituciones están bien y son fiables es una de las piezas más delicadas del sistema, y cuando se erosiona, es muy difícil de revertir”, explica la politóloga del CSIC Sandra León, que destaca que en Estados Unidos se ha ido deteriorando significativamente la confianza en la política, algo que también está sucediendo en España.
Es una estrategia consciente e irresponsable de muchos partidos de la ultraderecha
“Aunque vemos a EEUU como una de las democracias más antiguas del mundo, hay que recordar que hasta mediados del siglo XX una parte importante de la población no podía ejercer plenamente sus derechos políticos. Además, sus instituciones fueron diseñadas con una enorme capacidad de las élites para proteger sus intereses. Trump no aparece de la nada. Es la expresión política de procesos que llevan décadas desarrollándose”, profundiza Susan C. Stokes, considerada como una de las politólogas más influyentes del mundo, en una entrevista con elDiario.es.
Precisamente, las dudas sobre la transparencia y fiabilidad del sistema son uno de los elementos que horadan la confianza de los ciudadanos en sus instituciones, aunque no haya ningún elemento objetivo que lo justifique. Sandra León contrapone los estudios mundiales sobre calidad de la democracia con la percepción social. Mientras España sale muy bien valorada en los rankings de limpieza del proceso electoral, una encuesta de 2023 arrojaba resultados antagónicos. Un 10% de los votantes del Partido Popular y el 27% de los de Vox le ponían un 0 de 10; es decir, no estaban ‘Nada de acuerdo’ con que el país tuviera unas elecciones limpias.
Mejor hablar de fraude que de vivienda
Antes del verano, cuando la posibilidad de unas elecciones anticipadas comenzó a agitarse, el PP y Vox se entregaron de lleno a alimentar la idea de un supuesto fraude futuro. Denunciaban que el Gobierno pretendía “fabricar dos millones y medio de votantes” con las nacionalizaciones de descendientes de españoles exiliados por la dictadura franquista. El asunto acabó con la decisión del Tribunal Supremo de limitar de forma cautelar el derecho al voto de españoles en el extranjero, aunque el adelanto electoral puede haberla dejado, según varios expertos, en papel mojado.
Ayuso volvió esta semana sobre el tema. Acusó a Sánchez de intentar influir en el resultado electoral “a través de las regularizaciones masivas y la ley de nietos”. Por si quedaban dudas, calificó al presidente de “maestro de la utilización obscena” de las elecciones.
La conversación social estaba girando alrededor de la vivienda, y esto nos devuelve al tipo de oposición que ha hecho el PP: una que no entra a los temas sociales pero pinta a Pedro Sánchez como un líder antidemocrático que no respeta las instituciones
El PP, sin embargo, salió a matizar a la presidenta madrileña, siempre dispuesta a estirar las fronteras discursivas hasta el territorio natural de la extrema derecha. “Este tipo de afirmaciones son más costosas para Alberto Núñez Feijóo que para Ayuso”, reflexiona Sandra León. “Ahora las elecciones están cerca y las encuestas le dan bien al candidato del PP. No tiene sentido que ese candidato infunda sospechas sobre ellas”, apunta. No sucede lo mismo en el caso de Vox, “un partido en el que conviven la tensión entre el afán de gobernar y una posición un tanto antisistema”, señala la politóloga.
“En mi opinión, este discurso es una forma de generar hastío en los votantes moderados, con el objetivo de reducir la participación y hacer menos viable la victoria de los rivales”, analiza Pablo Beramendi. “También es una forma de cambiar la conversación. Si no tienes nada que ofrecer en términos de soluciones concretas a problemas concretos, cuestionar las normas es un factor de ruido más”, señala.
Es importante resistir ante esa idea-trampa, porque la participación democrática es, precisamente, nuestra mejor arma contra los impulsos autocráticos que estos discursos, se supone, están denunciando
León concuerda: “La conversación social estaba girando alrededor de la vivienda, un tema en el que el Gobierno tiene una posición que está más cerca de la del votante medio, y estas acusaciones nos devuelven al tipo de oposición que ha hecho el PP durante toda la legislatura. Una que no entra a los temas sociales, sino que va de pintar a Pedro Sánchez como un líder antidemocrático que no respeta las instituciones”.
Movilizar y desmovilizar
Tanto Beramendi como León entienden que el cuestionamiento electoral moviliza a las bases de PP y Vox, y aunque ven difícil que cale entre votantes moderados, sí entienden que puede hacer cundir “una sensación de hastío” en sectores no ideologizados.
“Un discurso de oposición muy duro y confrontacional puede generar distancia de una política que se percibe como hiperventilada e hiperbólica”, afirma León. Stokes, por su parte, cree que la polarización y la sensación de moverse en un campo de juego embarrado fomentan la desafección.
“Cuando la gente siente que su voto no va a cambiar nada, porque el resultado está amañado, votar deja de tener interés. Por eso es importante resistir ante esa idea-trampa, porque la participación democrática es, precisamente, nuestra mejor arma contra los impulsos autocráticos que estos discursos, se supone, están denunciando”, abunda Stokes, que estudia la degradación de las democracias.
Beramendi lo ve como una “estrategia consciente e irresponsable de muchos partidos de la ultraderecha”. Y sentencia: “Una cosa es desconfiar de una institución porque no funciona bien, y otra es considerar que cualquier institución que no da la respuesta que uno quiere es ilegítima. Esto rompe la idea básica de la democracia: que puedes perder una elección y seguir participando del sistema”.