Las mujeres de negro de La Barranca, las auténticas creadoras de la Memoria Histórica

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“La Barranca no me trae más que malos recuerdos”, dice José Caperos. Para Pedro Navarro sin embargo, La Barranca es símbolo de cariño, “porque ir allí era un día de fiesta”. El primero tiene allí a su padre asesinado. El segundo, a su abuelo. Sensaciones opuestas, recuerdos diferentes pero un denominador común: una historia familiar de represión, dolor y heridas abiertas.

El cementerio civil de La Barranca celebra este 1 de mayo su 40 aniversario. Cuatro décadas desde que se dignificó una fosa común que guarda bajo tierra la historia de 400 personas y sus familias, asesinadas y represaliadas durante la Guerra Civil, en los primeros años tras el alzamiento de Franco.

Sus hijos y nietos son la memoria viva de lo que allí sucedió, la voz que no deja que la historia se apague, para tratar de garantizar así que no se repita. Todos ellos coinciden en una idea: sus padres y abuelos fueron asesinados y allí acabó su dolor, pero sus madres y abuelas son las auténticas heroínas de esta historia, las mujeres valientes que soportaron todo tipo de vejaciones, sacaron adelante a sus familias y consiguieron que aquel descampado cerca de Lardero no se convirtiese en olvido sino en dignidad.

José Caperos: su padre fue asesinado y su madre fue una heroína

Miguel Caperos era concejal de Casalarreina en 1936. Eso le costó la muerte. Fue asesinado en una cuneta y enterrado en La Barranca. Su viuda, Teresa Lumbreras, se quedó sola con cinco hijos y un futuro pintado de negro. Aun así, salió adelante.

José Caperos, uno de los hijos menores, recuerda perfectamente aquellos años. “Mi madre nos tuvo que mandar a Bilbao con un tío a mi hermano y a mí porque se estaba preparando para ser maestra, aunque nunca pudo ejercer. Mis primeros recuerdos son los de los bombardeos en Bilbao, cuando las sirenas atronaban sobre la ría y teníamos que salir como locos a refugiarnos”. El Gobierno vasco evacuó en 1937 a los niños y las mujeres en un barco rumbo a Francia. “Allí me regalaron el primer y único regalo de Reyes que he tenido en mi vida”, recuerda José emocionado, “un avión de cartón lleno de caramelos”.

Tenía apenas cinco años cuando volvió a Casalarreina. “En la estación de Hendaya nos esperaban mi madre y mi tía. A mi madre le habían cortado el pelo, porque no valía con asesinar, tenían que meter el miedo en el cuerpo a los supervivientes. Cuando la vi la abracé con fuerza, pero mi hermano pequeño no la conocía, tenía miedo y se agarraba a mi tía”, recuerda Caperos en un vídeo documental que su sobrino, actual alcalde de Casalarreina, encargó como homenaje a los asesinados y represaliados del municipio.

“A mi madre le he visto llorar muchas veces desconsoladamente”, continúa, “nos reunía en una habitación a los tres hermanos pequeños y, en las noches de invierno nos contaba quién había hecho daño a mi padre y nos decía una frase que se me quedó grabada para siempre: ay hijos, el pobre es el peor enemigo del pobre”.

Le preguntamos, con motivo del 40 aniversario de La Barranca, qué supone este lugar en su memoria y no lo piensa ni un segundo. “La Barranca no me trae más que malos recuerdos, allí tuve por primera vez conciencia de la muerte”, comienza, “con los escasos recursos que tenía mi madre nos llevaba cada año en tren desde Casalarreina a Lardero y luego desde allí andando, en los primeros años medio escondidos. Era un páramo en medio del monte con tres montículos rectos. 'Ahí está vuestro padre, fue uno de los últimos en morir', nos explicaba”.

A pesar de esos malos recuerdos, José cree que La Barranca es fundamental “para mantener vivo lo que pasó”. A su madre la recuerda como “una auténtica heroína porque fueron ellas las que aguantaron, a las que vejaron. Nosotros éramos niños y en la calle jugando se olvidaba todo pero ellas tuvieron que ser valientes y salir adelante. Mi madre era inteligente, arriesgada, nos contó siempre lo que pasaba y nos inculcó que huyéramos de la política porque no traía más que problemas”.

A pesar de todo, José considera que hay algo en lo que tiene suerte: “nosotros al menos tenemos hasta certificado de defunción de mi padre y sabemos dónde está, hay otros muchos que no”.

Pedro Navarro: la memoria viva de La Barranca

Pedro Navarro era un niño cuando su abuela le montaba en una borriquilla cada 1 de noviembre para ir desde su pueblo, Villamediana, hasta La Barranca. “A un lado de la burra ponía las flores y al otro la merienda”, recuerda, “me sentaba delante de ella y así atravesábamos el Iregua para ir a ver a mi abuelo”.

Para él, el monumento a las Mujeres de Negro que se instaló en La Barranca es “una auténtica maravilla” porque “a mi abuelo lo mataron, pero mi abuela se quedó sola, con tres hijos pequeños y todas las dificultades por delante”. Por eso considera que “la Memoria Histórica no se inventó en el año 2007, la inventaron las viudas que iban a La Barranca desde el 1 de noviembre de 1939, la primera vez que hay constancia”.

Navarro, actual secretario de La Barranca, recuerda aquellos primeros años en los que las viudas tenían que pelear con la policía para poder entrar. “Todo estaba rodeado de alambre de espinos y había policía continuamente merodeando y vigilando, pero todo fue siempre pacífico. Les decían que no podían entrar y ellas, sin levantar la voz contestaban: 'cómo no vamos a entrar si ya estamos dentro', porque allí estaban sus maridos”, cuenta, “poco a poco, la cosa se fue flexibilizando y ya en el año 51 un informe de la Policía reconocía que las mujeres iban cada año de forma pacífica y que no había impedimento para dejarlas pasar”.

Por eso, acudir ahora a La Barranca, convertida en un auténtico cementerio, en un monumento al recuerdo, es todo un orgullo para él. “Si levantasen la cabeza los que están ahí y vieran lo que se ha conseguido”...

Aquello marcó su vida para siempre. “Por ser nieto de uno de La Barranca se me ha represaliado, cada vez que pasaba algo en Villamediana, nos llevaban a mí y mis amigos al cuartel de la Guardia Civil. Nos trataban de comunistas sin siquiera tener edad para tener una conciencia política”, señala. “En el 64 me lo pusieron tan difícil que me tuve que ir a Francia pero pronto volví para hacer el Servicio Militar porque si no me iba a convertir en prófugo”.

Para él La Barranca es “símbolo de mucho cariño porque ir allí era un día de fiesta. Hoy eso se ha transformado en orgullo”. Este 1 de mayo Pedro Navarro volverá a ese cementerio que guarda bajo tierra mucho más que la vida de 400 personas. Guarda para él la dignidad y el recuerdo de una historia que debe ser preservada y respetada para evitar que vuelvan a abrirse las heridas.