El método Blum
En el contexto de la polarización que está afectando a la política española de un tiempo a esta parte, llama particularmente la atención la cacofonía que rodea a la figura del presidente del Gobierno. Al margen de la mayor o menor simpatía política que suscite el personaje, cuesta recordar a lo largo del periodo democrático el despliegue de tales niveles de ensañamiento y toxicidad destinados a debelar a un responsable político. No hablo de las denuncias de los posibles comportamientos irregulares o fraudulentos que legítimamente compete fiscalizar a la oposición e investigar a los medios de comunicación independientes en cualquier sistema democrático. Me refiero al insulto —bronco unas veces, puerilmente deformado otras—, al acoso al entorno familiar, a la atribución personal de todos los males e infortunios que aquejan a la comunidad y al deseo de ejecutar de manera implacable una suerte de detestación: lograr, mediante la expresión grandilocuente de un odio profundo y de una aversión absoluta, erradicar de la vida pública la presencia y hasta el recuerdo de una persona.
En su adanismo provinciano, la derecha española quizás crea que ha inventado algo. Sin embargo, existen en la historia contemporánea de Europa precedentes aleccionadores. Uno de los personajes más odiados de la política francesa en el siglo XX fue el socialista Léon Blum. Vástago de una familia judía asimilada, admirador confeso de Víctor Hugo, militante en la defensa del capitán Alfred Dreyfus durante el proceso que alumbró la figura del intelectual comprometido como personaje público, compañero del patriarca del socialismo internacionalista, Jean Jaurés, defensor de la pervivencia de la Sección Francesa de la Internacional Obrera en los tiempos de tribulación que siguieron a la Primera Guerra Mundial y la revolución rusa, Blum concitó sobre sí el repudio del bloque reaccionario, nacionalista, antisemita e integrista representativo del caduco sistema de valores de una Francia en proceso de transformación.
El 6 de junio de 1936, Léon Blum presidió el primer gobierno de Frente Popular en Francia —en España, su homólogo había ganado las elecciones el 16 de febrero—. En su programa, la coalición de socialistas, comunistas y radicales se propuso aplicar, entre otras reformas, la jornada de cuarenta horas, los convenios colectivos, las vacaciones pagadas, la ejecución de grandes obras públicas para reducir el paro, un sistema de seguro agrario, el sistema de pensiones por jubilación, la extensión de la escolaridad y la intervención pública del banco emisor. Como era de esperar, todo ello contó desde el comienzo con la oposición frontal de la patronal, de las clases medias rurales y de una extrema derecha cuyos postulados impregnaban cada vez más el discurso del campo conservador.
A lo largo de su carrera, Blum fue objeto de todo tipo de campañas de descrédito. La primera circunscripción por la que concurrió como candidato a la Asamblea Nacional fue la del departamento del Aude, tierra de viñedos. Jugando con los términos de la enología y el prejuicio antisemita, se dijo de él que no era un francés “de rancia solera”. Más bien se trataba de un gran burgués altivo, “derrochador al estilo judío”, rodeado de criados. Un “payaso senil”, un juerguista que despreciaba a sus pobres electores. Un “especulador”, un “holgazán” y alguien tan ajeno a la idiosincrasia del Midi vitivinícola que solo “bebía agua mineral”. Pero fue a partir de 1936 cuando la virulencia alcanzó cotas preocupantes. El 13 de febrero, el auto en el que circulaba Blum se encontró en medio del cortejo fúnebre de Jacques Bainville, un intelectual de la derecha monárquica. Militantes de la Action Française y de su fuerza de choque, los Camelots du Roi, arrancaron las puertas del coche, rompieron las ventanillas y golpearon a Blum mientras gritaban: “¡Lo tenemos! ¡A la horca!”. Herido en la cabeza y sangrando abundantemente, el líder socialista fue auxiliado por unos albañiles que le protegieron hasta la llegada de la policía, que lo trasladó al hospital. En lugar de condenar los hechos, un cronista de derechas aludió a que el “desagradable incidente” había sido provocado por el “físico ingrato”, la “sonrisa sarcástica” y el “aire insolente” de Blum, factores todos ellos que habrían justificado “el acto viril de ciudadanos que defendían sus ideas”.
La escalada continuó cuando Blum encabezó un gobierno emanado del sufragio popular. El bloque de derechas no dudó en sobrepasar todas las líneas rojas que habían delimitado, hasta entonces, el campo del debate político en la Francia de la Tercera República. En la sesión de investidura, el diputado Xavier Vallat, mutilado de la Gran Guerra, católico integrista, simpatizante de la Action Française y futuro Comisario General de Asuntos Judíos con el régimen colaboracionista de Vichy, espetó a Blum: “Su llegada al poder, señor presidente del Consejo [de ministros], marca incontestablemente una fecha histórica. Por primera vez, este viejo país galo-romano será gobernado… por un judío”. Charles Maurras —cuyo nombre, por cierto, sigue ensuciando a día de hoy el callejero madrileño— apeló a la ejecución de Blum: “Es un detritus humano, un hombre a fusilar, pero por la espalda”. La pena aplicable a los traidores. Jean Renaud, responsable de la Solidarité Française dejó meridianamente claros los objetivos de su grupo: “Si alguna vez tomamos el poder, esto es lo que pasará: a las 6, supresión de la prensa socialista; a las 7, prohibición de la francmasonería; a las 8, se fusila a Léon Blum”.
Los gobiernos encabezados por Blum naufragaron en la marejada del convulso final de los años 30, marcados por los efectos de la Gran Depresión, los límites impuestos por una economía financiera sobre la que no se quiso intervenir, la pusilanimidad en el apoyo a la República Española, la ingenua confianza en la autocontención de los fascismos y el temor en última instancia a una guerra civil en Francia. Su deseo de apaciguamiento de la sociedad civil y del escenario internacional no sirvió de nada. Francia capituló en junio de 1940 ante la avasalladora maquinaria de guerra alemana. Blum fue detenido en septiembre, tras haberse negado a votar los plenos poderes a favor del mariscal Pétain. El régimen de Vichy le sometió junto a otros de sus antiguos compañeros de gabinete (Paul Reynaud, Edouard Daladier, Georges Mandel) a un juicio con paralelismos con la Causa General española: el proceso de Riom. Se trataba de culpar al Frente Popular, con efectos retroactivos, del debilitamiento del nervio nacional que había conducido al colapso de la nación y de sus fuerzas armadas. Existe otra versión muy diferente de lo ocurrido, pero la escribió el historiador Marc Bloch en su ensayo La extraña derrota y no se conocería hasta después de su muerte en la resistencia en 1944.
Blum fue entregado a los nazis por el gobierno de Pierre Laval en 1943. Acabó en Buchenwald, donde miembros del Service d'ordre légionnaire, paramilitares colaboracionistas, acudieron a buscar a George Mandel para ejecutarlo. Blum sobrevivió a la caótica evacuación del campo en abril de 1945 y acabó siendo liberado por tropas norteamericanas. Su hermano menor, René, empresario teatral, tuvo menos suerte: detenido en París, fue deportado a Auschwitz en septiembre de 1942 y, según testimonios de supervivientes, arrojado vivo a un horno crematorio. Este “judío Blum” por el que preguntó a gritos el oficial al cargo del desembarco del convoy que lo traía de Drancy pagó por las supuestas culpas de su hermano.
Durante sus últimos años, Léon Blum participó en la creación de la UNESCO y presidió el último gobierno provisional francés antes del establecimiento de la Cuarta República a comienzos de 1947. Murió en marzo de 1950, pero no ocurrió otro tanto con el estigma que le había perseguido de por vida. Una década después de su fallecimiento, la edición del Diccionario Larousse dio por bueno el bulo de que “el verdadero apellido de Blum era Karfulkenstein”. Se trataba de la enésima exhumación de una antigua y en su tiempo muy extendida mentira que pretendía despojar al líder del Frente Popular de su identidad francesa. La editorial Larousse fue condenada por un tribunal de París a retirar de la circulación la totalidad de la tirada, pero el caso demostró que las fuentes del odio nunca se ciegan y pueden volver a manar en cualquier momento. Según cierta derecha, los únicos patriotas de bien son los que cumplen los requisitos de su mezquino y falaz estereotipo. Un rasgo que se ha demostrado intemporal y ubicuo.