Las autolesiones entre los menores que pasan por debajo del radar: “El sistema les entiende mal”
La alarma en torno al empeoramiento de la salud mental de los jóvenes lleva un tiempo sonando. La frustración, el estrés o la creencia de la falta de futuro pueden llevar a muchos menores a realizar conductas desadaptativas por los conflictos que atraviesan. Entre ellas sobresalen las autolesiones no suicidas, escasamente protocolarizadas en los centros escolares para prevenirlas y atajarlas. La formación de familiares y profesorado, así como del propio alumnado, es clave para reducir al máximo estas acciones autolíticas que persiguen aminorar un dolor emocional y no quitarse la vida a uno mismo.
Existen pocos datos al respecto, ya que las estadísticas oficiales solo contabilizan los suicidios o intentos de suicidio. Sin embargo, el Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2025 publicado el pasado noviembre señala que más de un tercio de los jóvenes españoles, el 34,7%, declara haberse autolesionado alguna vez, y un 16,5% lo hace con frecuencia en la franja de los 15 a los 29 años.
Los porcentajes varían un poco en la franja de los 15 a los 19 años. En este caso, el 51,8% ha tenido ideas autolesivas alguna vez o con frecuencia, mientras que el 17,5% las ha llegado a experimentar en alguna ocasión y el 18,3% con frecuencia, según el informe realizado por Fad Juventud y Fundación Mutua Madrileña basado en una encuesta online a 1.511 jóvenes de todo el país. Cualquier persona puede llamar en cualquier momento de forma gratuita al 024, el teléfono del Ministerio de Sanidad para la atención a la conducta suicida.
Falta de manejo emocional
La Fundación ANAR lleva años acompañando y dando soporte a los jóvenes que pasan por un mal momento a través de su número gratuito y activo las 24 horas del día los siete días de la semana: 900 20 20 10. Diana Díaz, la directora de las líneas de ayuda de la entidad, asegura que la conducta suicida es el primer motivo de consulta en los últimos años por el que los adolescentes marcan el número de la Fundación. En 2024 atendieron 286.566 peticiones de ayuda, de las cuales el 43% de las consultas por parte de menores estuvieron ligadas a la salud mental. De ellas, el 7,8% estaban relacionadas directamente con las autolesiones.
Díaz señala que las acciones autolíticas que no buscan terminar con la vida de uno mismo pueden ser la antesala de los procedimientos de conducta suicida. Las autolesiones, normalmente, se llevan a cabo como una forma de encontrar una solución rápida ante un conflicto, y también son una manera de desplazar el dolor emocional al cuerpo. “Al final, se identifica que no solo no se ha resuelto el problema porque ese desplazamiento del dolor es muy efímero, sino que también genera un daño adicional”, apuntilla la integrante de ANAR.
Así, autolesionarse está íntimamente ligado a una dificultad en el manejo emocional. “No tiene que ver con un trastorno psiquiátrico en un principio, pero puede estar relacionado”, apuntilla la especialista. Este comportamiento “desadaptativo” por parte del adolescente es consecuencia de la falta de recursos para resolver el conflicto que padece. Además, se puede dar una situación de bucle si no se rompe la dinámica a tiempo: existe un problema que genera sufrimiento, se produce la autolesión, y llegan los sentimientos negativos como la culpa, la vergüenza y la baja autoestima, lo que puede volver a crear sufrimiento.
La autolesión como castigo
Javier Jiménez, presidente de la Asociación de Investigación, Prevención e Intervención del Suicido (AIPIS), añade que las conductas autolesivas también pueden leerse como un castigo hacia la persona que las experimenta. “Se ve mucho en trastornos de la conducta alimenticia. Si has comido más calorías de las que te permites, es como si fuera un castigo para ver si aprendes y no lo vuelves a repetir”, ejemplifica. Este psicólogo clínico apunta que, por otra parte, las acciones autolíticas pueden llegar a aparecer en “aquellas personas que sienten un vacío tan grande en su interior, con un dolor psicológico tan fuerte, que se provocan dolor físico para atenuarlo”.
Desde su punto de vista, los menores necesitan ser educados en la inteligencia emocional, y para que sepan enfrentarse a los problemas del día a día. “Deben tener más tolerancia a la frustración, porque creo que la sociedad les hiperprotege”, abunda.
Del mismo modo, Jiménez reivindica una mayor formación en los especialistas médicos que abordan la salud mental. “Los graduados en psicología y psiquiatría salen de sus carreras sin haber dado una sola asignatura que les enseñe a detectar una ideación suicida ni conductas autolesivas, y ese es el problema más grave al que se puede enfrentar un profesional, que uno de sus pacientes quiera acabar con su vida”, desarrolla.
A la hora de poder intervenir a tiempo, tanto Díaz como el presidente de AIPIS coinciden en que es esencial tener en cuenta las características personales de cada individuo. Por ejemplo, ser algo introvertido, no comunicar los problemas que afronta o hablar de forma continuada sobre las heridas pueden ser factores indicativos de que puede darse una conducta autolesiva. “El gran problema en España es la atención psicoterapéutica. Si detectas que un chaval se ha autolesionado, tendrás que esperar meses para que le den una cita con un especialista en salud mental”, denuncia Jiménez.
Una realidad silenciosa y muy común
Los colegios e institutos son espacios privilegiados para poder detectar una conducta autolesiva. Sin embargo, la falta de protocolos en muchos de ellos y la carencia de formación hacia el profesorado dejan todavía un camino amplio por recorrer. Carla Orduña, graduada en psicología que actualmente oposita para ser orientadora escolar, ha investigado esta realidad en su trabajo de fin de máster (TFM). “Hice las prácticas en un centro con varios protocolos de prevención del suicidio abiertos y vi que las medidas no funcionaban del todo, y me asustó el número de amagos de suicidio que había”, introduce.
Varios documentos pueden ayudar a saber qué hacer en estos casos. Es el ejemplo del protocolo de actuación que maneja la Junta de Andalucía, u otros como el de Evaluación y manejo de autolesiones de adolescencia: protocolo basado en la evidencia.
La joven opositora de 23 años ha coincidido a lo largo de su vida en numerosas ocasiones con compañeros que han experimentado en un momento u otro las autolesiones. “Esto es mucho más común de lo que nos creemos. Casi siempre he tenido al lado a alguien con cicatrices o que lleva mangas largas para que no se le vean las marcas”, ilustra. Además, los jóvenes encuentran un gran refugio en el mundo online, donde buscan grupos de iguales con quien compartir sus experiencias sin sentirse rechazados. Para combatirlo, varios especialistas realizaron la guía Abre los ojos ante las autolesiones en redes sociales.
Muchos chavales no se hacen daño con la idea de quitarse la vida
Por eso, Orduña orientó su TFM a la prevención de las conductas autolesivas. Lo primero que hizo fue objetivar cómo la inmensa mayoría de protocolos que podían establecer los centros escolares están orientados a prevenir el suicidio, y entienden las autolesiones como conductas suicidas. “Este es el primer error, porque muchos chavales no se hacen daño con la idea de quitarse la vida. Según me contaron en la investigación, lo hacían para acabar con un malestar emocional, como si fuera una forma de gritar o pedir ayuda”, apuntilla.
Protocolos simplistas y datos inexistentes
Orduña reitera que los chavales que se autolesionan no se quieren morir, sino que les faltan estrategias de gestión emocional. “Los protocolos son muy simplistas. Niño que vemos con una marca, niño que metemos en el círculo protocolario contra el suicidio cuando él nunca quiso acabar con su vida. Ese niño pide otro tipo de intervención. El sistema le está entendiendo mal”, asegura la psicóloga.
A todo ello se suma la dificultad para encontrar datos que den viva cuenta de la situación. Los datos oficiales, más allá del Barómetro ya citado, solo recogen el suicidio consumado o intento de suicidio que ha llegado a urgencias hospitalarias. Es decir, una autolesión que comete un adolescente y de la que nadie se entera, o los padres y docentes no dan parte a un centro sanitario, no se contabiliza. Durante su investigación, Orduña pudo atestiguar cómo una decena de alumnos del colegio en el que estaba, con un total de 800, presentaba autolesiones.
Un programa integral de concienciación
Esta joven cántabra no se quedó ahí en su TFM. También creó todo un programa orientado a alumnado, familiares y profesorado para tomar conciencia de cómo atajar esta problemática que ya ha enviado a varios centros educativos interesados en su trabajo tras verlo en las redes sociales.
El punto más importante es el estudiantado, que recibiría charlas formativas sobre gestión emocional, los grupos de edades más cortas, y sobre qué es el suicidio y las autolesiones, los más mayores. “Hay que desmitificar el suicidio. Tenemos que hacer ver que esto pasa, que en un momento dado puedes creer que una autolesión te va a ayudar en algo pero no es así, y explicarlo con normalidad huyendo de tabúes, porque es a lo que están acostumbrados y por lo que lo ocultan a los adultos”, explica.
Por otro lado, se podría crear la figura de “alumno enlace”, es decir, compañeros voluntarios que pueden avisar a algún profesor o al equipo de orientación en el momento en que detecten algo reseñable. “Es más fácil que un alumno busque ayuda en ellos que en un adulto”, destaca la misma Orduña, quien esgrime que un buzón de sugerencias anónimas también podría ayudar a que los amigos de alguien que lo esté pasando mal pueda dar la voz de alarma.
Asimismo, la creación de un espacio seguro, que para esta psicóloga sería el despacho de orientación, ayudaría a que el menor pudiera compartir sus miedos sin ver al profesional como un jefe de estudios que va a reñirle. Por último, establecer grupos de ayuda, sin confundirlo con terapia de grupo, sería una forma de poder comentar cómo se encuentra cada uno de los participantes que han pasado por las autolesiones no suicidas.
Formación para familias y profesorado
De cara a las familias, Orduña propone varias sesiones. La primera abordaría la materia desde una perspectiva teórica. Así, las madres y padres podrían saber qué son las autolesiones no suicidas o sus indicadores. La segunda se centraría en casos prácticos, y daría respuesta a qué hacer si el menor va con manga larga en verano o si él y sus amigos tienen comportamientos algo preocupantes o menciona mucho la muerte y las heridas.
Una tercera sesión estaría enfocada en las rutas de actuación existentes: qué hacer cuando se detecta una autolesión o un riesgo suicida. “Esto es lo más importante. Que alumnos y profesores sepan a dónde ir si ven un caso sospechoso y qué hacer según la gravedad”, reconoce Orduña. Por último, una cuarta sesión se llevaría a cabo con personas que compartirían su experiencia autobiográfica en relación a las autolesiones no suicidas, tanto personas que hayan pasado por ellas como otras que las conocen de cerca, como una enfermera de salud mental.
En cuanto al profesorado, la psicóloga cántabra propone una clase magistral sobre la temática que sea de asistencia obligatoria en la que pudieran aprender cómo detectar un riesgo. “Un profe de mates no tiene por qué saber qué es la ideación suicida, así que podría aprender a ver las señales para dar la voz de alarma”, ejemplifica Orduña, quien se esmera para aprobar las oposiciones que llegarán en 2027. “Yo estoy deseando poder estar en un centro y ayudar a los chavales”, se despide.
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