Quiénes son los nuevos ultras rusos y por qué el Kremlin les deja vía libre

Albert Sort Creus

Moscú —
14 de enero de 2026 23:30 h

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4 de noviembre. Liúbertsi, una ciudad industrial de la periferia de Moscú, conocida a finales de los años 80 por haberse convertido en la cuna de la subcultura gánster. Más de un centenar de hombres desfilan por sus calles para celebrar el Día de la Unidad Nacional. En un país en el que las manifestaciones están prohibidas con excusas tan peregrinas como la emergencia sanitaria por COVID, sorprende ver a un grupo tan numeroso sin que la policía los intercepte. 

Todos visten de negro, con el rostro tapado, y forman parte del colectivo Comunidad Rusa, la organización de ultraderecha más popular del país. En 2010, las autoridades empezaron a perseguir estas marchas nacionalistas, pero ahora los agentes les dejan vía libre. ¿Qué ha cambiado en Rusia desde entonces? ¿Quiénes son estos nuevos radicales?

Comunidad Rusa nació en 2020, pero ganó mucho protagonismo en 2024, con el auge del sentimiento antiinmigración provocado por el atentado yihadista en la sala de conciertos Crocus City Hall de Moscú. Se calcula que el grupo cuenta con miles de integrantes en toda Rusia, más cuadros que el actual Partido Comunista, una gran presencia en redes y un discurso pragmático y directo que interpela a jóvenes descontentos de barrios obreros.

Redadas y permisividad policial

Sus miembros se vanaglorian de “patrullar las calles” y de “ayudar a las fuerzas del orden a prevenir la delincuencia étnica” llevando a cabo redadas contra extranjeros. Algunas de estas acciones han terminado en tragedia, como el incendio que causaron en un piso en la región de Leningrado, en el que murió un ciudadano armenio. Tras los hechos, la policía registró la casa de los asaltantes, pero no presentó cargos contra ellos, sino que se limitó a citarlos como testigos. 

La misma inhibición policial se observó en Carelia el año pasado. Los agentes del orden se negaron a denunciar a un activista de este movimiento que echó una botella de agua por encima de un diputado que participaba en un acto conmemorativo de las víctimas del Gran Terror Estalinista. El agresor alegó que había sido un accidente y la policía ni siquiera le abrió un expediente informativo.

Según relata el periodista Mumin Shakírov en Radio Svoboda, cuando se trata de denuncias dirigidas a la Comunidad Rusa, es el jefe del Comité de Investigación, un análogo de la fiscalía, quien revisa personalmente sus quejas. 

Los propios ultras reconocen que la colaboración con la policía es total. Su líder, Andréi Tkachuk, un exdiputado y ex vicealcalde de Omsk, la capital de Siberia, afirma que los agentes los invitan a formar parte en sus redadas porque “no tienen a suficiente gente”.

Protegidos por la Iglesia

El grupo también recibe la protección de la Iglesia Ortodoxa Rusa. En septiembre, los ultras escoltaron al patriarca Kírill en una procesión por el centro de Moscú y se presentaron como su servicio de seguridad. Desde 2023, se cree que la organización empezó a requerir a sus miembros la profesión de la fe ortodoxa e inició campañas contra símbolos y lugares de culto musulmanes.

Además, Kommersant reveló el pasado agosto que el Patriarcado de Moscú había enviado una carta a los obispos haciendo hincapié en la importancia del “cuidado pastoral de las ramas de la Comunidad Rusa”. En los estamentos eclesiásticos existe interés y preocupación por mantener una buena relación con este grupo, estrechar la cooperación y abordar rápidamente cualquier malentendido que pueda surgir.

La migrantofobia se utiliza sólo con fines demagógicos, para fingir una lucha contra algún fenómeno supuestamente ajeno. Al parecer, las autoridades intentan unir a la población del país con esto, así como con el nacionalismo en todas sus formas

Otros de los fundadores de Comunidad Rusa son Andréi Afanasiev, periodista vinculado a medios de la Iglesia Ortodoxa, y Yevgueni Chesnokov, antiguo coordinador del movimiento antiabortista Por la vida. El rechazo frontal al derecho a la libre interrupción del embarazo es una de las señas de identidad de los ultras. Defienden su prohibición total, incluso en casos de violación o de riesgo para la gestante, porque entienden el nacimiento como parte de la preservación de la “pureza étnica” y del “renacimiento demográfico” que ansían.

Un invento de los servicios secretos

Sin embargo, más allá de connivencias y afinidades ideológicas con instituciones del Estado, la verdadera conexión de los ultras parece ser con los servicios secretos. Según explica una fuente cercana al FSB —el antiguo KGB— al diario opositor Meduza, Comunidad Rusa no solo está supervisada por los espías, sino que ellos mismos la crearon y alimentaron. Los servicios secretos pasan información a los radicales sobre “conflictos interétnicos” y los agitadores los mantienen al corriente de su actividad y operan bajo su control, recoge el mismo medio.

Una fuente del entorno de la administración presidencial asegura que se trata de “un proyecto de nicho” de las fuerzas de seguridad para atraer a los nacionalistas más activos “cansados de estar sentados en casa” y que “quieren actuar”. No obstante, según esta fuente, el Kremlin “no quiere llamar la atención pública sobre la organización, al menos de momento”. “No necesitamos que los hombres se inscriban en masa a la Comunidad”, explica.

Los mismos ultras no esconden sus vínculos con los servicios secretos. En junio de 2024, un integrante de la rama de Yaroslavl de la asociación, admitió al servicio ruso de la BBC que “coordinaba actividades” con el FSB y el Comité de Investigación.

Los orígenes ultras

El patrón recuerda al de hace 20 años, cuando en sus primeras marchas por el Día de la Unidad Nacional, los círculos euroasianistas de Aleksander Duguin, que defendían una vuelta al imperio ruso, crecieron al amparo de la administración presidencial a cambio de su apoyo al Kremlin. No fue hasta 2010, cuando el movimiento escapó al control de los servicios especiales y se convirtió en violento, que las autoridades lo reprimieron. 

“Las organizaciones nacionalistas en ese momento formaban parte de la oposición y, en cambio, ahora son leales”, apunta a elDiario.es Jules Sergei Fediunin, politólogo especializado en el nacionalismo ruso, como uno de los motivos por los cuales entonces se optó por neutralizar a esos grupos. 

“Hace 15 años, había más elementos de ideas liberales; incluso los derechos humanos se escucharon en la retórica del Gobierno en algunos aspectos”, añade a este medio Stefania Kulaeva, del Centro Antidiscriminación Memorial.

La Justicia castigó con penas de cárcel a los líderes de aquellos movimientos e ilegalizó a varias organizaciones. En 2022, cuando Putin invadió Ucrania, la ultraderecha rusa ya había sido completamente fagocitada. Al estallar la guerra, según Fediunin, el régimen los utilizó para “desviar la atención de la primera línea” y “proyectar el descontento público sobre chivos expiatorios: los inmigrantes y las comunidades LGTBI”. 

Por su parte, Kulaeva considera que el Gobierno ruso “ha virado hacia el chovinismo declarado”, ha convertido en sinónimos “la ideología de la guerra y la superioridad rusa” y, por consiguiente, no encuentra “sorprendente” que las mismas autoridades “ahora defiendan el nacionalismo radical (fascismo)”, lo cual significa, desde su punto de vista, que “ya no tienen conflictos con los defensores en la ultraderecha de estas mismas ideas”.

“La migrantofobia se utiliza solo con fines demagógicos, para fingir una lucha contra algún fenómeno supuestamente ajeno. Al parecer, las autoridades intentan unir a la población del país con esto, así como con el nacionalismo en todas sus formas”, concluye la experta.

Neonazis en el frente

La guerra también ha permitido al Kremlin enviar los elementos más violentos de estos círculos al frente. A pesar de que uno de los propósitos declarados de la invasión es, en palabras del Kremlin, la “desnazificación”, en los márgenes del Ejército Ruso existen unidades paramilitares neonazis, como Rúsich, conocidas por su sadismo: recientemente, su líder ha animado a los soldados a compartir fotos de prisioneros ucranianos ejecutados y comercializa parches con el lema “sin límites morales”.

Paradójicamente, algunos neonazis rusos se escindieron del movimiento nacionalista radical en 2014, tras la anexión de Crimea, y han acabado combatiendo en el bando ucraniano. Una facción ultra no quiso apoyar al Kremlin con el pretexto de que la guerra era una amenaza para los rusos de Ucrania y, por primera vez, en la Marcha Rusa de aquel año se escucharon cánticos de apoyo a Ucrania.

En 2023, cuando grupos armados lanzaron una incursión en la región rusa de Bélgorod, se supo que entre ellos había la Legión Libertad de Rusia y el Cuerpo de Voluntarios Rusos, ambas organizaciones paramilitares con miembros neonazis. Según explicaba Aleksander Verjovski, director del Centro SOVA, que investiga los grupos nacionalistas y racistas en Rusia, muchos de los radicales que huyeron a partir de 2014 encontraron refugio en el Donbás.

“No son nazis”

La versión oficial del Gobierno ruso es que Comunidad Rusa no son nazis porque “el nazismo está prohibido en Rusia”. Hay grupos abiertamente neonazis que cometen asesinatos y que son perseguidos por la Justicia. Es el caso de la Organización Nacional Socialista para la Liberación de la Europa Blanca, que mató a un hombre en Moscú coincidiendo con el Día de la Unidad Nacional, y que ya se había atribuido otro crimen dos semanas antes.

Los nuevos ultras gozan por ahora de inmunidad. Sin embargo, Kulaeva alerta de que el Kremlin “corre el riesgo de perder el control” de este proceso y de que los veteranos que vuelvan de Ucrania “puedan unirse a organizaciones de extrema derecha” y representar “una amenaza para la estabilidad y el orden sociales”. 

En cambio, Fediunin ve “muy improbable” que este movimiento acabe suponiendo un grave problema para Putin si no se produce “un cambio rápido e incontrolado de régimen”.