San Antón y el miedo

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La calle San Antón de Logroño siempre fue una calle comercial. No por decreto ni por nostalgia, sino por pura biología urbana: escaparates, tránsito peatonal, conversación entre vecinos; vamos, lo que se conoce como vida en la ciudad. Era una de esas calles que no necesitaban reivindicarse porque ya eran. Quizá por eso duele más verla apagarse lentamente, como un fluorescente que parpadea durante años antes de fundirse del todo mientras el encargado mira al techo esperando que se arregle solo.

San Antón no se muere de golpe. Se muere por aplazamiento. Por miedo. Por esa cobardía tan moderna que no consiste en huir, sino en quedarse quieto para no molestar a nadie, aunque eso implique renegar del presente y, sobre todo, del futuro.

San Antón pide a gritos una reurbanización. No lo hace con pancartas, sino con locales cerrados, con aceras estrechas y maltrechas, con un tráfico rodado que no entiende que pinta ahí, en el centro de la ciudad, y la sensación general de que ‘antes esto no era así’. Antes fue antes.

Los responsables municipales han decidido que es mejor mirar para otro lado, no vaya a ser que alguien se queje del ruido de las obras, del polvo o de tener que caminar dos manzanas más por no poder aparcar… en doble fila.

Porque aquí el problema no es técnico, ni económico, ni urbanístico. El problema es el miedo. El miedo a las protestas de algunos comerciantes y vecinos que no quieren obras porque son molestas. Como si la alternativa fuera un masaje tailandés y no la lenta agonía comercial. Como si una calle pudiera sobrevivir eternamente en formol. 

Lo más fascinante del caso es que ya tenemos el experimento hecho. Recuerdan lo que sucedió en la calle República Argentina. También céntrica. También comercial. También asediada por las protestas. También con políticos que, en su momento, jalearon e incitaron esas protestas de vecinos y comerciantes para que no se acometieran las obras. 

Las obras se hicieron y hoy, la calle República Argentina parece más amplia, más amable, más limpia y, sobre todo, no está llena de persianas comerciales bajadas como un párpado cansado. 

Pero San Antón tiene además un componente casi literario. Se han perdido dos millones de euros de Fondos Europeos concedidos para acometer la obra. Dos millones. Dinero que no había que rascar del presupuesto municipal ni pedirle prestado a nadie. Dinero que estaba ahí, como una herencia inesperada, y que se ha dejado pasar porque hacer obras es incómodo y molestan a algunos. Kafka habría pedido una caña y se habría quedado a tomar notas.

Gobernar no es caer bien. Es decidir. Y decidir, a veces, implica enfadar a unos pocos hoy para que muchos puedan vivir mejor mañana. La calle San Antón no necesita más paciencia ni más mesas de diálogo eternas. Necesita valentía. Necesita obras. Necesita futuro. Porque una calle comercial no muere cuando hay zanjas. Muere cuando nadie se atreve a abrirlas. Ya se han ido Massimo Duti, Oysho y Bershka… el motor Inditex a la fuga.