Aves migratorias

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Si alguien nos hubiera preguntado alguna vez qué opinamos de las migraciones de aves, es posible que hubiéramos contestado algo así: ¿por qué demonios tendría que importarme el destino de unos bichos con plumas que vuelan a cientos de metros de altura por encima de mi cabeza, si mis mayores problemas actuales son sobrevivir al alquiler o la hipoteca, al atasco de las ocho o pagar la factura de la luz, de la gasolina o del supermercado? La respuesta corta es que, si esos bichos dejan de volar, tu pincho de tortilla, tu café matutino o tu cesta de la compra van a empezar a costar todavía más caros. La respuesta larga tiene que ver con nuestra propensión al olvido voluntario de los temas medioambientales debido a nuestro alicorto ombliguismo urbanita, pues la biosfera no entiende de compartimentos estancos.

Para la mayoría de ciudadanos posmodernos, metidos en la burbuja de hormigón y pantallas, la naturaleza ha quedado reducida al decorado idílico de los documentales de la 2 o al lujo dominical para senderistas equipados con ropa de Decathlon. Globalmente pensamos – si es que alguna vez lo hemos hecho- que las aves migratorias son más bien un asunto romántico, tal vez un poema de Bécquer o de Neruda, y nos evocan nostalgias, deseos de libertad y largos viajes a lejanas tierras. Craso error. El fenómeno de las migraciones intercontinentales (aquí podríamos incluir también a las de algunas mariposas, libélulas y murciélagos, o las transoceánicas de ciertas ballenas, tortugas, tiburones o atunes, entre otras muchas) no es un crucero de placer vacacional; es una maquinaria de precisión termodinámica refinada por miles de años de selección natural que sostiene buena parte de la base de nuestra economía real.

Mirando el asunto desde una perspectiva puramente egoísta y utilitaria -que es el único lenguaje que parecemos entender- las aves migratorias no viajan por turismo; viajan persiguiendo el motor termodinámico del planeta. Y, sin saberlo, no solo pueden portar enfermedades, también transportan nutrientes incrementando la productividad de los ecosistemas, polinizan flores y dispersan semillas durante sus desplazamientos, mantienen las cadenas alimenticias con sus depredadores, favorecen la diversidad genética, conectan ecosistemas muy separados y permiten a los animales sobrevivir a los cambios ambientales bruscos. Al hacerlo, actúan como una gran fuerza de intervención ecológica. Multiplicad eso por los miles de millones de aves que cruzan las fronteras invisibles del planeta cada primavera u otoño.

Uno tiene la impresión de que los animales han entendido algo que a nosotros todavía nos cuesta: el planeta es solo uno. Y las migraciones son una de sus grandes arterias. Por eso me resulta especialmente inquietante el último informe mundial de Naciones Unidas: el 22% de las especies migratorias evaluadas se encuentra amenazado de extinción y el 44% está disminuyendo en población (los peor parados son los peces migratorios como el salmón, con el 97% de caída). Y no es que los animales en general y las aves en particular hayan olvidado cómo migrar. Es que cada vez se lo ponemos más difícil. Construimos carreteras allí donde había corredores naturales, urbanizamos extensos territorios, desecamos humedales para la agricultura, contaminamos por tierra, mar y aire como si no hubiera un mañana, llenamos de luces las noches, levantamos infraestructuras energéticas en rutas de paso y alteramos el clima que determina cuándo aparecen los alimentos de los que dependen. Y encima nos sorprendemos de que disminuyen sus poblaciones.

Tengo claro que para proteger a una especie migratoria no basta con proteger el lugar donde se reproduce durante una parte del año. Hay que proteger también los lugares donde descansa, pasa o se alimenta el resto del tiempo, y mantenerlos conectados entre sí. Qué sería de nosotros sin las áreas de servicio de nuestras carreteras. Por eso, Naciones unidas ha identificado cerca de 10.000 áreas de importancia para las especies migratorias. Pero más de la mitad no dispone de la protección adecuada. En consecuencia, opino que las migraciones, de animales en general y de aves en particular, deberían ocupar un lugar mucho más importante en nuestra manera de ver la biodiversidad. Nos enseñan que conservar la naturaleza no consiste en solo salvar especies o lugares concretos, sino también mantener las conexiones que hacen posible su existencia.

Una especie puede desaparecer de un lugar porque hemos destruido un humedal que le servía de descanso a 3.000 kilómetros de distancia. Una población puede desplomarse en Europa porque las condiciones han cambiado en África. Las extinciones, en otras palabras, pueden empezar muy lejos de donde finalmente las observamos. Me gustaría que la próxima vez que veamos una bandada cruzar el cielo no viéramos bichos con plumas que, por necesidad, se marchan o regresan, sino una de las obras maestras de la evolución. Y por qué no también el delicado funcionamiento de un mundo que llevamos siglos tratando como si estuviera hecho de piezas independientes. Los animales no entienden de fronteras políticas y las aves migratorias mucho menos.

Hoy es 10 de octubre, Feliz día Mundial de las Aves Migratorias. Su lema este año es “Cada ave cuenta: ¡Tus observaciones importan!”.