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Los niños de Gaza vuelven a las clases de natación tres años después: “Me da la oportunidad de escapar de la guerra”

Emma Graham-Harrison / Seham Tantesh

Jerusalén / Gaza —
28 de julio de 2026 21:41 h

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Después de tres años de guerra, las clases de natación han vuelto a Gaza. Son cientos las niñas y niños que aprenden a flotar, a nadar estilo perrito y a dar las primeras brazadas en cinco piscinas creadas con escombros y sacos de arena en la costa de la Franja.

Durante unas horas, las clases permiten a los pequeños que viven atemorizados por los continuos ataques israelíes recuperar su infancia, en un lugar donde no hay parques infantiles ni educación formal y donde –según una encuesta de la ONU de marzo– un 96% de los niños siente que la muerte es algo inminente.

“La natación me da la oportunidad de escapar de la guerra y de las preocupaciones con las que vivo”, dice Alma Shabat, de 13 años, cuya madre murió en mayo por un ataque israelí contra Gaza.

Después de tres semanas de clases, lo que más le gusta es el estilo libre, ha hecho nuevos amigos y ya no le dan miedo las olas ni el mar abierto. “Venir a la playa es una experiencia preciosa y agradable”, afirma.

Amjed Tantesh fundó la primera academia de natación de Gaza hace más de dos décadas. Para las clases de este verano, decenas de voluntarios le han ayudado a construir varias piscinas en las playas del centro de la Franja, instalando lonas para generar algo de sombra bajo el intenso sol del Mediterráneo.

Como en Gaza casi no queda maquinaria pesada, lo han hecho todo a mano, llenando sacos de arena para levantar el perímetro de las piscinas y excavando en la arena para que sean profundas.

Por la mañana imparten clases gratuitas a los niños cuyos progenitores han sido asesinados en los ataques israelíes. Por la tarde, las piscinas abren para todo el mundo y están siempre llenas de niños encantados chapoteando en el agua templada.

“Es una oportunidad única para disfrutar, relajarse y recuperar parte de la infancia que les han robado”, explica Tantesh, que también ha trabajado como periodista para The Guardian, entre otros medios (su sobrina, Seham Tantesh, informa para The Guardian desde la Franja). “Las piscinas atraen a los niños de toda la playa, como si fueran imanes gigantescos”, agrega.

Un escape de la cruda realidad

La mayoría de los niños gazatíes lleva años sufriendo una situación extremadamente traumática, han sufrido amputaciones o la pérdida de sus seres queridos. Sin contar con los miles de personas que se calcula que están enterradas bajo los escombros, uno de cada diez habitantes de la Franja ha muerto o resultado herido por los ataques israelíes (más de 73.000 palestinos han sido asesinados desde octubre de 2023).

Gaza tiene la mayor concentración mundial de niños con alguna amputación. “La discapacidad entre los niños palestinos ha dejado de ser una afección médica particular para convertirse en una realidad demográfica determinante”, escribió una comisión de la ONU en un informe sobre los ataques israelíes contra la infancia palestina. La hambruna provocada por el asedio de Israel de 2025 dejará a niños con retrasos mentales y físicos de por vida.

Estar aquí me permite entrenar, jugar y respirar aire fresco, lejos de las tiendas

En la Franja no hay enseñanza formal desde hace tres años y casi todos los edificios escolares han sido dañados o destruidos. Solo una minoría de los casi 700.000 niños en edad escolar del territorio tiene acceso a las escuelas improvisadas por organizaciones de derechos humanos en tiendas de campaña.

Sin agua potable ni saneamientos adecuados, los supervivientes malviven hacinados en calurosos y ruidosos campamentos de tiendas de campaña, en una superficie que representa apenas un tercio del territorio donde vivían antes de la guerra (Israel ocupa alrededor del 60% de la Franja).

Ante esta cruda realidad, las clases de natación suponen un respiro muy necesario, tanto física como mentalmente. “Estar aquí me permite entrenar, jugar y respirar aire fresco, lejos de las tiendas”, dice Maryam al Musri, de 10 años, que perdió a su padre en la guerra.

Mientras, Laila Qahman, de 14 años, sueña con ser farmacéutica. Perdió a su hermano de siete años cuando los israelíes bombardearon una mezquita cerca del lugar donde él jugaba. Para esta adolescente, la natación es una oportunidad de relajarse, refrescarse y olvidarse de la vida en la tienda de campaña.

“Vengo cada dos días porque siento que estoy viviendo mi vida y disfrutando de mi tiempo, en lugar de quedarme en la tienda escuchando el sonido de los bombardeos y viviendo con miedo y tristeza”, asegura. “Antes de aprender a nadar, el mar me daba un poco de miedo y no me atrevía a meterme, ahora me siento mucho más segura y ya no tengo miedo cuando nado”.

Hasta ahora, son 700 los niños que han asistido a las seis semanas de clases. Tantesh confía en enseñar a nadar a miles más este verano, si consigue financiación para los gastos básicos y para pagar a los profesores, que hasta ahora han trabajado de forma voluntaria.

Enseñar a nadar para salvar vidas

La alegría de estos jóvenes nadadores también es un bálsamo para Tantesh, que vive el duelo por su hermano mayor, Bahyat, campeón de kárate, asesinado en un ataque israelí mientras huía con él del hogar familiar siguiendo las órdenes de evacuación del Ejército hebreo. Tantesh relata que su hermano Bahyat fue quien le enseñó a nadar y el que le “inspiró para buscar la excelencia deportiva cuando era joven”. “Que muriera en mis brazos fue lo peor que se puede imaginar”, afirma.

En el origen de la idea de la que surgió esta academia de natación hay tanto de esperanza como de tragedia. Cuando en 1996 Palestina debutó en las Olimpiadas de Atlanta, los deportistas de Gaza tuvieron por primera vez la oportunidad de competir en el mayor escenario del mundo. Tantesh lo sintió como una nueva misión. “Quería estar en los Juegos Olímpicos, pero había empezado como nadador profesional a una edad muy tardía, así que decidí hacer realidad mi sueño a través de la siguiente generación”, cuenta.

Más cerca de su realidad diaria estaban las muertes por ahogamiento que cada verano se repetían en el mar. Las familias acudían a las playas en tropel para relajarse, chapotear y refrescarse, pero pocos sabían nadar y en su playa local no había ningún socorrista. Tantesh comprendió que las clases de natación servirían para mejorar la seguridad de los niños y para formar a futuros socorristas.

Cuando comenzaron las clases, el desafío principal fue convencer a los padres para que apuntaran a sus hijos. “La gente le tenía pánico al agua. El mar era como un monstruo que cada año se cobraba la vida de decenas de personas”, destaca.

Los primeros años, los niños aprendían a nadar en el puerto de Gaza, protegidos de las olas por los diques. Luego Tantesh construyó piscinas a lo largo de toda la costa para dar las clases. En ellas aprendieron a nadar unas 11.000 personas. La mayor de esas piscinas tenía más de 1.000 metros cuadrados, construida con escombros de viviendas bombardeadas por Israel durante la ofensiva de 2014 contra la Franja.

En realidad, la primera persona a la que ayudé con este proyecto fue a mí mismo (...) Me ha dado una gran sensación de felicidad y de recuperación, vuelvo a sentirme vivo

Desde 2023, los ataques israelíes han arrasado con todas aquellas piscinas y han matado a decenas de alumnos de natación y a seis entrenadores, como mínimo, además de herir a muchos más. Reanudar las clases parecía casi imposible.

“Solo me quedaba el mar, pero el mar es peligroso incluso en verano, hay medusas, olas altas, corrientes fuertes, rocas...”, dice Tantesh. Así fue como ideó el plan de construir nuevas piscinas. Por el bien de los niños de Gaza y como homenaje a su hermano.

Para el hombre también ha sido sanador ver cómo los niños dejan atrás los horrores de la guerra durante el breve tiempo en el que se zambullen en el mar. “En realidad, la primera persona a la que ayudé con este proyecto fue a mí mismo”, admite Tantesh. “Me ha dado una gran sensación de felicidad y de recuperación, vuelvo a sentirme vivo”.

Traducción de Francisco de Zárate.