Patéticos o desaprensivos

Guido Stein

Profesor del IESE —

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A Alejandro Llano, maestro

En el mundo real la decisión más importante es la siguiente, nunca la anterior; por consiguiente, se trata de acertar, que es algo que no correlaciona necesariamente con la inteligencia o las ideas que uno esgrima, sino con la oportunidad del momento.

Los clásicos definían la prudencia como la virtud que ilumina la realización de la justicia, ya que ayuda a dilucidad qué hacer “hic et nunc”, es decir, aquí y ahora, que es donde viven las acciones. Las acciones pueden ser moderadas, cautas, razonables, serias. incluso buenas, o lo contrario; las ideas, sin embargo, habitan en otro barrio inasequible al paso del tiempo, pues son verdaderas o falsas, reflejan o falsean aquello sobre lo que versan. Usar el criterio de la veracidad en la vida de la acción es una condición necesaria para acertar, pero no suficiente.

Leo en nuestro periódico que una ministra acaba de calificar la apertura del debate político acerca de un cambio legislativo en este momento concreto como “absurdo y contraproducente”, o sea, imprudente en tiempos de hegemonía del coronavirus; sin embargo, no se ha pronunciado acerca de si puede cobrar sentido ese debate cuando recuperemos la normalidad de siempre, no la nueva normalidad que estrenamos, y que no inspira precisamente serenidad, calma y orden.

Ronald Knox hace una distinción muy pertinente en la España de nuestros pesares y esperanzas entre personas desaprensivas y patéticas. Los desaprensivos tienden a ejercer la autoridad sin complejos ni inhibiciones, son decididos y arriesgados, no paran mientes en los efectos menos amables que sus conductas imprimen en los otros, ni tampoco en las críticas que suscitan. Deciden sin complejos, y no les duelen prendas. Resuelven muchos problemas y alimentan otros tantos. Son el prototipo hinchado de la persona eficaz.

Por el contrario, a los patéticos les duele el mundo (la etimología procede del verbo sufrir, padecer) y tienden a contemplar la realidad en toda su rica complejidad, lo que les impide decidir cursos de acción simplificados. El cuidado por no herir al mandar le llega a atenazar. No son buenos ejecutores, pero tienen unas condiciones naturales para la reflexión y la ponderación de los matices ( que es por lo que se van al traste las decisiones esenciales… por los matices). Son más sensibles a las críticas y sospechan de modo casi connatural lo que puede salir mal.

Saben cuándo hay que cambiar, pero necesitan a un desaprensivo para hacerlo. Dominan el arte de decidir no hacer nada, lo que a menudo reporta cuantiosos beneficios de variada índole. Ahora bien, no suelen ser puestos como ejemplo social.

Quizá la mezcla deseable apunte a inocular en los desaprensivos algo de patetismo, o aportar a los patéticos un suplemento de coraje. Muy dudoso es, por el contrario, pretender transformar a unos en otros; llevaría tanto esfuerzo como hacer de un incompetente una mediocridad.