Colombia vota
Colombia vota este domingo y se enfrenta a una decisión que puede marcar la próxima década de su historia política. La disyuntiva es clara: dar continuidad al ciclo iniciado en 2022 con la llegada de Gustavo Petro a la presidencia o interrumpirlo para abrir una etapa de deslizamiento por las pendientes de la extrema derecha.
Los sectores progresistas han cerrado filas en torno a la candidatura de Iván Cepeda. Hijo de una de las víctimas más emblemáticas de la violencia política colombiana, Cepeda ha construido su trayectoria desde la defensa de los derechos humanos, la búsqueda de la verdad y una convicción democrática que nunca ha necesitado elevar el tono para hacerse escuchar. En una época con inflación de liderazgos hiperbólicos, ha querido hacer de la serenidad su principal activo político. Junto a él, figuras de referencia como María José Pizarro, Clara López, Camilo Romero, entre muchos otros, han sabido ceder y construir para ofrecer una propuesta común.
Enfrente aparecen dos derechas, aparentemente distintas, pero conectadas. La primera es la tradicional, liderada por Paloma Valencia y heredera directa del uribismo. La segunda es la del candidato ultraderechista Abelardo de la Espriella, en el pasado abogado de personajes de dudosa reputación, que ha crecido de forma fulgurante al calor de las redes sociales. Ofrece una candidatura basada en la confrontación permanente, el liderazgo personalista y la sempiterna promesa de resolver todos los problemas a base de mano dura y testosterona. Su discurso combina elementos del libertarismo agresivo de Milei (se hace llamar “el tigre” como aquel se hizo llamar “el león”), la pulsión punitiva de Bukele y una marcada inclinación reverencial hacia Trump. Todo aderezado con parte de las esencias culturales y políticas del uribismo clásico, al que aspira a sustituir por absorción.
¿Hay algo en medio? Hay poco. Por el centro, Sergio Fajardo y Claudia López suman entre el 3% y el 5% de la intención de voto según las encuestas. Salvo que Iván Cepeda logre más del 50% del voto en primera vuelta, este caudal de votantes podría jugar un papel relevante en segunda vuelta. A Fajardo le precede la experiencia previa de 2018, cuando tuvo que elegir entre el uribista Iván Duque o el entonces candidato Gustavo Petro. Y desapareció para no tener que elegir, dando así su bendición al uribismo por omisión. En esta ocasión, amenaza con hacer lo mismo, pero, con un ultra como De la Espriella enfrente, es muy posible que sus bases actúen con más cordura que su líder. También el voto exterior, donde España es una de las plazas centrales, con ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao que suman más de 262.000 votantes, puede llegar a ser decisivo.
¿Cuál es el balance del Gobierno Petro? Durante los últimos cuatro años, el país ha registrado un crecimiento económico sostenido, una reducción del desempleo y avances significativos en materia laboral y social. El incremento del salario mínimo, con una subida excepcional del 23%, ha permitido recuperar capacidad adquisitiva a millones de trabajadores en un país donde una parte muy importante de la población percibe ingresos próximos a ese umbral. La reforma pensional busca corregir algunas de las desigualdades más profundas del sistema y la reforma laboral ha ampliado derechos largamente demandados.
Nada de ello significa que el balance sea perfecto. La persistencia de grupos armados, economías ilegales y dinámicas de violencia territorial demuestra hasta qué punto los problemas de Colombia son más profundos que cualquier ciclo presidencial. Queda pendiente la ansiada “paz total” que el propio Ejecutivo saliente se marcó como prioridad. Tampoco la reforma de la salud alcanzó el grado de desarrollo que sus impulsores esperaban, atascada en un legislativo que se entregó muy pronto al bloqueo al ejecutivo, sin espacios para diálogos o negociaciones que permitiesen avances.
Lo que está en juego en estas elecciones no es únicamente quién ocupará la Casa de Nariño. Se decide si se da la oportunidad de consolidar transformaciones a quienes, con mayor o menor éxito, las iniciaron hace cuatro años o si se sucumbe a una nueva ola de liderazgos iliberales que recorre parte del continente, alimentada por los nuevos ánimos injerencistas propiciados desde Washington y su doctrina Monroe 2.0. Una victoria de Cepeda en Colombia contribuiría a consolidar la foto que hace poco más de un mes se hicieron en Barcelona los líderes progresistas de la región, fortaleciendo el eje México, Colombia, Uruguay y Brasil (que tiene a Lula en la antesala de elecciones presidenciales este próximo mes de octubre).
Hace cuatro años, en este mismo espacio, anticipamos que Petro iba a ser presidente. Entonces se abrió una oportunidad histórica para la izquierda colombiana: podía gobernar el país sin provocar el apocalipsis anunciado por sus adversarios. Cuatro años después, esa hipótesis ha sido contrastada por la realidad. Ahora corresponde a los ciudadanos decidir si ese camino merece ser profundizado o si el país prefiere aventurarse por una senda cuyos precedentes recientes, en América Latina y fuera de ella, invitan más a la preocupación que a la esperanza.