Un eclipse permanente de vivienda
El pasado 12 de agosto pudimos hacer algo normalmente imposible. Yo lo viví en uno de los lugares que más me gustan y con alguna de la gente que más quiero. Ese día, al atardecer, pudimos mirar por primera vez a los ojos al Sol. Fue durante menos de un minuto y gracias al eclipse solar total, el primero visible en la Península desde 1905. Mereció la pena la turra que recibimos por todos los medios semanas antes, incluso la que nos dieron los cenizos que quisieron hacerse los especiales. La mereció porque pudimos sentir algo inesperado en un estío que nos aplastaba por el calor y el pesimismo, que ya empiezan a ser sinónimos. Desde el 23 de septiembre, siento que estamos viviendo algo parecido.
Hoy, muchas personas seguimos llenos de rabia y dolor por las crueles formas en que la codicia, el cinismo, las leyes y las políticas públicas han matado a Maricarmen. Pero la rabia es un buen estimulante y esta vez, ya desde ese 23 que la echaron de su casa, ha movilizado algo que llevaba tiempo dentro de nosotros. Lo expresó muy bien Milky, batería de Biznaga, en la acampada: “¿Qué coño esperabais con tanta injusticia y con tanto dolor? ¿Que no íbamos a salir a las calles a hacer lo más complicado, que es poner el cuerpo, que es poner la imaginación, que es poner la creatividad, que es juntarnos y luchar por lo que nos pertenece?”.
Lo que nos pertenece y por lo que se está luchando —esto hay que aclarárselo a los suspicaces— no son las casas que alquilamos, aunque sean nuestras casas. Lo que nos pertenece son nuestras vidas. La posibilidad de llevarlas adelante con cierta ilusión y sin el temor constante a un desahucio, una subida de la renta o un desplazamiento a kilómetros de nuestro trabajo y nuestra gente. Son las vidas, por cierto, de los inquilinos pero también de los propietarios. Porque la sombra de la desigualdad y la segregación que lleva años extendiendo el problema de la vivienda afecta a toda la sociedad.
Muchos insisten en el frentismo y resuelven el asunto como un enfrentamiento entre unos y otros. Otros extienden el síndrome de la solución singular y proponen construir más, construir más y construir más como un niño enfadado que pretende tener razón sólo por insistencia. También están los miserables, los que se han alejado tanto de la empatía que no pasarían una prueba de humanidad. Y luego hay muchísima gente que lo reduce todo a un asunto partidista, supongo que enterrados en décadas de información política reduccionista. No lo entienden, pero no importa. Esto es tan excepcional como la posibilidad de mirar al Sol sin quedarte ciego.
Se ha abierto una brecha que se está haciendo inmensa. Se ha interrumpido todo para hablar del principal problema social de nuestro tiempo. Hay un eclipse permanente de vivienda que nos permite, por fin, mirar a la cara al modelo económico y expresarle nuestro rechazo. Vamos a estar así hasta que cambie, porque, si no, no podremos estar. Vamos a estar así hasta que cambie porque, debajo de la rabia, nos impulsa la esperanza.