La portada de mañana
Acceder
La irrupción en campaña de Milei regala otra baza electoral a Sánchez
El bulo del 'Bar España': una venganza nacida al calor del 'caso Alcàsser' y multiplicada
Opinión - 'La extrema derecha y el negocio del descontento', por Alberto Garzón

ANÁLISIS

Por qué la ola de disturbios en Francia acorrala a un Macron cada vez más aislado

París —
21 de octubre de 2026 21:53 h

0

El coro casi unánime de condenas con el que se recibió el discurso a la nación pronunciado por Emmanuel Macron el pasado domingo, tras uno de los días más violentos de disturbios y saqueos en la historia reciente de Francia, fue un claro reflejo de lo debilitado que se encuentra ahora.

Desde su despacho en el Palacio del Elíseo, el presidente pronunció un discurso de ocho minutos en el que expresó su “ira y vergüenza” tras un fin de semana en el que se incendió un ayuntamiento, se saquearon más de 2.000 tiendas, se detuvo a 2.300 personas y resultaron heridos 1.000 policías.

Una protesta de un mes de duración por parte de los alumnos de secundaria, motivada por el deterioro y el hacinamiento de las aulas, se sumó a un descontento más generalizado por el aumento vertiginoso del coste de la vida, la desigualdad que se agrava rápidamente y la reducción del gasto público, lo que unió a estudiantes, profesores, sindicalistas y un movimiento de los 'chalecos amarillos'resurgido.

Esas protestas, en su mayoría pacíficas, fueron rápidamente aprovechadas por grupos enmascarados que incendiaron vehículos, saquearon comercios y causaron graves daños a las infraestructuras públicas, entre ellos el incendio del ayuntamiento de Limoges y la irrupción en el de Marsella.

Macron reconoció la “profunda inquietud” de los jóvenes, pero no ofreció iniciativas políticas concretas, ni una reorganización del Gobierno, ni nuevo gasto público, limitándose a pedir a su primer ministro que organizara consultas y a instar a los políticos de la oposición a que tomaran posición.

Críticas de todos los frentes

La respuesta, en todo el espectro político, fue contundente. La líder de Los Verdes, Marine Tondelier, afirmó que, en lugar de “ni siquiera empezar a hacer ningún tipo de mea culpa”, Macron les convocaba al “despacho del primer ministro como a unos alumnos ante la pizarra”.

En la extrema derecha, Jordan Bardella, de Agrupación Nacional, calificó el discurso de “lamentable” y afirmó que a Macron “ya no le queda nada que decir” a los franceses. La líder del partido, Marine Le Pen, afirmó que el país se encuentra “atrapado en una tenaza entre la violencia y la impotencia”.

Bruno Retailleau, de la derecha, afirmó que Macron estaba “totalmente desbordado”, mientras que, desde la izquierda, Jean-Luc Mélenchon acusó al presidente de recurrir a “la inacción y la brutalidad policial” con la vana esperanza de que las protestas simplemente se apagaran por sí solas.

Quizá lo más perjudicial sea que incluso el antiguo primer ministro de Macron, Édouard Philippe, afirmó que habría preferido “decisiones e iniciativas que pudieran conducir a un retorno al orden y a la restauración de la autoridad del Estado”. “Nuestro país necesita ser gobernado”, dijo.

Es de esperar que surjan críticas por parte de los rivales que se posicionan a seis meses de unas elecciones presidenciales para elegir al sucesor de Macron. Pero su enorme ferocidad pone de relieve su aislamiento, el desdén con el que se le trata y la ira que despierta.

La trampa de Macron

Se trata de una trampa estructural que, en gran medida, él mismo se ha tendido. Macron llegó al poder en 2017 como un presidente “jupiteriano”: una estrategia deliberada destinada a elevar al jefe de Estado por encima de la política cotidiana, proyectando una autoridad distante y una brillantez tecnocrática.

Pero, tras nueve años en el Elíseo, ese estilo prepotente —que, según sus críticos, se debe en parte a la total falta de experiencia política básica de Macron como cargo electo en un ayuntamiento o como diputado por una circunscripción— se ha transformado en lo que se percibe como arrogancia y actitud distante.

A ello se han sumado errores estratégicos catastróficos y los problemas económicos de Francia, que se agravan cada vez más. Macron perdió una mayoría parlamentaria operativa al negarse a hacer una campaña significativa entre las elecciones presidenciales y legislativas de 2022.

Dos años después, disolvió la Asamblea Nacional. Esa apuesta le salió por la culata de forma espectacular, ya que los votantes eligieron un parlamento aún más estancado, dividido entre una izquierda fragmentada, un bloque centrista muy mermado y la extrema derecha de Le Pen.

Sin una mayoría operativa, el Gobierno recurrió repetidamente a controvertidas maniobras constitucionales para imponer leyes sin votación parlamentaria, lo que lo dejó —y a Macron— expuesto a nuevas acusaciones de ilegitimidad democrática.

Las consecuencias para las elecciones presidenciales podrían ser profundas. La coalición centrista construida en torno a la marca de Macron se ha derrumbado prácticamente por completo

A ese estancamiento institucional se suma una crisis fiscal inminente. En décadas pasadas, los presidentes franceses que se enfrentaban a protestas masivas en las calles podían, en la práctica, comprar un cierto grado de tranquilidad social con paquetes de gasto específicos o concesiones del sector público.

Pero la deuda pública francesa, que se sitúa en el 119 % del PIB, se encuentra en su nivel más alto desde 1946. Su déficit presupuestario, del 5,1 %, también se encuentra entre los más elevados de la UE. Simplemente, no hay dinero en el banco para aliviar la presión del coste de la vida que llevó a 550 000 personas a salir a la calle el sábado.

Los mercados están preocupados: los costes de financiación de Francia son más elevados que los de Grecia. Y ante la escasez de opciones fiscales, la respuesta más clara del Gobierno —siguiendo la tradición francesa de siempre— ha sido el uso de gases lacrimógenos y las cargas con porras, a veces contra escolares, lo que ha agravado aún más las tensiones.

Las consecuencias para las elecciones presidenciales podrían ser profundas. La coalición centrista construida en torno a la marca de Macron se ha derrumbado prácticamente por completo. Si las protestas y la violencia persisten, los principales beneficiarios serán los defensores de la ley y el orden de la extrema derecha.

Jean-Baptiste Moreau, un influyente exdiputado del partido de Macron con el que el presidente —en gran medida en funciones— todavía habla de vez en cuando, llegó, según se informa, a sugerir este fin de semana que debería dimitir y convocar elecciones presidenciales anticipadas.

“Macron sigue creyendo que puede cambiar las cosas”, declaró a Le Monde. “Pero, en este momento, Marine Le Pen va directa al Palacio del Elíseo”.