Cuando lo que arde son vidas humanas
Cuando vives a dos manzanas de un parque nacional, como es mi caso, el monte no es algo lejano a preservar de forma abstracta. Era una urbanita irredenta cuando, hace más de 30 años, me hice socia de Greenpeace, porque había una naturaleza amenazada, allí lejos, que mi racionalidad quería proteger.
Hace algunos años, eso cambió. Ahora el monte es mío, no en el sentido de aquella antigua campaña oficial: “Cuando el monte se quema, algo suyo se quema”, decía con ese usted hoy en desuso.
Ahora el monte es el lugar por el que paseo a mi perra. Es el lugar que miro desde mi ventana para saber qué andan haciendo las nubes y si traerán tormenta. Veo venir las corrientes de aire, a veces feroces, entre La Maliciosa y el Alto de Guarramillas. Veo ponerse el sol tras los picos una tarde tras otra. Allí habitan cabras y corzos con los que me he topado muchas veces; allí anidan los buitres que sobrevuelan nuestras cabezas, a veces tan cerca que he escuchado el zumbido de su vuelo contra la gravedad. Entonces llega el verano.
Llega el verano y miro al monte de otro modo. Cada vez que hay un incendio en algún lugar de España, sin poder evitarlo, vislumbro el mío y lo imagino en llamas. Tiemblo de miedo. Me pregunto a dónde huirían las cabras y los buitres, las águilas, el rabilargo, la abubilla… Y las abejas, que tienen allí sus colmenas: nos conocemos bien, en primavera visitan mis flores. Incluso en verano, cuando el verde languidece, la vida en el monte nunca acaba.
Salvo cuando se quema.
Ayer descubrí, escuchando a un bombero forestal hablar de la extinción de un incendio, que esa vida infinita del monte es apenas la tercera prioridad. La segunda son las propiedades y la primera, las vidas humanas. Lo explicó porque se han perdido muchas, demasiadas, vidas humanas en el incendio de Los Gallardos. Mientras escribo estas líneas son 12 los fallecidos y hay 23 personas no localizadas.
Los científicos no dejan de advertirnos: los incendios son cada vez más virulentos, porque la atmósfera y la tierra están más recalentadas, porque por las noches las temperaturas no descienden lo suficiente para dar una tregua y porque, en los casos más extremos, los megaincendios generan un microclima propio que alimenta el propio incendio. A menudo se convierten en inextinguibles.
A veces, mirando al monte, recuerdo cuando Australia estuvo ardiendo durante meses en 2019 y 2020. Un fuego imposible de apagar destruyó los ecosistemas y provocó un oscurecimiento a causa del humo que convirtió los días en noches en lugares como Canberra. Las rojizas tormentas de arena causadas por la sequía completaron la postal distópica. Murieron 33 personas de forma directa, pero más de 450 fallecimientos se atribuyeron a la inhalación de humo.
La pérdida de vidas humanas es lo más doloroso. Y nos indica el nivel de devastación de la naturaleza. Pero le doy vueltas a las prioridades explicadas por el bombero. Creo que nunca olvidaré la imagen de las manadas de canguros huyendo aterrorizados entre la humareda.
Los incendios han existido siempre, pero el que sean cada vez más intensos, más peligrosos, y en los casos extremos, más difíciles de extinguir, se explica de forma abrumadora por el cambio climático.
Una de las cosas más terribles de llevar más de 30 años siendo socia de Greenpeace es que recuerdo a la perfección los boletines de los años noventa, aquellas portadas en que el calentamiento global era una amenaza abstracta y lejana. Durante unos años estuvimos a tiempo de evitarlo.
Ahora es una realidad. Lo que se preconizaba en aquellos boletines está sucediendo. No puedo evitar sentir rabia al recordar que aquellas portadas solo cosecharon durante mucho tiempo indiferencia o calificativos de “catastrofistas” y “agoreros” para quienes lo advertían. Después vinieron los negacionistas (tal vez algún día se les aplique el crimen internacional de ecocidio).
Ya hemos llegado a la crisis climática. Solo queda adaptarnos. Pero hay que revisar las prioridades: una vez salvadas las vidas humanas, lo segundo más importante no son las propiedades, sino las vidas de otros animales, esa algarabía del monte que no se oye desde la ciudad. Nos parecemos más a ellos que a los bienes inmuebles. Estaban aquí antes. Al fin y al cabo, sin ellos tampoco podríamos seguir viviendo en este planeta.