ANÁLISIS
Trump busca (y no encuentra) la vía para doblegar a Irán
En el mes que ha transcurrido desde la firma del Memorándum de Versalles ha quedado claro que aquel documento no certificaba el final de nada. Ni Estados Unidos ni Irán han dejado de golpearse desde entonces, aunque ambos siguen apostando por mantener activo el proceso de negociación que hipotéticamente debería conducir a un verdadero acuerdo de paz.
Visto en perspectiva, resulta evidente que, con aquella firma, Donald Trump tan solo buscaba un alivio puntual de la tensión económica, procurando rebajar el riesgo de un resultado electoral adverso el próximo noviembre. Eso le llevó a suscribir un pacto que apenas escondía el rotundo fracaso de su estrategia de fuerza contra Teherán, en la medida en que ni logró derribar el régimen de los ayatolas, ni tampoco eliminar su programa nuclear o recuperar la libertad del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz.
Lo que ha ocurrido a continuación ha sido, básicamente, un intento desesperado de modificarlo a su favor, aplicando más fuerza bruta. La medida de esa desesperación la da el hecho de que el propio Trump no tiene reparos en declarar abiertamente que está dispuesto a cometer crímenes de guerra, al ordenar ataques contra instalaciones civiles.
Golpear aún más fuerte
En ese contexto asistimos a la materialización de una estrategia que se ajusta a su lema preferido –“paz mediante la fuerza”–, tratando de golpear aún más duro, hasta que Mujtaba Jamenei y los suyos terminen por aceptar los términos de lo que solo cabe calificar como una capitulación. El problema es que esa estrategia no le está dando los resultados soñados.
Por supuesto, la maquinaria militar estadounidense puede llevar a cabo más ataques contra objetivos de todo tipo en territorio iraní, aprovechando especialmente su abrumadora superioridad aérea; pero resulta ilusorio suponer que lo que no ha logrado tras destruir decenas de miles de objetivos, lo vaya a conseguir ahora con unos cientos más. De ahí que el Pentágono esté apuntando a otras opciones militares.
La superioridad militar estadounidense le permite llevar a cabo una operación de desembarco anfibio y de aerotransporte para controlar esa isla. Pero a partir de ese momento, la principal ocupación de sus invasores no sería asegurar el tráfico marítimo en la zona, sino más bien atender a su propia seguridad
La primera de ellas es la generalización de la campaña de bombardeos a todo el territorio iraní, no solo con el propósito de perturbar aún más la vida de la población, sino buscando el colapso económico del régimen. En esa línea ya se están intensificando las sucesivas andanadas de acciones aéreas y el lanzamiento de misiles contra infraestructuras críticas, desde instalaciones portuarias a puentes y estaciones de generación eléctrica, sin olvidar desalinizadoras y fábricas ligadas de algún modo al sistema de defensa nacional.
La segunda supondría una novedad absoluta, sumando a las operaciones navales y aéreas una dimensión terrestre. La invasión y ocupación de la isla de Jarg –donde se concentra el 90% de la capacidad de carga de los hidrocarburos iraníes– parece el objetivo más probable. De ese modo, se obligaría a las fuerzas iraníes a tener que atender un nuevo frente, dificultando aún más la capacidad del régimen para sostener la defensa en la medida en que perdería su principal baza de exportación. Adicionalmente, la presencia de tropas estadounidenses en Jarg y en alguna de las otras islas ubicadas a caballo de Ormuz podría concederle a EEUU una posición de ventaja para hacer realidad su ensoñación de pasar a controlar el estrecho.
Una vez más, cabe entender que la superioridad militar estadounidense le permite llevar a cabo una operación de desembarco anfibio y de aerotransporte para controlar esa isla. Pero a partir de ese momento, la principal ocupación de sus invasores no sería asegurar el tráfico marítimo en la zona, sino más bien atender a su propia seguridad. Jarg se encuentra apenas a unos 20 kilómetros de la costa iraní, lo que permite a los Pasdarán y a las fuerzas regulares iraníes someterlos a una lluvia permanente de ataques, haciendo inviable su permanencia prolongada.
La respuesta iraní
Por su parte, Irán sigue demostrando su capacidad tanto para resistir el castigo, como para responder a los ataques. Y lo hace no solamente contra bases e intereses estadounidenses en la región, sino también contra objetivos de los Estados vecinos, buscando que sean sus gobiernos los que terminen por disuadir a Washington de seguir por esa senda.
Trump no sabe cómo salir del pantano en el que se ha metido. Todo ello, contando con que ya se han encendido las señales de alarma en muchos países (EEUU incluido) por el bajo nivel actual de reservas estratégicas de hidrocarburos
Igualmente, se encarga de seguir atemorizando a armadores y aseguradoras internacionales con ataques puntuales a alguno de los barcos que se atreven a desafiar su control de Ormuz; sin necesidad de lograr un cierre total para dejar claro que no está dispuesto a renunciar a esa baza en cualquier escenario futuro. Y por si eso no fuera suficiente, Teherán parece dispuesto también a activar a su peón yemení, el grupo Ansar Allah, amenazando con hacer lo propio en Bab el Mandeb, lo que tendría un efecto extraordinario en la economía mundial.
En definitiva, Trump no sabe cómo salir del pantano en el que se ha metido. Todo ello, contando con que ya se han encendido las señales de alarma en muchos países (EEUU incluido) por el bajo nivel actual de reservas estratégicas de hidrocarburos. Una nueva interrupción del tráfico por Ormuz y Bab el Mandeb tendría, por tanto, un impacto aún mayor del visto hace cuatro meses e Irán no sería el más perjudicado.