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Elena se autolesionaba en clase y nadie se dio cuenta: “Han intentado tapar el asunto y ya se la han quitado de encima”

Elena (nombre ficticio) tiene 13 años. Divertida y alegre son los adjetivos elegidos por su madre para describirla. Además, Elena saca muy bunas notas, es una niña muy madura para su edad y por las tardes entrena fútbol. El pasado 28 de octubre, a esta madre logroñesa se le paró el mundo cuando descubrió cortes en el cuerpo de su hija. “Tenía heridas en el hombro y más de 1.500 cortes en el antebrazo izquierdo, prácticamente desde la muñeca hasta el codo, cortes incluso cicatrizados y otros cuatro más grandes y algo más profundos en el hombro”.

Aunque existen pocos datos al respecto, porque las estadísticas oficiales solo contabilizan los suicidios o intentos de suicidio, el Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2025 publicado el pasado mes de noviembre recoge que un tercio de los jóvenes españoles, 34,7 %, declaró haberse autolesionado alguna vez, y un 16,5 %, lo hace con frecuencia en la franja de los 15 a los 29 años. Los porcentajes varían un poco en la franja de los 15 a los 19 años. En este caso, el 51,8 % ha tenido ideas autolesivas alguna vez o con frecuencia, mientras que el 17,5 % las ha llegado a experimentar en alguna ocasión y el 18,3 % con frencuencia según el informe realizado por Fad Juventud y Fundación Mutua Madrileña basado en una encuesta online a 1.511 jóvenes de todo el país. La protagonista de esta historia tiene 13.

Me senté a hablar con ella. Si has hecho esto es que estás sufriendo. Cuando le pregunté si había sido en el cole, empezó a llorar

Elana confesó a su madre, días después, que prácticamente la totalidad de los cortes se los realizó en el colegio y en horario escolar. “Algunos se los hizo en el baño durante el recreo y otros muchos en el aula con diversos profesores, desmontaba el sacapuntas encima de la mesa para poder hacerse las heridas”, relata. “No supe por dónde tirar”, confiesa derrotada, “porque la veía súper feliz” a pesar de que Elena terminó el curso pasado con una sensación de vacío. “En varias ocasiones me contó que las niñas de su clase (son menos de diez) quedaban y a ella no le decían nada. Se me caía el mundo encima, pero aunque no salía con gente de clase, sí que lo hacía con otras niñas del equipo de fútbol en el que entrena y con hijas de mis amigas. Académicamente, iba bien así que no le di más importancia”. Aun así, esta madre solicitó el curso pasado un cambio de centro escolar dentro del periodo ordinario, pero no lo consiguió.

El curso finalizó, pasó el verano, llegó la vuelta al cole, al mismo colegio, y el 28 de octubre. “Me ha arañado un gato”, fue la respuesta de la niña cuando su madre le preguntó por primera vez por los cortes y las heridas. “Me senté a hablar con ella. Si has hecho esto es que estás sufriendo. Cuando le pregunté si había sido en el cole, empezó a llorar”.

Yo solo lloraba. No entendía nada, pero me daba cuenta de que algo había que no me concretaba

Al día siguiente, 29 de octubre, esta madre asustada y angustiada acompañó a su hija al colegio para contar al profesorado lo que estaba ocurriendo. “Llegamos al centro a las 7:55 de la mañana, escribí a su tutora para contarle que mi hija estaba en el centro, pero que no iría a clase hasta no hablar con el director para que no pusiera falta”. Esa misma mañana, también habló con la psicóloga. “Me hablaba en todo momento de un incidente puntual del que yo no tenía conocimiento, me decía que habían ocurrido cosas, pero no me concretaba nada. Yo solo lloraba. No entendía nada, pero me daba cuenta de que algo había que no me concretaba”. “No te preocupes”, le intentó tranquilizar la psicóloga esa mañana del 28 de octubre, “hablaré con Elena a lo largo de la mañana”.

Y la mañana pasaba. Las diez, las once, las doce... y ninguna respuesta. “A las 13:00 volví al colegio”. La respuesta del centro cuando la vieron llegar de nuevo fue: “¡otra vez aquí!”, le dijeron a esta madre que solo quería algo de información para poder entender qué le estaba ocurriendo a su hija y saber cómo poder ayudarla. Casi una hora después “bajó la psicóloga y me contó que ya había hablado con mi hija. Su diagnóstico, un problema de autoestima”. Una respuesta que no satisfizo a esta madre que reconoce que se quedó “muerta”. Incredulidad, decepción y enfado fueron algunos de los sentimientos que provocaron en esta madre la respuesta de la psicóloga que, a su juicio, demostraban una “absoluta falta de interés del colegio en abordar el tema, conozco lo suficiente a mi hija y sé que hay algo más detrás de ese rapidísimo diagnóstico”.

No conforme con la valoración y respuesta de la psicóloga, al día siguiente, 30 de octubre, escribió al director del centro. “Eran las 7:26 de la mañana cuando envié el correo electrónico, la respuesta llegó por la tarde, a las 16:41 horas informándome de que no tenía conocimiento de nada”. “Perdona la tardanza en responder”, se justificó el director del centro, “pero debía conocer la situación que me comentas de manos del profesorado y de la psicóloga (que ya había hablado con mi mi hija)”. En esa carta remitida al director, la madre de Elena le pedía información sobre “las medidas que se iban a tomar para realizar un seguimiento exhaustivo de Elena. De no ser así, (y me gustaría no tener que hacerlo), solicitaré a última hora de la mañana a Inspección Educativa que esté pendiente de este caso y que tome las medias que considere oportunas porque actualmente los únicos indicios que pueden desencadenar lo sucedido están relacionados con su situación escolar, sus ganas de volver a intentar un cambio de centro y los cometarios que hace sobre sus sentimientos de vacío entre sus compañeros de clase”.

Quería sacar a mi hija de ese colegio porque no se le estaba dando importancia al problema y no estaban asumiendo sus responsabilidades

Dos días después de que esta madre descubriera los cortes y las heridas en el cuerpo de su hija, el director del colegio le reconoció no tener información a pesar de haberse personado en el centro varias veces y de haber hablado con varios profesionales del mismo. Inspección Educativa fue la siguiente puerta a la que llamó esta madre. “El inspector no contestó a mi correo, le llamé unos días después y así me lo reconoció”, asegura.

El objetivo de esta madre era claro: cambiar a su hija de centro educativo. “Quería sacar a mi hija de ese colegio en el que no se estaba haciendo nada para tratar de solucionar el problema. Es más, quería sacar a mi hija de ese colegio porque no se le estaba dando la importancia al problema y no estaban asumiendo sus responsabilidades. Sé que esta petición en Inspección Educativa (un cambio de centro fuera de periodo extraordinario) tiene que ir acompañada de un informe psicológico y las correspondientes denuncias”, documentos que esta madre aportó. “El mismo día 28 de octubre solicité cita en un centro de psicología de Logroño por la que tuve que pagar 300 euros”. El informe de estas profesionales, y al que este medio ha tenido acceso, refleja las conclusiones y valoraciones de las psicólogas que le atendieron y que se encontraron con una niña “colaboradora, con un discurso coherente y ajustado a la realidad”.

Una niña de 13 años que mostraba “sentimientos de incomprensión y ansiedad ante el entorno escolar y sensación de aislamiento y que en colegio percibe falta de apoyo y desinterés ante las situaciones de acoso y explica las autolesiones como un modo de aliviar tensión y expresar su malestar emocional sin mostrar conciencia de lo que esta conducta supone para su integridad física”. En su evaluación, estas profesionales no detectaron, “a priori, alteraciones cognitivas ni conductas disociativas”, pero al ser una valoración inicial “no se puede descartar la posibilidad de que existan”. Asimismo, en la observación clínica, la psicóloga de este centro de Logroño también señala que “la sintomatología descrita y observada es compatible con un cuadro de ansiedad y afectación emocional secundaria a experiencias de hostigamiento y falta de integración social”. Observan además, baja autoestima, retraimiento social y conductas autolesivas como mecanismo de regulación emocional ante el sufrimiento interno“. Por todo ello, ”y a la vista de la información recabada en este primer impacto, se recomienda el cambio de centro educativo y el seguimiento continuado para abordar la regulación emocional, el autoconcepto y la prevención de nuevas conductas autolesivas“.

El agredido, la agredida en este caso, siempre es quien tiene que irse del colegio

Y junto a este informe psicológico, esta madre también aportó las correspondientes denuncias interpuestas en el Juzgado de Instrucción número dos de Logroño el 1 de diciembre de 2025. Una denuncia a la que esta madre adjuntó más documentación. “En la denuncia también incluí el escrito remitido al director del centro, los correos remitidos a Inspección Educativa, la petición de apertura de los protocolos de acoso y prevención de suicidio, los correos intercambiados con la tutora y diversos informes de urgencias”.

Elena ya no es una alumna de Maristas San José de Logroño. “El agredido, la agredida en este caso, siempre es quien tiene que irse del colegio”, lamenta esta madre a la vez que denuncia la postura del centro que a su juicio “ha intentado tapar el asunto y ya se la han quitado de encima”. Y es que una de las medidas que adoptó el centro fue encargar a otra menor, una niña de su clase, la vigilancia de su hija, “sin que su familia lo supiera y con la carga emocional que esto suponía para esta cría de tan solo 13 años”. Para esta madre es “incomprensible” que ningún docente de este colegio de Logroño se haya dado cuenta de lo que le estaba pasando a su hija. “¡Se ha autolesionado hasta en tres clases diferentes, con tres profesores distintos y nadie se ha dado cuenta!”, reitera incrédula.

No hay que esperar al suicidio para tomar medidas, uno de esos cortes podría haber resultado fatal para mi hija, podía haberse quedado en clase

Solicitó la apertura de dos protocolos, el de acoso escolar y el de prevención, detección e intervención de la conducta suicida. Solo se abrió el segundo, cinco días después, a pesar de la insistencia de esta madre de que también se abriera el primero. “El centro no quiso abrir el protocolo de acoso justificándose en que debía aportar los nombres de los agresores”. Así lo hizo. Facilitó los nombres de dos compañeros. “Por el tortazo de uno de ellos tuvo que acudir a urgencias tal y como refleja el informe emitido posteriormente. La otra hacía comentarios despectivos hacia mi hija por su orientación sexual e incitaba al resto de compañeras a que no fueran con ella y la dejaran sola. Hechos que ya conocía la tutora del curso pasado porque así se lo relaté en una tutoría”. El colegio se mantuvo firme. “Eran hechos pasados y no venían a cuento”, le dijeron a esta madre que, ante esta negativa de abrir el protocolo de acoso escolar, acudió a los juzgados.

“Inspección Educativa también está al tanto de todo lo ocurrido al igual que el Colegio de Educadores Sociales de La Rioja con quien también he estado en contacto”. Y es que la preocupación de esta madre no ha desaparecido a pesar de que su hija ya no está en ese colegio. “No hay que esperar al suicidio para tomar medidas, uno de esos cortes podría haber resultado fatal para mi hija, podía haberse quedado en clase”. Desde el Ministerio de Sanidad han habilitado el teléfono gratuito 024 al que puede llamar cualquier persona y en cualquier momento para la atención a la conducta suicida.

En lo que llevamos de curso 2025-2026, en La Rioja se han abierto 50 protocolos de actuación de acoso escolar. La cifra de protocolos de prevención, detección e intervención de la conducta suicida es bastante más alta: hay abiertos 257, apuntan desde el Gobierno de La Rioja desde donde puntualizan que “estos datos no significan que se hayan registrado esos casos, sino que se han abierto protocolos de actuación ante cualquier indicio para evitar las conductas suicidas y para solucionar conflictos escolares, que no siempre llegan a ser casos de acoso”. Preguntado por este caso en concreto y por la forma de intervención del Gobierno de La Rioja nos han trasladado directamente al Boletín Oficial de La Rioja donde están publicados ambos protocolos.

“El bienestar y protección de los menores”, el objetivo del colegio

Por su parte, desde la dirección del colegio San José Maristas de Logroño puntualizan que “en este caso y en todos los casos relativos al bienestar y protección de los menores, el centro sigue los protocolos establecidos por el Gobierno de La Rioja”. Unos protocolos añaden, “que recogen una parte documental, en la que recabamos y ofrecemos información, y otra propiamente educativa, de intervención, en la que se toman diferentes medidas buscando siempre el bienestar de los menores y las menores”.

Y sobre este caso concreto, la dirección asegura que el “colegio ha atendido a la familia de la alumna cuando lo ha requerido y, además, hemos contactado cuando se ha considerado necesario. Durante el primer trimestre de este curso escolar se han mantenido diferentes entrevistas con la familia de la alumna para informarle sobre su situación y las medidas a adoptar. También se ha informado al Servicio de inspección educativa, como indican los protocolos en este sentido”. Y en cuanto a los profesionales relata que “también han atendido a la menor respecto a su situación en diferentes niveles de actuación: recogida de información, seguimiento educativo y otras medidas específicas acordes a la situación. Diferentes profesionales del centro como profesores, el equipo de orientación educativa, el equipo de bienestar y protección, así como la propia Dirección, hemos atendido esta situación de manera coordinada para dar respuesta a la situación de la alumna y a lo manifestado por ella y por su familia”.

“El bienestar y protección de los menores” insisten que son su “prioridad”. Y de hecho, “el centro dispone de diferentes planes y equipos que buscan el cuidado y acompañamiento del alumnado en diferentes ámbitos que atienden, en primer lugar, a lo que señalan los protocolos autonómicos”. Y concluyen asegurando “estar a disposición de la familia para lo que pueda necesitar” a la que prometen “llamar para atenderla y aclarar lo que se precise”.