ANÁLISIS
Las elecciones en Israel, una carrera por mostrar la postura más dura contra Palestina
Lo único seguro en las elecciones que se celebrarán en Israel el próximo día 27 es que ninguno de los partidos contendientes logrará la mayoría absoluta (61 de los 120 diputados de la Knéset), lo que desembocará en una nueva coalición heterogénea unida con alfileres y, por tanto, inestable. A partir de ese punto y, por supuesto, con la lógica incertidumbre sobre su resultado final, con unas encuestas que reflejan un empate técnico entre los dos principales candidatos, todo lo demás nos sitúa en el terreno de la inseguridad y la anormalidad.
Es anormal que, por primera vez en 38 años, casi se ha logrado agotar una legislatura completa, sin necesidad de tener que adelantar la llamada a las urnas por la insostenibilidad del gobierno de turno. Benjamin Netanyahu ha sido capaz de liderar el gobierno más extremista de la historia de Israel, convirtiéndose en el primer ministro con más años (19) en el cargo, incluso aunque haya quedado identificado como el responsable del mayor fracaso del sistema nacional de seguridad por los ataques de Hamás y la Yihad Islámica Palestina del 7 de octubre de 2023.
Lo es también que él mismo tenga alguna posibilidad de victoria a pesar de estar imputado por tres causas judiciales que ya están en manos del Tribunal Supremo, junto a la orden de detención emitida contra él por la Corte Penal Internacional, acusándolo de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Todo ello mientras ha colocado a su país en una situación que ha llevado a la Corte Internacional de Justicia a abrir una causa por posible genocidio en Gaza.
Lo mismo cabe decir del hecho de que el Comité Electoral Central decidiera en septiembre prohibir la participación de todos los partidos árabes (despreciando el hecho de que la quinta parte de los israelíes son árabes palestinos). La prohibición iba dirigida contra el partido Ra’am (también conocido como Lista Árabe Unida, con cinco diputados en la actual legislatura) y contra la Lista Conjunta (conformada por los partidos Hadash, Ta’al y Balad, también con cinco escaños). Y aunque, in extremis, el Tribunal Supremo ha revocado finalmente dicha medida, el mero intento (al que también Netanyahu se sumó) deja un poso innegablemente antidemocrático que refleja el nivel de la fractura interna. Todo apunta, en cualquier caso, a que, como ha ocurrido tradicionalmente (con la excepción histórica de 2021), esos partidos seguirán quedando excluidos de la conformación de una mayoría parlamentaria y del gabinete ministerial.
Más de lo mismo
Tampoco es normal que el inquilino de la Casa Blanca dé el paso de tomar partido de manera tan visible por uno de los candidatos, colocándose abiertamente al lado de Netanyahu, aunque solo sea porque, al hacerlo, su derrota le puede suponer un coste personal y crearle dificultades para establecer una nueva relación con quien pueda ser su sucesor. Ambos han ido de la mano en la guerra ilegal contra Irán, ambos están sufriendo el desgaste de no haber podido lograr la rendición de Teherán y ambos parecen empeñados en proseguir la vía militar.
También se ha normalizado, en contra de todas las evidencias, calificar a Israel como la única democracia de Oriente Próximo, y mirar para otro lado mientras sus fuerzas armadas –violando evidentemente la norma más básica del derecho internacional– invaden el territorio soberano de Líbano y Siria, mientras atacan a Irán y masacran a los palestinos
Igualmente, aunque ya se ha normalizado la aberración, habrá 7,3 millones de israelíes mayores de 18 años que podrán depositar su voto, incluyendo a los que cumplan esa condición entre los 750.000 colonos que se encuentran ilegalmente en el territorio palestino ocupado. Mientras, no podrán hacerlo los más de tres millones de habitantes mayores de edad de Gaza ni los de Cisjordania, a pesar de que es Israel quien les impone su dictado en todos los ámbitos de sus vidas.
También se ha normalizado, en contra de todas las evidencias, calificar a Israel como la única democracia de Oriente Próximo, y mirar para otro lado mientras sus fuerzas armadas –violando evidentemente la norma más básica del derecho internacional– invaden el territorio soberano de Líbano y Siria, mientras atacan a Irán y masacran a los palestinos.
Suponer que a pesar de todo las elecciones serán una fiesta de la democracia es, desgraciadamente, una posibilidad muy remota. De hecho, incluso la hipotética derrota de Netanyahu a manos de Eisenkot apunta a más de lo mismo
Como derivada directa de tantas anormalidades no puede extrañar que los candidatos pugnen entre ellos para ver quién aparece como más belicoso y más decidido a erradicar definitivamente a los palestinos. Así, Bezalel Smotrich, Itamar Ben-Gvir y Avjgdor Liberman acusan directamente a Netanyahu de ser propalestino, al mismo tiempo que otros, como Gadi Eisenkot –el principal rival de Netanyahu, al frente del nuevo partido Yashar–, insisten en que nunca consentirán que exista un Estado palestino. Una propuesta que ya es prácticamente imposible en la actualidad y en la que están de acuerdo, sin matices, todos los candidatos.
En consecuencia, suponer que las elecciones serán una fiesta de la democracia es, desgraciadamente, una posibilidad muy remota. De hecho, incluso la hipotética derrota de Netanyahu a manos de Eisenkot apunta a más de lo mismo. El antiguo jefe las Fuerzas de Defensa Israelíes promete a sus conciudadanos que en 18 meses erradicará por completo (manu militari) a Hamás en Gaza, considera delirante a cualquiera que siga defendiendo la idea de los dos Estados y rechaza drásticamente un Estado binacional (un solo Estado con plenos derechos para todos). Y, sea cual sea el nuevo primer ministro, siempre habrá que recordar que para hacerse con el puesto tendrá que pactar con los líderes de los partidos ultraortodoxos, aceptando buena parte de sus aún más extremistas exigencias.