Y dos años después: ómicron

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Puede que quien mejor haya descrito el impacto emocional del coronavirus en esta sociedad fuera un niño de 9 años en respuesta a The Washington Post: «Es como si vas a cruzar una calle, miras con cuidado a ambos lados y, de repente, te atropella un submarino», concretó en una frase el pequeño Clarke Smith en diciembre de 2020. Y desde luego ese submarino, cargado de misiles, nos dio de lleno desnudando cuanto somos. Así comencé, en un libro, el largo relato del primer año de coronavirus y… otras pandemias, algo más sutiles. A los dos años de Covid, comprobamos que ese “submarino” estalló sobre una sociedad infantilizada a la que manejan directrices de codicia y que no son nada fáciles los intentos por salir airosos y aun fortalecidos de la situación. Incluso vemos un sembrado de toallas arrojadas al suelo del desánimo. Ahí está la fuerza a recuperar.

Con la sexta ola, con Ómicron, parece que todo se haya ido al cuerno. Los contagios se han disparado al punto de que ya no hay ni control, ni verdadero seguimiento de ellos, salvo lógicamente los más graves. La falta de datos de Madrid, Andalucía y Castilla-La Mancha, nos dicen, impide saber el alcance real de esta ola, y eso que las cifras conocidas ya son astronómicas. Algo más control tienen de las bajas y altas laborales atendidas, con suerte, por teléfono y con demoras. 

En los primeros meses de la pandemia, en 2020, el confinamiento funcionó para reducir los contagios, a pesar de las carencias sanitarias, pero la economía no se podía parar, y menos en países –como España- cuya principal base económica es el turismo. Nuestra peculiar justicia, además, lo consideró inconstitucional, único país en el mundo que sepamos, dado que esta pandemia implicó la primera paralización global de la historia.

Llegaron las vacunas en tiempo récord. Investigadores que llevaban años trabajando sin apenas financiación, la obtuvieron. Fue el caso de la científica húngara Katalin Karikó con sus estudios sobre el ARN. Se ha dicho y repetido y reiterado e insistido que no se podía privar de ellas a países con menos recursos económicos. Porque el virus busca su supervivencia y muta allí donde no encuentra barreras, pero la salud cuesta un dinero que el mundo de hoy no quiere pagar. Luego están las sectas antivacunas esparcidas por el mundo que han contribuido a la permanencia del Covid y que son cada vez más numerosas y más agresivas. En estas circunstancias, las vacunas anticovid  –como otras- no tiene una eficacia del 100%. Solo el maniqueísmo pueril ve en términos de todo o nada. Lo  cierto es que las vacunas han atenuado los efectos de las distintas variantes del virus hasta ahora. Pero es la sociedad que crearon de seres que se dejan educar así, poseídos por ideas y miedos irracionales. Y de la que viejos y nuevos depredadores sociales se siguen aprovechando.

Madrid, como ya sabemos muchos -no los voluntariamente ignorantes de la realidad-, fue la región española y europea con mayor aumento de la mortalidad en 2020 y no por casualidad. Y es su alcalde y portavoz nacional del PP, José Luis Martínez Almeida, quien ha visto un hueco para medrar en el caso Djokovic. Esto sí lo sabe “todo el mundo”: el tenista serbio ha sido expulsado de Australia, donde iba a jugar el Open, por no estar vacunado y haber mentido sobre ello falsificando documentos. Tampoco le deja entrar Francia a disputar el Roland Garros. Almeida, en cambio, lo vería como un reclamo en Madrid, en el Madrid donde su colega Ayuso firmó el ominoso protocolo de los geriátricos. Ayuso, la que comenzó semana recibiendo un premio de las Mujeres Empresarias y otro de los Empresarios del Ocio, y fue glorificada en La Razón y El Mundo. Imagínenlos de presidentes de España.

A estas alturas, Ómicron, con una inusitada capacidad de contagio, se expande entre nosotros causando bajas. No es una gripe, es un bicho malo e imprevisible que se pasea por los cuerpos con diferentes resultados. En algunos, sin síntomas; en otros más vapuleados por dolencias previas, despertando grandes temores. Dos años después, por errores que no debieron producirse, sin haber reforzado la sanidad pública, con grandes dosis de desconcierto, esto resulta agotador. Y mucho más en esta España que asaetea maldad desde la política sucia, la justicia partidista y la desinformación.

En el terreno estrictamente científico, llama la atención el dato que aporta Alberto Sicilia, divulgador y colaborador habitual de Publico: hay 212,863 artículos científicos sobre el covid (incluye enlace) y puestos a buscar habría síntomas de casi todo. Son demasiadas fuentes para uso cotidiano y se sustituyen por la nueva moda de los “reputados virólogos”, o de las adivinaciones y vaticinios. Añadamos después las versiones que dan de la política, como una prensaborroka diaria.

Agreguen los recitales ganaderos de Pablo Casado y su troupe. Las noticias sobre la corrupción que, miren por dónde, toca a también reputados empresarios de las eléctricas. Unas elecciones prestas a elegir según sondeos, a un candidato inmerso en tres causas de corrupción. La promoción de negocios privados con dinero público de la gestora empresarial de Madrid que ha entregado a ACS, de Florentino Pérez, la gestión de la mitad del último paquete de las escuelas infantiles, y es que hay gente que vale para todo. Y encima suelta Ayuso, en la presentación de su programa de videoconsultas, que “el gran hospital de Madrid está en los domicilios de los madrileños”. No damos abasto para engullir tanto sapo.

El problema es universal: no se ha aprendido nada de estos dos años de pandemia. Solo lo han hecho los depredadores. La cumbre de Davos señala la salud mental como un riesgo urgente global junto con la crisis climática. De 12.000 dirigentes del planeta de múltiples campos preguntados en una consulta previa, uno de cada cuatro muestra preocupación por la enfermedad mental que se ha agudizado con el coronavirus. Y quizás sea problema prioritario que abordar, porque disminuido el potencial de respuesta, es mucho mayor la vulnerabilidad hacia las agresiones diarias.

Ómicron -que dista de ser leve en todos los casos- va soltando su carga vírica cada vez más cerca y acentuando preocupaciones, mayores por la forma en la que se está abordando. Es salud y son vidas humanas. Y están todas las insultantes pandemias que se añaden sin piedad. La propia estupidez de los abducidos que condenan al resto de sus conciudadanos.

También están las toallas arrojadas por el cansancio y el desencanto. Hay que recogerlas, sacudirlas, higienizarlas y ponerlas en uso. Por todos cuantos hoy sufren directamente daños. No hay otra.

En este largo tránsito fui anotando ideas que hoy con los dos años transcurridos cobran otra dimensión. El periodista británico Jonathan Freedland escribió en un artículo precisamente aquí en ElDiario.es: «La pandemia se ha llevado demasiadas vidas, pero también nos recuerda para qué sirve la vida». Cuanto más tiempo pasa y más incidencias nos ocurren, más claro se tiene para qué. Y lo intolerable que resulta que intenten arrebatarnos hasta la ilusión que llena y empuja los días.

Puede que quien mejor haya descrito el impacto emocional del coronavirus en esta sociedad fuera un niño de 9 años en respuesta a The Washington Post: «Es como si vas a cruzar una calle, miras con cuidado a ambos lados y, de repente, te atropella un submarino», concretó en una frase el pequeño Clarke Smith en diciembre de 2020. Y desde luego ese submarino, cargado de misiles, nos dio de lleno desnudando cuanto somos. Así comencé, en un libro, el largo relato del primer año de coronavirus y… otras pandemias, algo más sutiles. A los dos años de Covid, comprobamos que ese “submarino” estalló sobre una sociedad infantilizada a la que manejan directrices de codicia y que no son nada fáciles los intentos por salir airosos y aun fortalecidos de la situación. Incluso vemos un sembrado de toallas arrojadas al suelo del desánimo. Ahí está la fuerza a recuperar.

Con la sexta ola, con Ómicron, parece que todo se haya ido al cuerno. Los contagios se han disparado al punto de que ya no hay ni control, ni verdadero seguimiento de ellos, salvo lógicamente los más graves. La falta de datos de Madrid, Andalucía y Castilla-La Mancha, nos dicen, impide saber el alcance real de esta ola, y eso que las cifras conocidas ya son astronómicas. Algo más control tienen de las bajas y altas laborales atendidas, con suerte, por teléfono y con demoras. 

En los primeros meses de la pandemia, en 2020, el confinamiento funcionó para reducir los contagios, a pesar de las carencias sanitarias, pero la economía no se podía parar, y menos en países –como España- cuya principal base económica es el turismo. Nuestra peculiar justicia, además, lo consideró inconstitucional, único país en el mundo que sepamos, dado que esta pandemia implicó la primera paralización global de la historia.

Llegaron las vacunas en tiempo récord. Investigadores que llevaban años trabajando sin apenas financiación, la obtuvieron. Fue el caso de la científica húngara Katalin Karikó con sus estudios sobre el ARN. Se ha dicho y repetido y reiterado e insistido que no se podía privar de ellas a países con menos recursos económicos. Porque el virus busca su supervivencia y muta allí donde no encuentra barreras, pero la salud cuesta un dinero que el mundo de hoy no quiere pagar. Luego están las sectas antivacunas esparcidas por el mundo que han contribuido a la permanencia del Covid y que son cada vez más numerosas y más agresivas. En estas circunstancias, las vacunas anticovid  –como otras- no tiene una eficacia del 100%. Solo el maniqueísmo pueril ve en términos de todo o nada. Lo  cierto es que las vacunas han atenuado los efectos de las distintas variantes del virus hasta ahora. Pero es la sociedad que crearon de seres que se dejan educar así, poseídos por ideas y miedos irracionales. Y de la que viejos y nuevos depredadores sociales se siguen aprovechando.

Madrid, como ya sabemos muchos -no los voluntariamente ignorantes de la realidad-, fue la región española y europea con mayor aumento de la mortalidad en 2020 y no por casualidad. Y es su alcalde y portavoz nacional del PP, José Luis Martínez Almeida, quien ha visto un hueco para medrar en el caso Djokovic. Esto sí lo sabe “todo el mundo”: el tenista serbio ha sido expulsado de Australia, donde iba a jugar el Open, por no estar vacunado y haber mentido sobre ello falsificando documentos. Tampoco le deja entrar Francia a disputar el Roland Garros. Almeida, en cambio, lo vería como un reclamo en Madrid, en el Madrid donde su colega Ayuso firmó el ominoso protocolo de los geriátricos. Ayuso, la que comenzó semana recibiendo un premio de las Mujeres Empresarias y otro de los Empresarios del Ocio, y fue glorificada en La Razón y El Mundo. Imagínenlos de presidentes de España.

A estas alturas, Ómicron, con una inusitada capacidad de contagio, se expande entre nosotros causando bajas. No es una gripe, es un bicho malo e imprevisible que se pasea por los cuerpos con diferentes resultados. En algunos, sin síntomas; en otros más vapuleados por dolencias previas, despertando grandes temores. Dos años después, por errores que no debieron producirse, sin haber reforzado la sanidad pública, con grandes dosis de desconcierto, esto resulta agotador. Y mucho más en esta España que asaetea maldad desde la política sucia, la justicia partidista y la desinformación.

En el terreno estrictamente científico, llama la atención el dato que aporta Alberto Sicilia, divulgador y colaborador habitual de Publico: hay 212,863 artículos científicos sobre el covid (incluye enlace) y puestos a buscar habría síntomas de casi todo. Son demasiadas fuentes para uso cotidiano y se sustituyen por la nueva moda de los “reputados virólogos”, o de las adivinaciones y vaticinios. Añadamos después las versiones que dan de la política, como una prensaborroka diaria.

Agreguen los recitales ganaderos de Pablo Casado y su troupe. Las noticias sobre la corrupción que, miren por dónde, toca a también reputados empresarios de las eléctricas. Unas elecciones prestas a elegir según sondeos, a un candidato inmerso en tres causas de corrupción. La promoción de negocios privados con dinero público de la gestora empresarial de Madrid que ha entregado a ACS, de Florentino Pérez, la gestión de la mitad del último paquete de las escuelas infantiles, y es que hay gente que vale para todo. Y encima suelta Ayuso, en la presentación de su programa de videoconsultas, que “el gran hospital de Madrid está en los domicilios de los madrileños”. No damos abasto para engullir tanto sapo.

El problema es universal: no se ha aprendido nada de estos dos años de pandemia. Solo lo han hecho los depredadores. La cumbre de Davos señala la salud mental como un riesgo urgente global junto con la crisis climática. De 12.000 dirigentes del planeta de múltiples campos preguntados en una consulta previa, uno de cada cuatro muestra preocupación por la enfermedad mental que se ha agudizado con el coronavirus. Y quizás sea problema prioritario que abordar, porque disminuido el potencial de respuesta, es mucho mayor la vulnerabilidad hacia las agresiones diarias.

Ómicron -que dista de ser leve en todos los casos- va soltando su carga vírica cada vez más cerca y acentuando preocupaciones, mayores por la forma en la que se está abordando. Es salud y son vidas humanas. Y están todas las insultantes pandemias que se añaden sin piedad. La propia estupidez de los abducidos que condenan al resto de sus conciudadanos.

También están las toallas arrojadas por el cansancio y el desencanto. Hay que recogerlas, sacudirlas, higienizarlas y ponerlas en uso. Por todos cuantos hoy sufren directamente daños. No hay otra.

En este largo tránsito fui anotando ideas que hoy con los dos años transcurridos cobran otra dimensión. El periodista británico Jonathan Freedland escribió en un artículo precisamente aquí en ElDiario.es: «La pandemia se ha llevado demasiadas vidas, pero también nos recuerda para qué sirve la vida». Cuanto más tiempo pasa y más incidencias nos ocurren, más claro se tiene para qué. Y lo intolerable que resulta que intenten arrebatarnos hasta la ilusión que llena y empuja los días.

Puede que quien mejor haya descrito el impacto emocional del coronavirus en esta sociedad fuera un niño de 9 años en respuesta a The Washington Post: «Es como si vas a cruzar una calle, miras con cuidado a ambos lados y, de repente, te atropella un submarino», concretó en una frase el pequeño Clarke Smith en diciembre de 2020. Y desde luego ese submarino, cargado de misiles, nos dio de lleno desnudando cuanto somos. Así comencé, en un libro, el largo relato del primer año de coronavirus y… otras pandemias, algo más sutiles. A los dos años de Covid, comprobamos que ese “submarino” estalló sobre una sociedad infantilizada a la que manejan directrices de codicia y que no son nada fáciles los intentos por salir airosos y aun fortalecidos de la situación. Incluso vemos un sembrado de toallas arrojadas al suelo del desánimo. Ahí está la fuerza a recuperar.

Con la sexta ola, con Ómicron, parece que todo se haya ido al cuerno. Los contagios se han disparado al punto de que ya no hay ni control, ni verdadero seguimiento de ellos, salvo lógicamente los más graves. La falta de datos de Madrid, Andalucía y Castilla-La Mancha, nos dicen, impide saber el alcance real de esta ola, y eso que las cifras conocidas ya son astronómicas. Algo más control tienen de las bajas y altas laborales atendidas, con suerte, por teléfono y con demoras.