Ordenar el biogás para evitar otro conflicto territorial en La Rioja

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En La Rioja hablamos mucho de transición energética con tecnología de lo más puntero, pero a menudo olvidamos que ya disponemos de un recurso enorme y cotidiano, nuestros residuos orgánicos. Cada año generamos unas 300.000 toneladas de este tipo de residuos entre restos agrícolas, ganaderos, agroalimentarios, urbanos y lodos de depuradora. Una parte importante puede transformarse en gas para generar electricidad y en actividad económica real.

En los últimos años han surgido proyectos privados de plantas de biogás por toda la región. La iniciativa empresarial es legítima, pero la reacción social en todos los casos ha sido el rechazo. Los municipios temen olores, tráfico pesado por el casco urbano, instalaciones demasiado próximas a los pueblos y un reparto muy desigual entre beneficios privados e impactos públicos. La sensación de desorden recuerda demasiado al despliegue acelerado de las renovables eólicas y fotovoltaicas en 2021.

La digestión anaerobia es una tecnología contrastada, segura y ampliamente utilizada en Europa. Convierte residuos orgánicos en biogás y también genera un fertilizante orgánico que reduce la dependencia de químicos importados. Pero para que funcione, hace falta algo que hoy no tenemos que es una planificación territorial clara y un control público del flujo de residuos. Sin ello, la competencia entre proyectos privados acabará generando ineficiencias, conflictos y más rechazo social.

La Rioja, sin embargo, tiene una ventaja que otras regiones no poseen y que son infraestructuras de gestión ambiental consolidadas y gestionadas desde lo público. Por poner un ejemplo, las depuradoras (EDAR) de Calahorra y Nájera o el Ecoparque llevan décadas funcionando, están alejadas de los núcleos urbanos y son conocidas y aceptadas por la ciudadanía. Son lugares donde ya se tratan residuos y donde una planta de biogás encajaría sin generar nuevos impactos.

Aprovechar estos emplazamientos permitiría crear un modelo público coordinado, con colaboración privada, que ordene el territorio y maximice la eficiencia. Las EDAR generan lodos in situ, un sustrato ideal para producir biogás. El Ecoparque ya cuenta con una instalación que lo utiliza para autoconsumo. Y, sobre todo, un sistema público evitaría la competencia por los residuos, garantizaría la trazabilidad y facilitaría la aceptación social.

Además, este enfoque abriría la puerta al biometano. Con plantas bien dimensionadas y coordinadas, la inyección a red se convierte en una oportunidad energética real para la región.

Y llegados aquí nos surge otra pregunta. ¿Este modelo conllevaría un punto de fricción con los gestores públicos y privados de plantas de compostaje que ya operan en la región? Conviene aclarar que la digestión anaerobia y el compostaje no son tecnologías rivales, sino que son complementarias. 

Los residuos húmedos y fácilmente biodegradables son idóneos para biogás, los materiales estructurales y ricos en carbono, para compostaje. En los modelos europeos más avanzados, el digestato del biogás se estabiliza mediante compostaje, cerrando el ciclo y obteniendo un fertilizante de alta calidad.

La economía circular no consiste en repetir constantemente la palabra “circularidad”, sino en cerrar ciclos reales de gestión correcta de residuos como son los orgánicos, fabricar gas con aquellos que lo permiten reduciendo la dependencia de combustibles fósiles y compost con los que no pueden convertirse en gas y con lo que queda al final del ciclo fabricar fertilizantes para el campo. La Rioja tiene residuos suficientes, infraestructuras adecuadas, conocimiento técnico público y privado de sobra y una ciudadanía que quiere soluciones sensatas, no conflictos innecesarios.

Lo que falta en este momento es ordenar, coordinar y priorizar el interés general. Si aprendemos de los errores del despliegue renovable del pasado, La Rioja puede situarse en la vanguardia de la economía circular real. Si no, volveremos a tropezar con la misma piedra.