No hacen falta ciudades escaparate
Las ciudades no se miden por su infraestructura o su marketing sostenible, sino por la calidad de vida de las personas que las habitan. La ciudad de los “15 minutos”, de la que se ha hablado tanto, de nada sirve que todo esté a un paseo de distancia si el tejido social que trabajaba allí ha sido expulsado a la periferia por la vivienda prohibitiva. El hacinamiento en pisos compartidos o la emancipación tardía a los 31 años anulan el espacio personal y el descanso, que son la base para que cualquier sociedad prospere. Si el alquiler consume el 50% o más de los ingresos, el consumo local se reduce a la pura supervivencia, asfixiando los comercios que dan vida a las calles. La verdadera seguridad no emana de una mayor presencia policial o de plazas diáfanas de hormigón, sino de la cohesión social y de no dejar desamparados a los vecinos y vecinas bajo los puentes.
Una ciudad amable no es la que estrena parterres cada cuatro años, sino aquella donde la gente mayor (las “Maricarmenes”) puede envejecer con dignidad, seguridad y un sentido de pertenencia.
Pamplona también encarna a la perfección esa dolorosa paradoja urbana. Por un lado, las estadísticas y los rankings la ensalzan sistemáticamente como la ciudad con mayor calidad de vida del Estado y una de las mejores de Europa, destacando su seguridad, sus espectaculares zonas verdes y sus servicios públicos. Sin embargo, si rascas esa superficie de “ciudad ideal”, te chocas de frente con el muro de la vivienda.
La paradoja de los “15 minutos” bajo el control de precios. El Gobierno de Navarra ha tenido que declarar Pamplona y su comarca como Zona de Mercado Residencial Tensionado para intentar frenar la sangría. Aunque se ha logrado contener el precio medio del alquiler en torno a los 11,6 €/m², la realidad en barrios históricos y universitarios como el Casco Antiguo (12,5 €/m²) o el Segundo Ensanche (11,9 €/m²) sigue expulsando a los vecinos.
Pagar un alquiler medio en Pamplona en los nuevos contratos se sitúa en 796,2 euros en el segundo trimestre de este año, mientras fuera de las zonas tensionadas sube un 4,7%, y supera los 1.000 euros si se buscan pisos completos en portales inmobiliarios generales. Teniendo en cuenta la precariedad juvenil, la consecuencia directa es pisos compartidos obligatorios para estirar el sueldo o jóvenes atrapados en casa de sus padres.
El informe del Eurobarómetro sobre la calidad de vida en las ciudades europeas, marzo de 2025, adaptado a Pamplona lo deja claro. Mientras que el 98% de los vecinos y vecinas dicen que la ciudad es maravillosa para vivir, un abrumador 88,3% confiesa que es casi imposible encontrar una vivienda asequible. Pamplona es la penúltima ciudad de toda la Unión Europea en este indicador.
De nada sirve tener los parques de la Vuelta del Castillo o la Taconera impecables si las “Maricarmenes” de San Jorge, Iturrama o la Rochapea ven cómo sus nietos tienen que mudarse a la periferia o a pueblos de la Comarca de Pamplona porque la capital se ha vuelto económicamente prohibitiva. Pamplona tiene el diseño de una ciudad amable, pero corre el riesgo de quedarse sin gente que pueda pagarse el derecho a disfrutarla.
También es urgente regular y limitar la proliferación de pisos turísticos y la especulación que desplaza al comercio local de los barrios céntricos como el Casco Antiguo o el Ensanche. Suspender licencias de cambio de uso de locales a viviendas de lujo o apartamentos turísticos ayuda a mantener el tejido residencial tradicional.
En Pamplona, el sinhogarismo ha dejado de ser un problema invisible para convertirse en una fractura social evidente en los portales, los cajeros y debajo de los puentes del río Arga. Los colectivos sociales y las entidades vecinales que trabajan sobre el terreno estiman que hay unas 200 personas viviendo en la calle de manera permanente en Pamplona. Desde estos colectivos de apoyo se denuncia que los recursos siguen siendo insuficientes y que los criterios de arraigo (como exigir tiempo mínimo de empadronamiento para optar a ciertas plazas de media estancia) siguen dejando a decenas de personas fuera de los albergues durante el invierno. El sinhogarismo en Pamplona ya no es algo coyuntural, sino el reflejo de que el mercado de la vivienda ha expulsado por completo a los eslabones más débiles de la cadena.
Cuando hablamos de “mezcla de usos del suelo” como clave de ciudades sanas, vivas y sostenibles no me refiero a un Carrefour 24h en el bajo y unos apartamentos turísticos (Airbnbs) en las plantas superiores. La vivienda también es urbanismo. Quizá sea, de hecho, el urbanismo más básico de todos.
La financiarización de la vivienda, los fondos inversores de capital y la concentración de vivienda en manos de grandes tenedores amenazan todo lo que sabemos que una ciudad es, un punto de encuentro, un lugar de conocimiento, de cultura, de tradiciones que se pasan por generaciones.
Por cierto, llamar buitres a estos fondos inversores de capital es muy injusto para el ave rapaz de ese nombre. El buitre espera, pero no mata: limpia, recicla la muerte, evita enfermedades y cumple una función esencial en el equilibrio del ecosistema. Los 'fondos buitre' son una de las perversiones del lenguaje, que hay que cambiar en los medios y en otros lugares.
Pero volviendo al brutal e inhumano trato que ha sufrido Maricarmen, estos días nos están demostrando la importancia de la movilización, para hacer frente a la realidad actual del mercado de la vivienda, el cual, por causas políticas, impide ejercer uno de sus derechos fundamentales como es el acceso a un hogar digno. Tienen razón en protestar porque, como estamos comprobando, para avanzar socialmente es necesario que la ciudadanía se movilice.