Las sombras del PSIS de Etxabakoitz
El pasado miércoles 23 de septiembre se publicaba la noticia de que se había aprobado en la Comisión de Ordenación del Territorio el Plan Sectorial de Incidencia Supramunicipal de Etxabakoitz (PSIS), que permitirá construir 11.500 viviendas, la mitad de ellas protegidas y a precio asequible.
En su presentación, tanto la presidenta del Gobierno de Navarra, María Chivite, como el consejero de Cohesión Territorial, Óscar Chivite, subrayaron “la importancia de poner a disposición de la ciudadanía suelo para vivienda protegida y pública, de acuerdo con las necesidades de la sociedad. También señalaron que el proyecto permitirá a Pamplona y su comarca ganar espacios públicos, zonas verdes y corredores de movilidad”.
Sin restar valor a estos beneficios, el proyecto genera una gran preocupación vecinal, por las dinámicas hídricas del río Elorz y su confluencia con el río Sadar. Hay zonas, como en el Sadar por la zona de universidades que literalmente se mete el cauce en un tubo, y, el llamado “efecto tapón” o de traslación del riesgo río abajo es una de las principales críticas técnicas y ambientales frente a las modificaciones agresivas en los cauces. Al sobreelevar cotas de terreno y encauzar artificialmente un tramo, se altera drásticamente la llanura de inundación natural. Esto provoca consecuencias físicas inmediatas: el agua acelera su velocidad al reducirse el espacio de fricción natural y busca espacio en las zonas contiguas que quedan topográficamente más bajas, agravando las inundaciones en los municipios vecinos. Este fenómeno vulnera directamente el principio de gestión solidaria de cuencas promovido por la Directiva Marco del Agua de la UE, la cual exige que las soluciones a las inundaciones en un punto no trasladen el problema a los habitantes de aguas abajo.
Lo que hoy es una extensa llanura aluvial, aguas abajo del Grupo Urdánoz, se convertirá en un pasillo estrecho del río Elorz franqueado por muros. La propia Declaración Ambiental, que se publicó el 21 de julio en el BON, lo reconoce: “3. En ese mismo tramo del ”Sector S3: Harinera“ la amplitud del cauce se estrecha enormemente en la margen izquierda, concretamente junto a tres-cuatro manzanas de bloques de edificios en ”U“ y en una longitud de cauce aproximada de 250 metros. Existe un punto donde solo se dejan 16 metros de distancia entre el vial peatonal y la orilla del río.” ¿Pero esto es un urbanismo moderno junto al río Elorz? ¿De verdad teniendo, además, el grave problema heredado de inundabilidad en el Grupo Urdánoz?
Actualmente, se está trabajando a nivel estatal en un real decreto para incorporar el riesgo de inundación en el planeamiento urbanístico, pero me temo que llegará tarde y que no reducirá la vulnerabilidad en el enorme parque edificado e industrial existente.
Se urbaniza en zonas de inundación asumiendo que “elevar el terreno” o sobredimensionar desagües soluciona el problema, cuando en realidad lo que se hace es trasladar el riesgo aguas abajo y crear una falsa sensación de seguridad.
Una de las grandes contradicciones del urbanismo contemporáneo radica en la gestión del riesgo geotécnico e hidráulico, ejemplificada en el uso sistemático de cimentaciones profundas. Debido a que el Código Técnico de la Edificación (CTE) prohíbe apoyar estructuras sobre rellenos antrópicos no consolidados, se recurre de forma generalizada al pilotaje. Si bien esta técnica garantiza la estabilidad estructural del edificio frente a las cargas, no mitiga la vulnerabilidad ambiental del entorno. El agua, al recuperar su espacio natural, erosiona los suelos colindantes y compromete gravemente la infraestructura urbana perimetral, dejando desprotegidas las vías públicas y las redes de abastecimiento y saneamiento.
Por otra parte, diseñar aparcamientos subterráneos en llanuras aluviales -incluso en la narrativa moderna de adaptarlos para el coche eléctrico- es un riesgo mayúsculo. No solo se crean ratoneras hidráulicas difíciles de evacuar, por falta de previsión de las inundaciones freáticas, sino que la presencia de baterías de litio y sistemas eléctricos en zonas inundables añaden un peligro severo.
Se sigue aplicando una mentalidad basada en “domar” el río mediante hormigón y movimientos de tierras, en lugar de aplicar un principio básico de precaución: no construir donde el agua va a entrar. Lamentablemente, el enorme parque edificado e industrial ya existente en zonas de riesgo estructural es el gran olvidado en la planificación, que suele mirar al futuro, pero ofrecen pocas soluciones de adaptación, como la relocalización incentivada para lo que ya está en pie.
Una pregunta clave es, ¿si se meten millones de euros en ingeniería pesada (muros, elevación de parcelas, encauzamientos y balsas), queda resuelta la inundabilidad para esas 11.500 viviendas y otras aledañas existentes? La ingeniería tradicional se centra en que el río no entre (inundación fluvial), pero olvida el agua que cae del cielo (inundación pluvial). Al construir 11.500 viviendas, se impermeabilizan cientos de hectáreas con hormigón, viales, techos y aceras, disminuyendo el tiempo de concentración. El agua de lluvia no puede infiltrarse en el suelo. Todo ese volumen va directo e inmediato a los colectores y alcantarillas. Si el río principal ya va lleno, los desagües no pueden evacuar por gravedad, el sistema entra en carga y la urbanización se inunda desde dentro por sus propias alcantarillas. Y, eso ha pasado en el Grupo Urdánoz, construido entre los años 1954 y 1959, en zona inundable y de flujo preferente, y que sorprendentemente no entra en el PSIS actual. Es la oportunidad de realizar una Retirada Estratégica de las viviendas del grupo Urdánoz con la previsión de un realojo por fases en la nueva edificación prevista.
En un volumen de edificación tan descomunal como 11.500 viviendas, confiar exclusivamente en la ingeniería del siglo pasado es firmar una hipoteca de riesgo muy alta para las próximas décadas, sobre todo en la previsión de cambio climático con lluvias cada vez más torrenciales.