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No son molinos, son gigantes

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Un grupo de menores de 1º de primaria de un colegio público de Murcia va de excursión a conocer el barrio. En la salida visitan la panadería, donde le regalan un panecillo a cada uno. Después pasan por la carnicería y allí charlan con su amigo el carnicero, que les ofrece algo de embutido. La última parada es la plaza de abastos, donde el puesto de frutería les invita a coger fresas y fruta partida que ha preparado. Esta excursión forma parte de su currículo educativo, en el que estudiarán el barrio donde viven, los comercios y el entorno próximo. Al día siguiente, la maestra les pide a los alumnos que hagan un dibujo de lo que más les ha gustado de la salida del día anterior y la mitad de los niños y niñas, dibujan la fachada de una casa de apuestas que hay enfrente del colegio con sus saludables deportistas luminosos que no representan, en absoluto, la realidad de las apuestas y los juegos de azar.

Los niños y niñas no son ajenos a su entorno, la normalización de este tipo de locales es un cáncer perverso y silencioso que dará la cara en la adolescencia y edad adulta. Los locales de apuestas pueblan nuestros barrios, forman parte del paisaje cotidiano y los más pequeños asumen que la vida es así. Cada centro educativo tiene su local de apuestas de referencia a menos de 500 metros y la laxitud en los controles de acceso permite a los menores de edad entrar en ellos a pesar de que no es legal. El estudio realizado en 2023 por el Servicio de Salud del Ayuntamiento de Murcia indica que tres de cada diez jóvenes ha jugado presencialmente en este tipo de locales y que comienzan a los 15 años. Las empresas de juego en la Región de Murcia se benefician de una obsoleta ley de 1995 que les permite campar a sus anchas en todo el territorio, porque aquí, amigas, se legisla a demanda de la patronal del juego y no hay distancias mínimas a los centros educativos ni tampoco están regulados los horarios.

La semana pasada asistíamos a una operación de blanqueo cultural de este tipo de negocios: el programa Gouon financiado por Orenes. Hasta aquí no debería haber ningún problema, una empresa privada que convoca un concurso de artistas, perfecto. Lo más grave es que se hace con la complicidad de las instituciones públicas, centros de enseñanza de estudios reglados y centros culturales que se han prestado a ser cómplices del blanqueo. ¿A quién no le va a gustar una convocatoria cultural para el talento de los jóvenes?

El año pasado,  según el informe del Ministerio de Consumo,  las empresas de juegos de azar y apuestas se embolsaron en la Región de Murcia 72,1 millones de euros en juego presencial y 18,8 millones en juego online. Estamos hablando de que los murcianos apostaron 90,9 millones de su dinero. La iniciativa es una jugada maestra, los murcianos gastan un pastizal en apuestas, y ellos ofrecen 100.000 euros para una convocatoria artística a la que le sacan el pringue no solo en la foto, sino que obtendrán cantera de artistas para su casino y sus locales, ya que según las bases de la convocatoria, aquellos artistas que consigan pasar las audiciones serán contratados para formar parte del elenco del Casino Odiseo en la temporada veraniega.

Al gigante Orenes la operación le sale redonda, por 100.000 euros cuenta con el aval de las instituciones, consigue espectáculos nuevos y ya tiene la foto en el interior de su casino con representantes de conservatorios de música y danza, de la Escuela de Arte Dramático, de las industrias culturales públicas, del centro de arte contemporáneo de referencia y de la red de teatros y auditorios. Todas estas personas posaban sonrientes junto al secretario general de la mayor empresa de juego de la región, que también tiene tentáculos nacionales e internacionales. Mientras tanto el programa municipal Reactivos Culturales, que básicamente era el mismo tipo de convocatoria para artistas que propone Orenes, ha desaparecido, del mismo modo que borraron hace años el concurso regional para varias disciplinas artísticas Murcia Joven.

Bajo las luces de neón de casinos, las imágenes deportivas y el divertimento cabaretero parecen inofensivos molinos, salpicando las calles y los barrios junto a los colegios, pero donde vosotros veis molinos, otros vemos gigantes. Y seguiremos embistiendo contra ellos, aunque sea una gesta quijotesca.

Un grupo de menores de 1º de primaria de un colegio público de Murcia va de excursión a conocer el barrio. En la salida visitan la panadería, donde le regalan un panecillo a cada uno. Después pasan por la carnicería y allí charlan con su amigo el carnicero, que les ofrece algo de embutido. La última parada es la plaza de abastos, donde el puesto de frutería les invita a coger fresas y fruta partida que ha preparado. Esta excursión forma parte de su currículo educativo, en el que estudiarán el barrio donde viven, los comercios y el entorno próximo. Al día siguiente, la maestra les pide a los alumnos que hagan un dibujo de lo que más les ha gustado de la salida del día anterior y la mitad de los niños y niñas, dibujan la fachada de una casa de apuestas que hay enfrente del colegio con sus saludables deportistas luminosos que no representan, en absoluto, la realidad de las apuestas y los juegos de azar.

Los niños y niñas no son ajenos a su entorno, la normalización de este tipo de locales es un cáncer perverso y silencioso que dará la cara en la adolescencia y edad adulta. Los locales de apuestas pueblan nuestros barrios, forman parte del paisaje cotidiano y los más pequeños asumen que la vida es así. Cada centro educativo tiene su local de apuestas de referencia a menos de 500 metros y la laxitud en los controles de acceso permite a los menores de edad entrar en ellos a pesar de que no es legal. El estudio realizado en 2023 por el Servicio de Salud del Ayuntamiento de Murcia indica que tres de cada diez jóvenes ha jugado presencialmente en este tipo de locales y que comienzan a los 15 años. Las empresas de juego en la Región de Murcia se benefician de una obsoleta ley de 1995 que les permite campar a sus anchas en todo el territorio, porque aquí, amigas, se legisla a demanda de la patronal del juego y no hay distancias mínimas a los centros educativos ni tampoco están regulados los horarios.