ENTREVISTA - Música
María Arnal: “La historia de la voz sintética está totalmente teñida de patriarcado”
María Arnal (Badalona, 1986) atiende la llamada telefónica de elDiario.es en plena vorágine: ensaya, prepara un nuevo single para este viernes y hace las maletas para pasar un mes en Japón, donde el 29 de agosto estrenará en el Teatro Bunkamura de Tokio un espectáculo sobre El pabellón de oro, de Yukio Mishima, dirigido por el coreógrafo Marcos Morau. “Este verano todo es muy intenso, pero muy guay a la vez”, resume.
El sábado, antes de ese salto a Japón, sube al escenario de La Mar de Músicas en Cartagena, festival al que ya vino a tocar en 2021, con Marcel Bagés, y donde ahora presentará canciones de su primer disco en solitario, 'AMA'.
Este sábado toca en Cartagena. ¿Va a interpretar ya el tema que estrena el viernes?
Sí, exacto. En el directo nuevo hay un montón de temas inéditos, la única manera de escucharlos es viniendo a los conciertos. El disco tiene una dimensión muy digital, así que para mí era importante que hubiera también una parte de cuerpo a cuerpo, de recordar cómo es escuchar la música por primera vez junto a la gente. Por eso he ido sacando muchas de estas canciones antes que el disco, para vivir esa primera escucha frente a frente con el público.
La última vez que actuó en La Mar de Músicas fue hace cinco años. ¿Cómo ha cambiado su manera de subirse a un escenario desde entonces?
Paré del ciclo disco-gira unos tres años buenos, porque me dediqué sobre todo a hacer música para danza, cine, instalaciones e investigación. Fue el fin del proyecto con Marcel [Bagés], que ya estaba en un momento poco creativo. Me di el permiso de salir de ese ciclo y hacer solo lo que me apeteciera, sin urgencia ni vértigo. De ahí salieron cosas que me han alimentado muchísimo: gané la beca de la Comisión Europea, trabajé con el Barcelona Supercomputing Center, hice instalaciones con recorrido internacional. Este disco es la confluencia de todas esas facetas.
Se le nota el poso escénico en el directo.
Claramente, hay algo indudable: mi corazón es folk. Nunca me he ido del folk, lo que pasa es que ya no voy con guitarras. Me acompaño de mis propias voces, de mis voces clonadas, de instrumentos antiguos como órganos, de sonidos de la realidad, como puertas. Es como abrir una puerta y encontrarte con hectáreas de posibilidad.
No empezó a tomarse la música en serio hasta que sufrió un accidente, se rompió el fémur y descubrió el archivo de Alan Lomax. Antes pensaba que la música no era para usted.
Como mis padres son profesores, tenía metida la idea de que si desde muy pequeña no seguías el camino que tocaba —conservatorio, superior— esa posibilidad ya no era para ti. Era un pensamiento súperlimitante. Cuando me rompí la pierna volví a casa de mi madre y recuperé la guitarra de mi adolescencia. Cantar me sentaba mejor que el Nolotil, y pensé que eso tenía que ser más central en mi vida. No tenía más ambición que dedicarle más tiempo, y de ahí, poco a poco, empecé a crear mi equipo, hasta que se convirtió en mi camino.
Esa historia me recuerda a la de Mari Trini, que también sufrió una enfermedad y descubrió la guitarra en la cama.
No la conocía, ¡qué fuerte! Hay bastantes artistas a los que les pasó algo parecido, Frida Kahlo por ejemplo, gracias a tener tanto tiempo de rehabilitación. Es una manera de salirse del cuerpo. Cuando haces hiperfoco en algo tienes la sensación de que el cuerpo ya no pesa. Te juro que en ese momento sentía que la música me sentaba mejor que cualquier medicación.
En 'AMA' ha clonado su voz con modelos de inteligencia artificial desarrollados en el Barcelona Supercomputing Center. ¿Qué ha aprendido de su propia voz al escucharla reproducida por una máquina?
Que lo precioso es justo todo lo que no es reproducible: el error, el detalle único. Hoy podemos clonar dimensiones de la voz —tímbrica, rítmica, melódica, fonética—, pero todas a la vez, de forma perfecta y humana, no se consigue. Clonar persigue una idea de ideal que en realidad te devuelve el error, la rugosidad, el fallo, y me parece precioso como aprendizaje. Mi manera de usar las voces digitales es extremadamente artesanal: modelos que hay que editar y mimar mucho, entrenados solo con datos de mi propio cuerpo.
En directo, esa voz sintética cobra cuerpo a través de las bailarinas.
Llevan unos brazaletes que desarrollamos con el Intelligent Instruments Lab, un laboratorio de instrumentos digitales de Islandia donde hice una residencia. Con ellos accionan mis voces sintéticas con sus coreografías: en realidad son un coro de baile que suena con mi voz. El directo es para mí un lugar de experimentación; creo que me viene de mi madre, profesora de ciencias, que siempre me transmitió esa curiosidad, esa idea de que todo en la realidad puede intervenirse con otra cosa.
El tema 'Que me quiten' recorre siglos de castigo y violencia hacia las mujeres. ¿Cómo se construye una canción a partir de una genealogía tan larga sin caer en la denuncia panfletaria?
Era importante que interpelase, pero mantuviera un tono poético, no panfletario: cuando las palabras están tan manidas ya no puedes vivir en ellas, las rechazas y dejan de decir nada. Empecé buscando imágenes muy literales, pero muy poéticas a la vez, casi como una enumeración, y luego fui viendo qué versos eran más musicales, jugando con recursos fonéticos como la repetición de consonantes.
La necesitaba escribir por lo que ha vivido mi cuerpo: por mucho que me clone, siempre habrá algo que mi cuerpo tiene y esas voces sintéticas no tendrán. Me interesaba hablar del feminismo desde esa consciencia corporal. Es una canción que solo podía escribir ahora, no hace diez años ni cinco: tenía que vivir todo lo que he vivido para poder escribirla. Ahora soy millones de veces más feminista que a los veinte años, cada vez más consciente de lo injusto de este sistema, de lo aprendido que está el patriarcado. Y esta canción me reafirma, me pone en un lugar de fuerza: no es tanto rabia como la voluntad de seguir estando aquí, diciendo estas cosas.
El disco nace también como una carta a su prima, fallecida tras perder a sus padres por el sida, en un contexto marcado por el silencio.
Sí, toda la familia murió de sida. Ella falleció cuando yo tenía trece años y ese secreto estuvo guardado mucho tiempo. 'AMA' son sus iniciales, pero también quería que mi primer disco en solitario, el primero en el que hablo desde mí misma y no en representación de nadie más, naciera de la fuerza de amor más grande que he sentido, de la primera herida real de mi corazón. Los trece años fueron además un momento clave en mi desarrollo, en el cambio de mi voz y de mi cuerpo. Por eso este disco ha sido también el ejercicio de aprender a ser el ama de mi propio proyecto, de mi voz y de todas mis voces sintéticas.
Y esa historia está muy teñida de patriarcado: la voz femenina es una extensión del cuerpo femenino, y la voluntad de imitarla fuera del cuerpo es antiquísima. El órgano imita la voz humana, pero como voz de Dios, no de un cuerpo femenino; por eso está en el disco. A finales del siglo XIX hubo un boom de máquinas parlantes que reproducían la mecánica de la laringe y los pulmones y luego les ponían una máscara de mujer, inventada por señores. Es la misma idea que hay detrás de Siri. Yo, en cambio, soy el ama de mi propia voz sintética, y no he usado más datos que los de mi propio cuerpo. Además, la A y la M son los dos primeros fonemas que aprende a reproducir la voz humana, algo fisiológico y no cultural: por eso la palabra madre lleva la M y la A en casi todos los idiomas, ya que la M la entrenamos mamando del pecho de nuestra madre.
Es un disco compuesto a partir de improvisaciones vocales, y la letra llega al final. ¿Cómo cambia el proceso creativo cuando la palabra llega la última?
Ha sido muy divertido porque normalmente lo hacía al revés. Aquí la letra llega cuando la música ya está clarísima, y eso ha liberado mucho la composición: las canciones no están tan cuadriculadas ni limitadas por la rima, y son muy distintas entre sí porque nacen de la voz cantada y no de la voz escrita.
El disco incluye un madrigal en pleno álbum digital.
Musicalmente, la polifonía es algo muy central porque estoy yo con todas mis voces. A nivel compositivo me encanta el Renacimiento, ese momento en que la polifonía deja de hablar de Dios y empieza a hablar del estado interno de quien canta. Como el disco tiene esa mirada interior, me parecía interesante dialogar con ese tipo de composición.
¿Y después de Cartagena, hacia dónde va su voz? ¿Japón marcará también el sonido?
La música que estoy haciendo para Japón es lo más folk que he hecho en muchos años: cuerdas mediterráneas y japonesas, shamisen, tambores, laúd, bandurria, viola de rueda, todo menos guitarras, y taiko, los tambores japoneses. No va a ser un disco, sino un espectáculo: habrá que ir a Tokio a escucharlo.
Curiosamente, empecé estudiando traducción de japonés y lo dejé a los dos años porque me pareció un mundo demasiado difícil; me pasé a las lenguas románicas —italiano, francés, portugués, catalán, castellano—. Ahora vuelvo a Japón, esta vez a trabajar por primera vez. Estoy tan hiperfocalizada en la música que casi todo lo que leo tiene que ver con ella: ando con El pabellón de oro, de Mishima, entre manos, para entender bien lo que ha hecho Marcos Morau con el espectáculo.