“No puedo ser la madre que me gustaría”: por qué la maternidad resulta tan imposible para las 'millennials'
Una mañana temprano, desesperada, Katherine cogió el móvil y le preguntó a ChatGPT cómo hacer que su vida funcionara. Introdujo su horario de trabajo, el horario laboral de su marido, los días en que su hija de tres años tenía escuela infantil, el horario escolar —además de los horarios de antes y después del colegio— de su hija de seis años; la flexibilidad que le ofrecía su trabajo y el apoyo que recibía de los abuelos, y le preguntó a la IA si podía ayudarla a que las cosas le resultaran un poco más llevaderas.
Le contó al chatbot que se levanta entre las 5:00 o las 5:30 de la mañana, para poder “adelantarse a los niños”. Aprovecha ese tiempo para ducharse tranquilamente, empezar a preparar la fiambrera de su hija o, si le va muy bien, hacer un poco de ejercicio. Las niñas se despiertan entre las 5:30 y las 6:00 de la mañana y, a partir de ese momento, empieza una frenética carrera para tenerlas listas para salir hacia el colegio y la guardería a las 7:00 horas. No es precisamente el comienzo tranquilo del día que a ninguna de ellas le gustaría.
“Bajan y quieren un abrazo en el sofá, y yo no paro de decirles: 'Lo siento mucho, tengo que preparar las fiambreras'”, cuenta Katherine.
Tras el frenético sprint doméstico, las niñas salen por la puerta con su padre, que las deja de camino al trabajo y las recoge al final del día.
“Entonces tengo muy poco tiempo para prepararme y salgo corriendo por la puerta; el trayecto en autobús me sirve para bajar las revoluciones un poco”.
Al final del día, vuelven a hacer lo mismo, pero al revés.
Katherine describe su dilema junto a una piscina cubierta con exceso de calefacción en Sídney, donde nuestras hijas tienen clases la misma tarde entre semana.
Ella y yo no nos conocemos fuera del contexto de las clases de natación, pero ambas tenemos hijas de seis años que han empezado este año en colegios de primaria locales y otras de tres que se turnan para intentar escaparse de la piscina cuando las clases ya no les divierten, así que hemos acabado charlando.
Y surge el tema del malabarismo imposible de las madres millennials —en términos generales, las nacidas entre 1980 y 1994—, como ocurre casi inevitablemente cuando las mujeres de nuestra edad y etapa de la vida nos reunimos. Porque, aunque las preguntas de Katherine a ChatGPT puedan parecer gritos desesperados de ayuda de una mujer al límite, la realidad es que no es un caso aislado.
A los pocos minutos de conocernos en las gradas de los partidos de fútbol, al dejar a los niños en la escuela o al recogerlos de las extraescolares, las mujeres nos bombardeamos con preguntas. ¿Cómo lo haces? ¿Qué cosas se te escapan de las manos? ¿Por qué te sientes así?
A los pocos minutos de conocernos en las gradas de los partidos de fútbol, al dejar a los niños en la escuela o al recogerlos de las extraescolares, las mujeres nos bombardeamos con preguntas. ¿Cómo lo haces? ¿Qué cosas se te escapan de las manos? ¿Por qué te sientes así?
“No estás criando a tus hijos como querías”
La semana pasada se puso de relieve el impacto económico que supone para los padres de hoy en día el malabarismo diario, con un nuevo estudio que revela que el coste que supone para las familias australianas criar a dos o más hijos ha aumentado hasta al menos 36.500 dólares al año. El coste de mantener a flote a una familia ha aumentado un 134% en dos décadas, mientras que los ingresos familiares solo han crecido un 102% en el mismo periodo. [En España, el gasto medio por niño al mes en 2024 era de 758 euros, según recoge un informe Save The Children. Y este aumentó en un 15% entre 2022 y 2024 mientras que el IPC subió un 9,5%].
Georgie Dent, directora ejecutiva de The Parenthood, organización que publicó el estudio, afirma que tener hijos reduce los ingresos de las mujeres australianas en una media del 55% durante los primeros cinco años y que las familias australianas necesitan ahora dos fuentes de ingresos para salir adelante. No es una exageración. En un cambio bastante radical para la estructura laboral del país, en 2024 se convirtió por primera vez en la situación más habitual que ambos padres trabajaran a tiempo completo en los hogares con hijos menores de 15 años. A pesar de ello, afirma Dent, hay menos margen de maniobra en los presupuestos familiares. Mientras tanto, el último informe intergeneracional del Gobierno federal advierte de que se prevé que cada vez menos australianos tengan hijos en las próximas décadas.
Katherine siente esta realidad económica de forma aguda, como un gran peso opresivo.
Tras introducir todas las variables de su vida en ChatGPT, las sugerencias que le dio el chatbot resultaban imposibles. Le sugirió que trabajara desde casa —algo que no es una opción— o a tiempo parcial.
Katherine ya trabaja cuatro días a la semana; trabajar menos días remunerados significaría que la familia tendría dificultades económicas. Todo su sueldo se destina a la hipoteca. Antes cubría los gastos, pero, tras las múltiples subidas de los tipos de interés, ya no es así.
“Si pudiera pasar a cinco días, supondría un aumento del 20%, lo cual no es poca cosa. He estado muy tentada de hacerlo”. Sin embargo, eso significaría pasar aún menos tiempo con sus hijas.
Bajar de los cuatro días a la semana no solo sería una imposibilidad económica, sino que significaría que ya no podría desempeñar su trabajo como ella quiere, ni de una forma que le permitiera que la tomaran en serio. “Me ahogaría y no valdría la pena contratarme”, afirma.
Al final, lo más importante que ChatGPT le ofreció a Katherine fue empatía y un espejo sin concesiones ante el que se reflejaba su vida.
“ChatGPT me dijo algo así como: 'Vaya, qué interesante, lo que acabas de decir es que no estás pudiendo ejercer la maternidad como siempre has querido y… te sientes limitada, y creo que esa es una experiencia muy común'”.
El hecho de que una máquina diseñada para rastrear los confines más recónditos del conocimiento humano publicado, sintetizar toda esa información y ofrecer diagnósticos y soluciones solo pudiera ofrecerle una valoración cruda de su vida y ninguna respuesta real la dejó destrozada. “Me quedé allí sentada con los ojos encharcados”.
“No es que quiera estar en casa cinco días a la semana. No quiero ser exactamente como era mi madre. Pero quiero recogerlos del colegio y llevarlos a casa, y terminar el día tranquilamente con ellos. No hay forma alguna de que pueda hacer eso”.
Es como si no pararas de quejarte de lo mismo a tus amigas una y otra vez y nadie tuviera ni idea de cómo solucionarlo
Una cuestión de tiempo
Aunque el creciente coste económico de tener hijos subyace en todo ello como unos cimientos podridos, para muchos es solo una parte de las dificultades de la paternidad. Para numerosos padres, cuyas vidas parecen una goma elástica tan estirada que se vuelve translúcida, esa tensión se extiende también al tiempo y al bienestar.
Según un importante estudio realizado por la Oficina Australiana de Estadística, el grupo con mayor estrés por falta de tiempo en el país eran las madres solteras con hijos menores de 15 años, de las cuales el 56% afirmaba sentirse “siempre o a menudo” con prisas o presionadas por el tiempo.
Tener pareja apenas parece marcar la diferencia en cuanto a la sensación de presión por la falta de tiempo que experimentan las madres: el 54,6% de las mujeres con hijos menores de 15 años que tienen pareja afirman sufrir estrés por falta de tiempo.
Los hombres con hijos pequeños presentan la tasa más alta de estrés por falta de tiempo (46,6%) de entre todos los grupos de hombres del país. En las parejas sin hijos, el número de personas que se sienten muy presionadas por la falta de tiempo es aproximadamente la mitad que el de sus amigos con hijos.
Y es que, a pesar del enorme aumento del trabajo remunerado de las mujeres en los últimos 60 años, las madres de hoy en día no dedican menos tiempo al cuidado de los hijos. Una de las conclusiones que se repite una y otra vez en las investigaciones sociológicas a nivel mundial es que los padres de hoy en día —sean del género que sean— dedican más tiempo al cuidado de los hijos que los padres de mediados del siglo pasado.
Las investigaciones sociológicas a nivel mundial demuestran una y otra vez que los padres de hoy en día —sean del género que sean— dedican más tiempo al cuidado de los hijos que los padres de mediados del siglo pasado
En uno de los estudios más exhaustivos sobre el tema, los investigadores analizaron datos de 11 países a lo largo de casi 50 años y descubrieron que, en todos y cada uno de ellos, la cantidad de tiempo dedicado diariamente al cuidado directo de los hijos aumentó de forma espectacular, duplicándose de media para las madres entre 1965 y 2012 y triplicándose para los padres (aunque partiendo de una base mucho más baja).
En Australia, los hombres (y estos datos se refieren a todos los hombres, no solo a los padres) han aumentado el tiempo que dedican al cuidado —de los hijos y de familiares discapacitados o mayores— en media hora a la semana durante los últimos 20 años: 5,5 horas a la semana en 2022, frente a las cinco horas de 2002. Sin embargo, las mujeres siguen dedicando casi el doble de horas al cuidado que los hombres, y su trabajo de cuidados también ha aumentado: dedican 10,7 horas a la semana a este fin en 2022, frente a las 10,1 horas de 2002. La carga de trabajo de todo el mundo ha aumentado —la de las mujeres en el sector del trabajo remunerado, la de los hombres en el hogar y la de las mujeres en el hogar— y no se ha producido una disminución compensatoria ni en el trabajo remunerado de los hombres ni en las tareas de cuidado de las mujeres.
“El mundo laboral es demasiado exigente”
“Me da la sensación de que se han ido retirando muchas de las piezas del Jenga, una a una, y la torre se está tambaleando”, afirma la profesora Lyn Craig, investigadora destacada en dinámicas de género y trabajo doméstico de la Universidad de Melbourne. “Creo que las presiones sobre las mujeres jóvenes en particular, pero sobre los jóvenes en general, son cada vez mayores”.
Hay menos margen económico, lo que ofrece a las personas menos opciones para reducir el trabajo remunerado cuando aumentan las necesidades de cuidados.
Y aunque es más habitual que las parejas den por hecho que habrá un reparto más equitativo de las tareas domésticas, el mundo no ha cambiado lo suficiente como para que eso sea posible. “Creo que no se ha prestado suficiente atención, en el ámbito político, a cómo reducir la cantidad de tiempo que se espera que los hogares dediquen actualmente al mercado laboral”.
Craig afirma que mucha gente esperaba que, como consecuencia de que las mujeres dedicaran más horas al trabajo remunerado, los hombres dedicaran más tiempo a las tareas domésticas. Pero, aunque más de la mitad de las mujeres australianas de entre 25 y 44 años tienen ahora estudios universitarios, y muchas más ocupan puestos de trabajo remunerado en cargos cada vez más altos, eso no es lo que ha ocurrido. Los cambios en el ámbito doméstico han sido mucho más lentos que los cambios en el ámbito laboral.
“Simplemente creo que el mundo laboral es demasiado codicioso”, afirma Craig.
Las mujeres realizan menos tareas domésticas que antes, pero no menos tareas de cuidado, incluso aunque tengan más trabajo remunerado.
“La gente simplemente hace más cosas al mismo tiempo”, explica Craig. “Se duplican las tareas”.
Esto se debe a que, como escribe Craig en un artículo de 2006: “Delegar el cuidado de los hijos es potencialmente más problemático que externalizar otras tareas domésticas. El cuidado de los hijos es una complicada mezcla de trabajo y amor. Equilibrar las necesidades de los niños de recibir cuidados y las necesidades de las mujeres de independencia sin sobrecargarlas es el reto pendiente del feminismo'”.
Veinte años después de que escribiera esas palabras, le pregunto si sigue considerando que este es el principal reto pendiente del feminismo. “Creo que sí”, responde.
“¿Quién diseñó esto?”
En 1963, Betty Friedan identificó “el problema que no tiene nombre”: una desesperación generalizada entre las amas de casa blancas de clase media estadounidenses que se veían atrapadas por la expectativa de que su vida doméstica les proporcionaría una plenitud total. Pero, sesenta años después, la “mística femenina” ha dado un giro.
Las mujeres de la generación millennial, al parecer, no están atrapadas por sus hogares, sino por la expectativa imposible de mantener todo —carrera profesional, maternidad, relación de pareja, cuidado personal— al mismo tiempo y sin quejarse.
Una de las cosas más difíciles de este problema para esta generación de mujeres no es que no tenga nombre, sino que parece un problema sin solución.
Una amiga que ocupa un alto cargo en la administración pública, tiene un marido que viaja con frecuencia por trabajo y un hijo de un año que ha estado enfermo y sin dormir, me envía un mensaje a las siete y media de la tarde para contarme que su hijo de cinco años ha tenido “una crisis de nervios monumental esta tarde”.
Me solidarizo con ella y le pregunto si el niño de cinco años ya está en la cama y si ella puede tirarse en el sofá con un helado o un vino y ver algo de telebasura.
Debería estar, por así decirlo, en mi mejor momento, como en la cima de mi carrera profesional. Y, sin embargo, me siento atascada
Me responde: “En serio, pero ¿cuándo hace eso la gente? Cuéntame tu secreto. Miro a mi alrededor después de acostar a los niños y la casa está completamente destrozada, y para cuando hemos terminado de ocuparnos de ello —desde luego, no la hemos LIMPIADO ni nada por el estilo, literalmente solo hemos recogido la comida y los restos de lo que se ha derramado—, ¡ya es hora de irse a la cama!”.
Le respondo con una foto de mi salón, que parece como si alguien hubiera cogido el contenido de una cesta de la ropa sucia, una caja de juguetes y una bolsa de pañales y hubiera salpicado el suelo al estilo de Jackson Pollock. “Así están las cosas ahora mismo” —le respondo por mensaje—. “No hay secretos”
“Ese es el problema”, dice Katherine mientras damos por terminada nuestra charla junto a la piscina, porque un niño de tres años, al que quizá le esté goteando pis por una pierna o quizá no, ha salido del agua y está temblando sobre el hormigón frente a nosotras. “Es como si no pararas de quejarte de lo mismo a tus amigas una y otra vez, y nadie tiene ni idea de cómo lidiar con ello, aparte de ganar la lotería y luego echar por la borda por completo tu carrera, que también te importa”.
Llevo meses recopilando historias de madres de todo el país y hay algo que se repite en todas ellas: un sentimiento común de agobio total, de no tener margen alguno, de que la casa es un castillo de naipes que se ha construido demasiado alto y la más mínima ráfaga podría tumbarlo.
“Ahora me encuentro en un momento de mi carrera en el que debería estar, en cierto modo, en mi máximo nivel, como en mi momento profesional más álgido”, dice Annie (nombre ficticio), madre de dos niños pequeños. “Y simplemente me siento atascada. Me siento dividida… No puedo dedicar el tiempo y la energía necesarios para ofrecer el resultado profesional que quiero ofrecer y ser la madre que quiero ser. Es demasiado”.
En cuanto a cómo resolver el problema, Annie afirma que es necesario corregir lo que ella denomina “desastres estructurales”: el horario escolar, que va de las 9:00 a las 15:00 horas, o las semanas de vacaciones escolares que eclipsan con creces las vacaciones pagadas de cualquier padre o madre.
“¡Por el amor de Dios! ¿Quién diseñó eso?”, pregunta. “Lo diseñaron hombres que trabajaban y tenían esposas que se quedaban en casa”.
Dent y su organización, The Parenthood, proponen soluciones políticas que incluyen un permiso parental más largo y que incentive a los hombres a disfrutarlo, junto con un mejor acceso a servicios de escuela infantil asequibles y de calidad.
Annie afirma: “De hecho, creo que la otra cuestión —que es mucho más difícil— es reducir las horas que trabaja la gente y las expectativas sobre lo que significa ser un buen profesional”.
En su sector, el “éxito” viene marcado por una cultura de jornadas largas y ajetreo visible. Tener una agenda repleta y estar ocupada más allá de lo que se puede contar. Mantener una carga de trabajo completa pero sostenible y hacer bien tu trabajo, pero estar en casa por las tardes para pasar tiempo con la familia, no lo es.
“No sé cómo se cambia ese tipo de presión cultural”. A pesar del agotamiento, la presión económica y la sensación de que todos estamos girando frenéticamente nuestras ruedas para mantener nuestras vidas en movimiento, las mujeres con las que he hablado no odian sus vidas. No se arrepienten de ser madres.
Soy una madre millennial. Adoro a mis hijas. Si alguien hubiera podido hacerme sentir la realidad de lo que sería la maternidad antes de quedarme embarazada, volvería a elegir tener a estas encantadoras agentes del caos sin dudarlo.
Muchos padres y madres millennials estamos viviendo la vida con la que soñábamos: con trabajos y familias que amamos y por las que hemos luchado con uñas y dientes. Estamos agradecidos por ello, pero todo resulta mucho más difícil de lo que imaginábamos.
Porque, del mismo modo, si antes de quedarme embarazada alguien hubiera podido hacerme sentir la realidad de lo que sería la maternidad, habría dicho: “Seguro que podemos hacerlo mejor que esto”.